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Lunes , 25.03.2019 / 14:50 Hoy

Los inmortales del momento

El 'doctorcillo Polly Dolly', primer padre de Drácula

José de la Colina

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El italoinglés John William Polidori (1795-1821), hijo de Gaetano Polidori, doctor y secretario del afamado poeta italiano Vittorio Alfieri, fue un médico que, siguiendo el triste ejemplo del padre, admirador y sirviente de un genio de famosa pluma, incurrió en la desdicha de hacerse secretario del poeta lord Byron, quien, como muchos grandes hombres, tenía más de un rasgo de vanidad y necesitaba de idólatras (ahora los llamamos fans) para vivir en adelantada gloria y en necesidad de un espécimen humano al cual humillar.

Entre otras bromas de dizque buen gusto, Byron caricaturizaba el apellido del joven doctor Polidori: lo llamaba doctorcillo Polly Dolly. Quizá por eso, y por otras muchas burlas sufridas al poetazo, John William, poco después de ser penumbrosamente retratado por el pintor romántico D. C. Gailsbourg, se suicidaría a sus veintiséis años, pero no sin antes intentar vengarse. Y se vengó sin puñal, veneno o pistola. Se vengó con armas semejantes a las del poeta déspota: la pluma, la tinta y el papel.

El caso comenzó desde una célebre sobremesa en la Villa Diodati, a la orilla del gran lago de Ginebra, y en la noche del 15 de junio de 1816. Tal fecha, según algunos eruditos, es la del nacimiento de la novela negra o de espanto. (Aunque, dicho sea entre paréntesis, esos eruditos se equivocan: el género lo había iniciado antes una breve novela "gótica": The Castle of Otranto, de Horace Walpole (1717-1797), historiador, miembro del Parlamento, experto en jardinería, habitante de un castillo goticoide por él mismo diseñado, y además amante, pero solo epistolar, de la epistolarísima marquesa Du Deffand, quien, tal vez aburrida de su salón frecuentado por Voltaire y los enciclopedistas, dedicó su vejez a amar castamente, y carta tras carta, a su corresponsal mucho más joven que ella).

A la hora de los toasts en aquella sobremesa de Villa Diodati a la cual asistía también el doctorcito Polly Dolly, surgió una apuesta: escribir en unos días ¿o, mejor, en unas noches?, un relato de espanto que superase al de Walpole. Byron empezó a escribir un cuento en verso pero le salía una historieta pornográfica con un fantasma violador de doncellas, y no le dio final. Shelley compuso un soneto sobre un enamorado que retornaba de ultratumba para consumar matrimonio con la amada; Mary escribió su novela de horror y filosofía y precursora de la ciencia ficción: Frankenstein, y Polidori pergeñó The Vampyre, el cuento en el que, conferiendo a un personaje menor algunos rasgos de Byron (sospechoso de incesto con una hermana —o, más bien, una prima hermana— y viajero cojitranco por países "exóticos"), puso de protagonista a lord Ruthwen, un dandi libertino que infundía "una sensación de temor cuya causa se desconocía". Y, por supuesto, el tal lord Ruthwen era vampiro desde la melena a los dedos, ¿o garras?, de los pies.

He aquí el comienzo del tenebroso cuento largo: "Sucedió en medio de las disipaciones invernales en Londres. Entre los personajes más importantes de la vida nocturna en los salones distinguidos apareció un tal lord Ruthwen, menos notable por su título que por su guapura y su actitud fría, al parecer ajena a cualquier pasión. Solo atraían su atención las risas de los demás, como si su propio silencio mismo le permitiera acallarlas y amedrentar a los alegres y despreocupados. Ante él las mujeres se sentían atraídas y la vez miedosas, y algunas atribuían tal ambigua sensación a aquella mirada gris y fija que recaía sobre una mejilla con un rayo sin luz levemente posado en el cutis femenino. Su rostro era bien proporcionado y bello, pese a una palidez de tono sepulcral...".

Byron sintió que el relato era un retrato y habrá pataleado con su pierna sana de rengo, pero, siendo veleidoso, y sabiendo que el aroma de azufre magnificaba su condición de "monstruo sagrado", a veces admitía ser el autor de aquello que, si literariamente no valía mucho, al menos estremecía a sus lectores y sobre todo a sus lectoras.

Un siglo después otro autor, también de lengua inglesa, el irlandés Bram Stoker (quien también sirvió y sufrió por un tiempo a un gran hombre, esta vez el famoso actor teatral Henry Irving), tomó el cuento largo de Polidori, lo combinó con la historia y la leyenda del rumano Vlad Draculea (príncipe de Valaquia que combatió contra el el imperio otomano y fue sangrientamente célebre por los cientos de enemigos turcos a los que hizo empalar), para, convirtiendo a lord Ruthwen en un conde-vampiro de Transilvania, escribir con mucho mejor estilo que el polidoriano una novela: Drácula, de la que nadie menos que Oscar Wilde diría que era "el mejor y más hermoso de los relatos de terror", y que un crítico tan severo como Harold Bloom incluye en su canon literario occidental, además de confesarse impaciente seguidor de todas las secuelas, buenas o malas, que se ocurran tanto en las páginas como en las pantallas.

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