Política

Tampoco fue por el petróleo

Escuchar audio
00:00 / 00:00
audio-waveform
volumen-full volumen-medium volumen-low volumen-mute
Escuchar audio
00:00 / 00:00
Alfredo San Juan
Alfredo San Juan

La abducción de Nicolás Maduro por tropas de asalto estadunidenses y su traslado a una prisión en Brooklyn, ha sido justificada o al menos explicada por tres distintos motivos: tráfico de drogas (relación con los cárteles), restablecer la democracia (se robó las elecciones), petróleo (control de las reservas de Venezuela). Pero un examen de estos “motivos” tendría que concluir que en realidad es otra pulsión la que está moviendo a Donald Trump. Esclarecer este punto es conveniente por las implicaciones que podría tener para México.

La explicación formal y explícita es, irónicamente, la más absurda. Según las autoridades de Estados Unidos, Maduro fue secuestrado para responder ante la justicia estadunidense por su complicidad con los cárteles de la droga. Según ello, habría pruebas de que entre 2008 y 2010 otorgó pasaportes diplomáticos a presuntos narcotraficantes. Sabremos más, una vez que inicien los procesos judiciales y las fiscalías formalicen sus denuncias. Pero es evidente que este es el mero pretexto “jurídico” que se encontró para intervenir. El peso de Venezuela en el tráfico de drogas con destino a Estados Unidos es muy inferior al de otros países y seguramente hay presidentes y ex presidentes de otras naciones mucho más involucrados. Basta recordar el reciente perdón que Trump otorgó al ex presidente de Honduras, Orlando Hernández, quien purgaba una condena por su participación confesa en ese tráfico.

La segunda razón que se aduce es el supuesto deseo del “paladín de la democracia” de restablecer la justicia y los derechos humanos en Venezuela. Atribuirle estas preocupaciones a Donald Trump ya era un sinsentido. Al neoyorquino le pueden indignar muchas cosas, pero entre estas no están incluidas la represión, pasar por encima de un resultado electoral o la violación de los derechos humanos. A juzgar por su propia conducta y su aprecio por los dictadores, tales prácticas le resultan encomiables. En todo caso, la confusión solo duró unas horas. El propio Trump aseguró que Estados Unidos prefiere, por motivos prácticos, que continúe el gobierno actual de Maduro, sin Maduro, pues tiene el control militar y asegura la estabilidad. Adiós a las esperanzas de la oposición antichavista o a las pretensiones de Edmundo González y Corina Machado, legítimos ganadores de las elecciones de 2024, de que la intervención de Estados Unidos daría lugar a un proceso de transición que les permitiría asumir el poder.

Una variante menos ingenua de la tesis anterior señalaba que el propósito de Trump con el operativo Maduro se inscribe en su estrategia de eliminar gobiernos de izquierda y sustituirlos por regímenes conservadores en América Latina. Pero eso significa darle a la ideología un peso que no tiene en la cosmovisión de Trump. El descabezamiento del gobierno venezolano ofrecía una posibilidad real, no fácil pero practicable, de presionar a los cuadros “maduristas” a ceder paulatinamente el poder o enfrentar represalias personales, conseguir elecciones auténticas lo más pronto posible e instalar un gobierno liberal. Trump no quiso saber del asunto. Demasiado esfuerzo y riesgo de involucramiento en asuntos domésticos. No, el mapa de simpatías y antipatías del presidente no se empalma exactamente con los colores doctrinarios de los gobiernos. Responde, más bien, a sus gustos muy personales sobre el perfil de otros mandatarios y el papel que juega cada país con relación a los intereses de Estados Unidos, es decir, los intereses de Donald Trump.

Si no es ideológica ni un tema de drogas, ¿cuál es la verdadera razón para intervenir? El petróleo, han dicho propios y extraños. Se aduce, y con razón, que Venezuela exhibe las mayores reservas comprobadas en el mundo. Buena parte de estos depósitos son de petróleo pesado, menos abundante que el ligero, que ahora es suministrado a las refinerías norteamericanas mayormente por Canadá. El manotazo tendría así una motivación estratégica. El propio Trump terminó confesándolo, por más esfuerzos que hacía Mario Rubio, el secretario de Estado, para darle visos de legitimidad democrática y justiciera a la abducción de Maduro.

Sin embargo, un análisis de The Economist, publicado este domingo, pondría en entrecomillados esta explicación. Para ser realistas, no hay condiciones económicas para intentar explotar el petróleo venezolano en el mediano plazo. El mercado padece una sobreabundancia, un exceso de oferta, que ha llevado incluso a mantener subexplotada la capacidad actual de varios países. El precio fluctúa en 55 dólares el barril, muy por debajo de promedios razonables y a la mitad de sus máximos. Anteriormente la OPEP, dominada por los países árabes, controlaba los precios bajando o subiendo la producción, pero su intervención ya no es tan decisiva por la aparición de nuevos productores urgidos de poner en el mercado sus nuevos yacimientos (las Guayanas, Brasil, ex repúblicas soviéticas, entre otros). La contracción de las economías del mundo y la lenta recuperación, auguran consumos de petróleo estables o a la baja los próximos años. Lo anterior significa que nadie correrá a invertir en Venezuela.

Trump intentó hacer pasar su abuso como una astucia útil para los intereses económicos de Estados Unidos y de sus compañías petroleras. Aseguró que la inversión de estas gigantes comenzaría a fluir gracias a su intervención para desbloquear el petróleo venezolano. Las empresas aludidas respondieron con ambigüedad. No se trata solo de que no hay incentivos en el mercado para ir a perforar nuevos pozos cuando están conteniendo la explotación de los suyos; es también que para ser rentable una inversión petrolera necesita una infraestructura que hoy no existe en Venezuela: comunicaciones, internet, muelles modernos, agua, suministros. Y lo más delicado: personal. Si bien es cierto que pueden traer a sus cuadros directivos e ingenieros en jefe, necesitan técnicos y personal calificado o semicalificado que ya no existe en Venezuela, luego de la diáspora de los últimos años. Así pues, por más tentador que resulte invocar la voracidad de las “malvadas” gigantes petroleras que buscan convertir a Venezuela en su nueva república bananera, en realidad no son estas las que están detrás de esta medida.

¿Qué es entonces? El grueso de la explicación reside, me parece, en el deseo de Trump de vencer toda resistencia a su voluntad y su pretensión de dejar huella en todo lo que pueda. Eso que le lleva a poner su nombre a los nuevos buques de guerra, a los edificios públicos, a Groenlandia si es posible. Le interesa menos el resultado y más la muestra de poder. Pone de rodillas a Maduro por la misma razón que envía tropas a Los Ángeles, para mostrar al mundo quién es el amo.

Entendiendo lo anterior, ¿qué pasará en Venezuela, cuál es la lección para México? En Venezuela poco, me temo. El gobierno de Delcy Rodríguez sorteará las presiones con algunas medidas cosméticas, depurará de sus filas a algunos radicales, liberará a una docena de presos políticos y ofrecerá condiciones para que empresas estadunidenses participen en el alicaído mercado local.

En lo que toca a México la infame intervención lleva a reflexiones de forma y fondo que habrá que explorar en la siguiente entrega.


Google news logo
Síguenos en
Jorge Zepeda Patterson
  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.