Sociedad

Viejos los cerros … y reverdecen (II)

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La semana pasada quedamos en continuar los comentarios (desde otra perspectiva, ya no la estadística y demográfica) sobre lo que los adultos mayores tienen que enfrentar frente a los cambios en la salud y necesidad de cuidados para seguir atendiendo las necesidades propias de esta etapa de la vida.

Yo no recuerdo que en mi juventud haya hecho escarnio de la gente mayor. Siempre fui educado por mi padre para respetar a todas las personas, pero primordialmente a tres grandes segmentos: los mayores en edad, saber y poder. Y desde luego las más débiles y desamparadas (cualquier ser vivo). Siempre había que priorizar el respeto y acatamiento de las peticiones de personas con estas características. El viejo porque está precisamente así y necesita ayuda. El inteligente o sabio porque te puede dar buenos y sabios consejos para la vida y cursos de acción que te facilitarán las cosas. Y el mayor en poder porque te puede hacer daño si no respetas su voluntad (claro, hay límites). Los débiles y desamparados porque es un imperativo ético al vivir en sociedad (incluyendo niñas, niños, enfermos y menesterosos).

Pero resulta que dichos valores esenciales de la vida social en algún momento fueron olvidados o trucados por la colectividad, o de plano se fueron al bote de basura; y las nuevas generaciones afrontan hoy dilemas en los que se verán al espejo cuando lleguen a viejos. Los jóvenes, y en algunos casos adolescentes menores de edad (segmento etario de 14 a 29 años) son en muchos casos (claro y como en todo hay excepciones) majaderos, irrespetuosos o “valemadristas”. Nada les importa ni les acongoja.

En columnas pasadas trataba de dilucidar su futuro cuando los vemos atados a las pantallas de los celulares [en esta semana me topé de frente con una joven que caminada solo viendo su celular, y al estar a un metro de distancia de ella me paré, y solo entonces se dio cuenta de que yo estaba enfrente, ¡los otros somos invisibles al mirar ellos su pantalla!].

Pero quiero transcribir y poner dos cerezas al pastel de esta columna con los agrios comentarios de mi columnista predilecto Arturo Pérez Reverte que publicó en Milenio la semana pasada en su columna “Patente de Corso” palabras muy reactivas al comentario en redes que supone hecho por un joven, colaboración titulada “Nos llaman viejos compañeros”.

Y empieza diciendo: “Nos llaman viejos, oigan. A ustedes y a mí. La última vez fue hace unos días en una red social. Cállate viejo fue el mensaje. Con tuteo incorporado, muy campechano. Lo soltó un fulano, supongo que joven, convencido de lo que decía. Estúpidamente honrado. Imagino como tantos. Creyéndoselo de verdad. Y me quedé pensando, claro; lo pensativo que te deja, puesto el pie en el estribo, ver a un tiñalpa explicarte el mundo sin haberse limpiado aún de la boca la leche que mamó. Porque hay que ser atrevido, o muy idiota –o atrevidamente idiota- para usar la edad como insulto, o pretender que lo sea.”

Y yo pienso que escudarse en las redes sociales mediante seudónimos, acrónimos o signos no les da derecho a “tratar” de ofender a alguien con el calificativo de “viejo”.

Y lo escribe Pérez Reverte: “Llamar viejo a un fulano de casi 75 años es algo objetivo y razonable: pero hacerlo en tono despectivo es un error. Sin embargo, aquel infeliz no lo sabía. Combinada con estupidez y redes sociales, la ignorancia produce pollitos de corral convencidos de ser águilas imperiales [¡zas¡]. Nos llaman viejos porque confunden juventud con inteligencia, redes sociales con profundidad y opinión con conocimiento. Porque viven en un presente perpetuo donde lo anterior es sospechoso y lo posterior inexistente. Porque nadie les ha explicado, ni en el cole ni en su casa, que el paso del tiempo no es un problema ajeno sino un pistolero paciente que espera en la puerta con sonrisa tranquila y una libreta donde figura tu nombre…”

Y me acordé de un joven (tirando más a maduro que a joven) al que abordé porque estacionó las llantas derechas de su auto sobre el pequeño jardín frontal donde existe un sistema de riego que estaba afectando con el peso del carro; le cuestioné su acción y le pedí que se retirara de ahí. Su respuesta fue toda una clase de inteligencia, de sabiduría y bonhomía que nos prueba donde estamos parados como sociedad, y muchísimo las fallas de la educación en la escuela y en la familia, cuando me respondió -creo honradamente, pero ofendiendo de manera velada, y al final mostrando explícitamente su coeficiente intelectual-: “por eso no quiero llegar a esa edad”.

A lo cual solo le respondí, para terminar el escaso dialogo de ese momento: “pues si no quieres no llegues, es tu decisión”. ¡Así andamos¡

No sé si sea útil continuar la serie (jeje).

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José Luis Castellanos González
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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