M+.- Solo uno de cada tres partidos políticos recién autorizados sobrevive a la primera elección en la que participa. Somos México, de alguna forma desprendido de la marea rosa que recorrió las calles en contra del obradorismo y apoyó la campaña de Xóchitl Gálvez a la presidencia, consiguió por fin su acreditación para convertirse en opción política y participar en las urnas. No fue fácil, pero lo que sigue resultará infinitamente más complicado. No sólo para librar el primer filtro, justo dentro de un año, sino para no convertirse, sin quererlo, en una ayuda para Morena.
Según la ley, un partido de reciente creación debe alcanzar un 3 por ciento de la votación nacional si compite en una elección federal, y lo mismo en cualquiera de los comicios locales en los que desee participar. De otro modo, es debut y despedida. En las elecciones intermedias del sexenio pasado votaron 58 millones de mexicanos, lo cual supondría que en el próximo verano Somos México tendrá que conseguir el sufragio de 1.7 millones de ciudadanos. Tiene la desventaja, además, de que debe obtenerlos a capela, sin ayuda de otros porque las normas impiden que los partidos debutantes hagan alianzas o participen en coaliciones. Los candidatos que postulen deben ir en solitario.
Pero tratándose de un juego de suma cero, en el que los votos que una organización obtiene los pierden otros, el PAN, el PRI y MC habrán de ver a Somos México con incomodidad sino es que abierta hostilidad. Los candidatos de las cuatro organizaciones competirán por atraer a un elector de características similares: ciudadanos contrarios o desencantados con la 4T. No se necesita saber de política para concluir que la fragmentación del voto opositor es una buena noticia para el partido en el poder.
Si el reto cuantitativo es formidable para la nueva organización, el cualitativo aún es más complicado. ¿Cómo convertirse en una fuerza política atractiva para un número importante de ciudadanos? La vía convencional para todo partido reside en un proyecto de sociedad que empate con el parecer de muchos ciudadanos; que incluya reivindicaciones, exigencias, preocupaciones e incluso resentimientos de muchos. El problema de la oposición es que desde hace ocho años su estrategia ha consistido sólo en la segunda parte de esta agenda: mucha crítica contra el gobierno y muy poca propuesta. PRI, PAN, PRD o marea rosa se han centrado en la denuncia de todos los males, reales o presuntos del obradorismo, con escaso resultado hasta ahora. Convertirse en uno más del coro plañidero no parecería ser la mejor estrategia para irrumpir con éxito en el mercado de votos. Movimiento Ciudadano tuvo la virtud de construir un discurso novedoso dirigido a generaciones más jóvenes y recurrió a candidatos ajenos a los círculos políticos tradicionales. El nuevo partido podría optar por hacer algo parecido, aunque tendría que competir en un terreno ya ocupado. Y por lo demás, no será fácil que un liderazgo en manos de una vieja guardia como la que representan Guadalupe Acosta Naranjo, Cecilia Soto, Ramón Sosamontes o Emilio Álvarez Icaza pueda impulsar vientos de renovación que le permitan competir con MC.
¿Cuál es el proyecto de país que impulsa Somos México? Hasta ahora se trata de un enigma, porque en realidad no lo ha construido, más allá de vagos pronunciamientos sobre la democracia y las libertades. Su narrativa ha estado centrada en la crítica al gobierno del cambio, lo cual supondría que su aspiración implícita es el regreso a lo que había antes, algo que no van a confesar como tal ni tendría mayor atractivo para la mayoría de los votantes.
Y, desde luego, queda otra vía para hacerse de votos: la carismática o populista, hoy tan exitosa. Esto es, la búsqueda de candidatos reventadores del tipo Trump en Estados Unidos, Milei en Argentina, De la Espriella en Colombia, Noboa en Ecuador o Bukele en El Salvador. Una versión menos ambiciosa podría ser la de optar por candidaturas de ocasión de parte de famosos, sin mayor ambición política de fondo que prestar cara y nombre: futbolistas, actores, influencers, personajes de la televisión y la farándula.
En caso de recurrir a la opción trumpista, Somos México estaría apostando en contra de su supuesta razón de ser: la defensa del entramado institucional de la democracia que, a su entender, López Obrador destruyó. Lo segundo que hacen los líderes populistas como Milei, De la Espriella y similares, es debilitar las instituciones que contrarrestan su poder. Pero antes de eso, lo primero es secuestrar al partido que los impulsa y convertirlo en una extensión de su voluntad. No dejaría de ser paradójico que líderes como Acosta Naranjo, procedentes del PRD, volvieran a cometer el mismo error en el que incurrieron hace 30 años, cuando invitaron a participar a un líder regional carismático para incrementar sus votos: Andrés Manuel López Obrador. Lo demás es historia.
Y digo lo anterior, porque más de algún lector suspicaz se preguntará si la estrategia cada vez menos sutil que realiza Ricardo Salinas Pliego para convertirse en el siguiente Noboa o Trump, millonarios polémicos y extrovertidos como él, puede conducirlo más temprano que tarde a una nueva organización como Somos México. Parecerían agua y aceite, pero nunca hay que subestimar la alquimia política que hace conversiones aparentemente milagrosas allá donde no hay más convicciones que hacerse del poder. Veremos de qué está hecho Somos México.