Sociedad

Ciudadanos, ¿sin gobierno?

La semana pasada reflexioné en estas páginas sobre lo que significaría para cualquier gobierno democrático el perder toda su legitimidad al recibir el rechazo de la ciudadanía -o pueblo a secas- y que reciba solamente una mayoría de votos nulos o en blanco, y suponer que las encuestas (en sus distintas modalidades) no fueran contestadas ni apoyadas, dejando en la incertidumbre a las casas encuestadoras, los partidos políticos y el gobierno en sus distintas figuras y entidades.

En esta ocasión es mi deseo reflexionar en sentido inverso: es decir, que pasaría cuando no tenemos un gobierno en el que confiar los ciudadanos, y que podría suceder si caemos en una situación de incumplimiento generalizado de las normas (anarquía) por parte de la gente. O si no existe la eficacia institucional que haga posible una vida colectiva armoniosa y llevadera para todos.

Cualquier persona, viviendo en sociedad, desde que nace hasta que muere necesita de la protección y cobija de las normas estatales como parte del pacto que Juan Jacobo Rousseau denominó “contrato social”: aceptar reglas y acatarlas a cambio de tener mejores condiciones de vida dentro de ese estado; ya que si no fuera así nos llevaría a condiciones de permanente enfrentamiento y desorden entre los que integramos el cuerpo social.

Pero frente a ello, necesitamos un estado que nos proteja y garantice las condiciones mínimas para vivir con seguridad personal y patrimonial. Si esto no es así se pierde la razón de ser del ente público y cada uno puede optar por medidas que implican de facto la pérdida del gobierno: guardias blancas, autodefensas, paramilitarismo, ejércitos privados, etc. Es decir, protegerse a costa de hacerse justicia por propia mano. Y regresar a tiempos de etapas lejanas del pasado (o no tan lejanos, si volteamos a ver Guatemala, Honduras, El Salvador o Colombia en tiempos recientes. O si vemos lo sucedido en Michoacán, Guerrero, Chiapas, Oaxaca y otros estados mexicanos, donde las personas han tenido que hacer frente a la inseguridad armándose (guardias blancas) o teniendo policías comunitarias.

En Jalisco el flagelo de las desapariciones forzadas (número uno en el país), la delincuencia organizada, y la delincuencia común, lleva a analizar si el gobierno de Enrique Alfaro está siendo empático con la ciudadanía –ya no digamos con la que votó por su partido Movimiento Ciudadano con el cual llegó al poder-. Y por las muestras reiteradas de actitudes, comportamientos, acciones oficiales y declaraciones vemos un gobierno totalmente distanciado de sus gobernados, alejado de las causas populares que afectan al ciudadano de a pie.

Los constantes desaires a las familias de desaparecidos, la negligencia en el actuar de diversas dependencias encargadas de brindar seguridad, la poca o nula receptividad a sentidas demandas ciudadanas (como las obras en San Rafael en Guadalajara, que afectan a quienes viven allí), la mala socialización de la verificación vehicular en el estado, la nula sensibilidad para privilegiar a los seres humanos sobre los intereses económicos o políticos; hace que veamos a ciudadanos solos y desprotegidos, lamentando la falta de un gobierno comprometido con las causas de todos, antes que con el interés particular.

Y si no, que le pregunten a quienes tienen sus casas a punto del derrumbe porque se autorizó la construcción de un edificio (legal pero corruptamente), o porque se permitió construir en zonas de alto riesgo; la destrucción del patrimonio histórico o arquitectónico, -porque habrá ahí otro edificio-, las vialidades deshechas y saturadas porque el objetivo es “redensificar” y juntarnos aún más en cada kilómetro cuadrado de la urbe; el servicio del agua potable en la capital del estado sin atender este derecho humano básico. Y muchos etcéteras más.

El resultado es un gobierno que no escucha, ni ve, ni auxilia, ni brinda los mínimos elementales para el desarrollo seguro y con calidad de vida de sus habitantes. Un gobierno perdido para ejercer su función. Un gobierno ausente. En fin, los ciudadanos solos a su suerte. ¿eso es lo que deseamos? ¿eso merecemos? ¿una población sin gobierno?

¿Qué sigue? No quisiera ser tan pesimista para decir: la ley del más fuerte. No. Espero y no.


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José Luis Castellanos González
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