Sociedad

Lo que es y lo que no es en la lucha generacional

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Si bien, la intención de este columnista era ya no tratar el tema de la perenne confrontación entre jóvenes y viejos, y las críticas que se pueden enfocar a ambos desde distintos puntos de vista y tonalidades, varios (as) de mis amables lectores (as) me han pedido cerrar el circulo de esta colaboración, reconociendo lo que uno de ellos –Pedro- me comunicó en un mensaje: “quedémonos en esta frase que me encanta en esencia ‘la juventud tiene ímpetu, la madurez privilegios’. Otros (as) ya entrados en los cincuentas y rumbo a los sesentas me han señalado la imperiosa obligación que ven de continuar luchando en esta vida… desde la trinchera de los maduros.

Y mi amigo Alejandro me comenta: “Al parecer la distancia generacional está erosionando el respeto. El uso y dependencia de las redes sociales implican una visión a corto plazo que hace a los jóvenes insensibles hacia los otros. Pero creo que lo mejor es tomar distancia y coexistir con los estén en disposición de aprender y dialogar.”

Por todo ello considero importante concluir la serie con dos párrafos de la columna [a la que también hice referencia la semana pasada] ‘Patente de Corso’ del escritor español Arturo Pérez Reverte publicada el 26 de septiembre en Milenio, y titulada “Nos llaman viejos, compañeros”; que creo que redondea de manera puntual lo aquí expuesto:

“Los que tenemos tres cuartos de siglo en la mochila también fuimos imbéciles, e incluso nos esforzamos mucho en serlo. Pero entonces no existían medios para exhibir nuestra imbecilidad en alta definición, ni competíamos por el aplauso inmediato del rebaño digital. El imbécil, hasta que dejaba de serlo –algunos no dejaron de serlo nunca, pero esa es otra historia- tenía que curárselo en persona y asumir las consecuencias. Vimos modas nacer y morir, ideologías irse, al carajo y héroes convertirse en basura cuando no teníamos red protectora; cuando equivocarse tenía un precio y cuando los estacazos –metafóricos o reales- enseñaban más que cien tutoriales. La criatura que nos llamó viejos a ustedes y a mí, compañeros de calendario, ignora que la edad es munición y adiestramiento para usarla, que cada año vivido es una bala con pólvora de experiencia, que no envejeces acumulando puntos de fidelidad sino sobreviviendo a fracasos, decepciones, traiciones y muchas metidas de patas propia. Y que eso educa, endurece. Enseña a mirar:”

Y entonces este alumbrador en el bosque, el que esto escribe, observa que los jóvenes deben vivir, así como se menciona en el párrafo transcrito: equivocarse, cometer imbecilidades, ver modas volver, pero también sepultar a otras y nacer nuevas. Despedirse de ideologías y héroes, para dar la bienvenida a los nuevos que no alcanzamos a imaginar ahora. Aprender en su realidad y su contexto para acumular años de experiencia, combinando éxitos con fracasos, y desde luego sobreviviendo a traiciones y decepciones. Porque así se vive en el mundo real de carne y hueso, y a lo mejor el digital puede llegar a parecérsele, pero nunca será lo mismo.

Y continuo el otro párrafo: “Nos llama viejos quién se cree inmortal porque tiene pocas cicatrices, o ninguna, y no ha enterrado a nadie quien quisiera. Nosotros en cambio hemos vivido guerras reales o figuradas, aventuras, romances, heroísmos y cobardías propias y ajenas. Hemos visto caer cosas que parecían indestructibles, y levantar ídolos eternos que duraron un suspiro. Hemos amado con torpeza y perdido con elegancia, sufrido heridas que no salen en las fotos, matado y muerto mil veces, sostenido manos mientras se apagaban, pagado altos precios sin las tarjetas de crédito de papá y mamá. Y nuestra edad proporciona una ventaja: no hay nada que demostrar. Ya no compites, observas. No presumes, recuerdas. No te apresuras caminas; estás demasiado cansado para correr. Y sabes lo que muchos jóvenes y muchos tontos –no son sinónimos, aunque a veces lo parezca- ignoran: si un lobo viejo no caza y muerde, a menudo no es porque no pueda hacerlo, sino porque hasta el hambre le da pereza. Ya no pretendes aparentar sino ser. Conoces, porque lo practicaste, el silencio respetuoso ante quien vivió más de lo que tú has leído, visto o imaginarás en toda tu vida. Aprendiste, en fin, lo mejor del ser humano: callar cuando no sabes y opinar sin miedo cuando crees saber.”

Y entonces me parece (ya en mi opinión personal) que es también obligación de los viejos pasar la estafeta de la mejor manera posible, para que –y a pesar de- las opiniones un poco a la ligera de muchos jóvenes- estos entiendan que la vara con la que miden les será puesta para ser medidos, como los viejos, al haber sido jóvenes, hace muchos años hicieron al medir a quienes los antecedieron.

Así es la vida: una constante y permanente sucesión de momentos y caminos que alguna vez fueron para unos y después serán para otros. Para equivocarse y aprender, sentir y vivir. Y mientras tanto les dejó la inmortal frase de Salvador Allende que refleja la confianza -también perenne- en que la juventud pueda, a pesar de todo, levantarse y andar: “Ser joven y no ser revolucionario, es una contradicción hasta biológica.”



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José Luis Castellanos González
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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