M+ Andrés Manuel López Obrador hizo del peso fuerte un emblema. Lo mencionaba en las mañaneras como prueba de confianza y llegó a llamarlo una de las monedas más fortalecidas del mundo. Claudia Sheinbaum ha retomado el argumento cuando el tipo de cambio la favorece.
Hay algún mérito, es cierto. El gobierno respetó la autonomía del Banco de México, evitó un endeudamiento desbordado durante la pandemia y el nearshoring atrajo inversión. Pero el factor decisivo fue otro: la diferencia entre las tasas de interés de México y las de Estados Unidos o Japón. El peso fue fuerte porque resultaba rentable endeudarse en dólares o en yenes, a tasas bajas, y comprar Cetes. Es el mecanismo conocido como carry trade, usado por fondos de inversión en Wall Street para aprovechar diferenciales. Así se fortaleció el peso. Ocurrió durante los gobiernos de la 4T, como pudo haber ocurrido antes.
Al tomar posesión López Obrador, el dólar estaba en 20.35 pesos; bajó a 16.33 en abril de su último año, pero al entregar el poder se ubicaba en 19.69. Con Sheinbaum también hubo picos por razones extrafinancieras, como la amenaza arancelaria de Trump, que a principios de 2025 llevó al peso por encima de 21 por dólar. Después, el carry trade volvió a imponerse y favoreció al peso hasta 17.09 por dólar en febrero de este año.
Sin embargo, algo decisivo sucedió el 16 de septiembre. La Reserva Federal de Estados Unidos subió sus tasas por primera vez en tres años, lo que llevó el diferencial a un mínimo histórico. Dos días después, el Banco de Japón elevó su tasa a 1.25 por ciento, la más alta en 31 años, y encareció el financiamiento en yenes.
El efecto fue inmediato. A mediados de septiembre el dólar rondaba los 17.20 pesos; a principios de este mes ya estaba en 18.28. En tres semanas, el peso borró todo lo que había ganado en el año.
¿Por qué los bancos centrales suben o bajan la tasa de interés? Por la inflación. Cuando sube la tasa de referencia, bancos y tarjetas la siguen: se encarece el crédito al consumo y a la inversión, y se gasta menos. Además, ahorrar en bonos se vuelve más atractivo, y ese dinero que no se gasta ayuda a contener los precios. Por eso Trump, y antes López Obrador, han presionado para bajarlas: el crédito más barato impulsa negocios, consumo y crecimiento.
El cambio para el peso es que México decidió bajar tasas mientras Estados Unidos empezó a subirlas. En 2023 los Cetes pagaban alrededor de 11 por ciento, cuando la tasa de la Fed estaba en 5.25–5.50 por ciento: un diferencial de casi seis puntos. Hoy la tasa de Banxico está en 6.50 por ciento y la brecha con la Fed se redujo a 2.5 puntos, la más baja de la historia.
Con el premio reducido y el costo del préstamo al alza, los fondos empezaron a deshacer posiciones. Dejó de ser atractivo endeudarse en dólares o yenes para comprar Cetes. Según Banco Base, el peso y el colombiano han sido las monedas más castigadas porque eran las más expuestas a esa estrategia. Las minutas de la Fed, con tono restrictivo y previsión de otra alza este año, sugieren que la brecha seguirá cerrándose.
No es una crisis ni un desplome, sino el fin de una de las condiciones que hicieron posible la fortaleza del peso, y que poco tenían que ver con lo que ocurría en Palacio Nacional.
Tampoco conviene exagerar los efectos. Un diferencial de 2.5 puntos sigue siendo positivo y el peso mantiene soportes reales: un banco central creíble, finanzas públicas sin desbordes graves, reservas amplias y un flujo exportador robusto. Antes del sobresalto, los pronósticos para el cierre de 2026 ya se movían en torno a los 18 pesos. Es decir, el nivel actual está cerca de lo que el mercado ya consideraba normal. Podría acercarse a los 19 o incluso más, sin que la economía en su conjunto experimente un impacto mayor. Pero para algunos puede marcar diferencias.
Ganadores y perdedores
Un peso que compre menos dólares no es en sí mismo negativo o positivo para todos los mexicanos. Ganan, primero, las familias que reciben remesas. Cada dólar enviado desde Estados Unidos rinde hoy cerca de un peso más que a mediados de septiembre, un alivio en estados como Michoacán, Guanajuato, Jalisco o Chiapas, donde el superpeso había reducido su poder de compra. Gana el turismo: México se abarata para el visitante extranjero y compite mejor frente al Caribe. Y ganan los exportadores, de la agroindustria a las manufacturas, que cobran en dólares y pagan nómina en pesos; con el superpeso muchos habían visto sus márgenes comprimidos.
Pierden quienes compran en dólares. Las importadoras y la industria dependiente de insumos extranjeros ven subir sus costos, que tarde o temprano trasladan a precios. Ese traspaso, aunque moderado, complica la tarea de Banxico. Pierden también empresas y gobiernos endeudados en moneda extranjera, consumidores de bienes importados (electrónicos, autos, medicamentos, gasolina) y mexicanos que viajan al exterior o pagan colegiaturas fuera del país.
El balance es menos dramático de lo que sugiere el titular. El superpeso no fue un milagro de política económica ni su ajuste es una catástrofe. Fue, sobre todo, el reflejo de tasas de interés ajenas. La lección para el gobierno es sencilla: no conviene presumir como logro propio lo que se decide en Washington y Tokio, porque tarde o temprano habrá que explicar por qué se fue.