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Agua de azar

XIX

Jorge F. Hernández

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Un poder muy superior a la humanidad y a la vergüenza permitió el luminoso milagro de una verdad enrevesada: el contundente triunfo de la derrota. Difícil de explicar, quizá solo comprensible para quien lo vive, triunfar en la derrota significa esencialmente reconocer que levantarse es precisamente dejarse caer, reconocer que uno no puede con el alcohol y aceptar que se trata de una enfermedad incurable, progresiva y mortal. No se trata de un mareo ocasional o de desfiguros inexplicables, sino de la vera enfermedad de simplemente no poder vivir sin beber y, peor aún, tampoco poder vivir bebiendo.

Tocar fondo, le llaman y estas líneas son para agradecer en tinta lo que intento agradecer todos los días: la existencia incondicional de un puñado de miles de arcángeles anónimos que me ayudan y me alivian para mantener en remisión lo que en realidad no se cura. Así como los diabéticos lo serán incluso sin consumir azúcar, el alcohólico que deja de beber suspende la ingesta pero ha de seguir en el tortuoso sendero que conduce —a la larga— a la vera sobriedad en el minucioso trabajo de encarar todos los defectos de carácter, alteraciones emocionales, contradicciones psicológicas, y una ancha red de mentiras y mentiritas y mentirotas que obnubilan el sano juicio. Me debo a ese ramo de arcángeles anónimos —vivos y muertos— que habiendo sido borrachos declarados optan por el anonimato en una profunda toma de conciencia que se convierte en poderosa lucha cotidiana, serena resignación con iniciativa de resurrección: Sólo por hoy.

En mi caso, he violado el anonimato desde las primeras veinticuatro horas donde, además, descubrí que en mi afán por renegar, en mi necedad por buscarle salidas a lo que creía que una condena, criticaba incluso la ortografía del Sólo por hoy: que si no lleva acento, es una invitación a la soledad insalvable y demás

conjeturas, pero si rompí el anonimato fue para pasar el mensaje y hacer público en cualesquiera medios posibles que, así como yo, ya andaba en un callejón sin salida y mis errores y tropiezos habían no solo herido a mis padres, hermana y amigos, habían destrozado un hogar y corneado horriblemente a mi mujer y mis hijos… pero había encontrado una salida que ahora cumple XIX años y que insisto en ventilar para que sirva de ventana y contagio, referencia y esperanza para quien siga sufriendo el Infierno con mayúsculas del hígado inflamado, la lengua incontrolada, la bilis en la saliva, el desvarío geográfico y espacial, la amnesia y confusiones constantes, la mentira como verdad, la pinche cruda incurable, las ganas de hacerla de pedo (literalmente) y tantos dolores que dejan de ser simpáticos o risibles en cuanto la enfermedad atenta contra el sueño de los hijos, los ahorros para su educación, los horarios de sus risitas y las pocas ganas de abrazar a un adulto que huele a rayos.

Flores amarillas, la madrugada con cincuenta pesos en la bolsa, la vida sin hogar, lejos de casa, volver al hotel o a la casa de los padres (a quienes quizá no habías visto en piyama y camisón desde la adolescencia), el silencio de muchos amigos, la ausencia de los incondicionales, la soledad y la angustia, la sed, la maldita sed y engañosa tentación de que en realidad —ya náufrago— se puede bogar de cantina… todo el horror se disipó gracias al amoroso abrazo de mis padrinos, conocidos de siempre y recién conocidos en la noche de hace casi veinte años en que supuse que llegaría a escribir este párrafo que ahora escribo si acaso lograse sobrevivir esas primeras veinticuatro horas con la verdadera convicción de caer y tocar fondo para precisamente levantarme cada veinticuatro horas o más bien, cada tres horas, ocho veces al día, murmurando como mantra el credo que se ha vuelto karma, el rezo secular del más puro sentido común: procurar la serenidad ante las cosas que simplemente no se pueden cambiar, aspirar al valor de cambiar todas las cosas que sí se pueden cambiar y trabajar en todos los sentidos para vivir con la suficiente sabiduría para reconocer la diferencia. Nada más. Nada menos.

Antes: el alcohol provoca la desquiciada convicción de que uno puede cambiar el orden de los planetas, el organigrama del gobierno federal y el trayecto de un penalti mal chutado en un partido de futbol desde la cómoda distancia de una barra de cantina; además, el engaño etílico intimida al grado de que el enfermo es incapaz de redactar una línea, firmar un papel sin temblorina y negarse la mínima capacidad de cambiar de lugar aunque sea por centímetros y, peor aún, deambular con errores de juicio que fermentan la absoluta falta de sabiduría… pero se van dando pasos, se pasa día a día de lustro a década, hasta el instante intocado que es hoy mismo, casi veinte años después en que publico esto para agradecer y recordar que no pienso beber alcohol —Sólo por hoy— pues en el espejo se va dibujando la mejor versión de mí mismo.

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