Más que autonomía, el rector Santos Guzmán requiere ergonomía, no física, cognitiva. La autonomía no equivale a soberanía, ya que esta no sólo nombra un territorio sino las relaciones de poder entre, precisamente, “territorios de poder”. Aislarse no es ser autónomo, es suicidio político. Para Foucault: “Un buen soberano, se trate de un colectivo o de un individuo, es alguien que está bien situado dentro de un territorio, y un territorio bien controlado en el plano de su obediencia al soberano es un territorio con una buena disposición espacial. Pues bien, todo eso, esa idea de la eficacia política de la soberanía está ligada aquí a la idea de una intensidad de las circulaciones: circulación de las ideas, circulación de las voluntades y las órdenes y también circulación comercial”. El problema para Guzmán es que su respuesta aislacionista a otras circulaciones, Poderes, entró en crisis. Crisis con el gobernador Samuel Alejandro García Sepúlveda y ahora crisis con el Poder Legislativo local por el tema de reducción de becas para la gestoría de los diputados. El rector ha “descapitalizado” su territorio.
En efecto, el problema de fondo del “insularismo” para Santos Guzmán es que su respuesta aislacionista frente a las circulaciones y presiones de otros Poderes entró en una severa crisis de eficacia. Al cerrarse sobre sí mismo y pretender gobernar la Universidad Autónoma de Nuevo León como un coto inmune a los flujos reales del Estado, el rector terminó por “descapitalizar” su territorio. Esta falta de ergonomía cognitiva generó un colapso en dos frentes políticos fundamentales:
Primero, la crisis con el gobernador Samuel Alejandro García Sepúlveda. Lejos de construir una relación de equilibrio y negociación estratégica entre Palacio de Cantera y Ciudad Universitaria, el repliegue defensivo de la Rectoría entorpeció la comunicación institucional y alimentó las apetencias de intervención del Ejecutivo sobre el proceso sucesorio universitario.
Segundo, la crisis con el Poder Legislativo local. La decisión de la Rectoría de frenar o recortar el margen de las becas de gestoría social para los diputados del Congreso del Estado rompió el puente de gobernabilidad con las distintas bancadas parlamentarias.
Al utilizar las cláusulas de restricción presupuestal como un mecanismo de repliegue, Guzmán privó a los legisladores de un recurso clave para sus distritos, lo que puede detonar la respuesta a través de exhortos de fiscalización y demandas de auditoría.
Santos no entiende a Samuel: el gobernador no disimula. Fiel a su estilo de concebir la política estatal como un feudo personalizable, fijó la mira en Ciudad Universitaria. Para el inquilino de Palacio de Cantera, la Universidad Autónoma de Nuevo León no representa un recinto sagrado de la educación superior ni un pilar republicano de autonomía, sino un botín territorial y un comité de campaña estratégico rumbo a la contienda electoral de 2027. Ajeno a negociaciones, Santos Guzmán saldrá mal en octubre. Hasta ahora Mario Alberto Garza Castillo, exdirigente electoral y exdirector de Leyes, queda colocado en la antesala perfecta para la Rectoría.
Mientras su territorio local se descapitaliza y las circulaciones de poder se cortan, el rector busca compensar la parálisis política interna mediante el espejismo de la agenda internacional: giras por España, foros en Brasil y encuentros en la capital del país. Pero la acumulación de millas no sustituye la construcción de alianzas. Creer que la autonomía consiste en atrincherarse y cortar los flujos de relación con el Ejecutivo y el Legislativo es no entender la naturaleza del Poder en Nuevo León. Santos Guzmán se aisló creyendo blindar a la institución, cuando en realidad ha dejado a la Universidad sin capital político, sin circulaciones efectivas y a la deriva en su propio cerco.