Hace cien años, Doña Carmen y Don Pedro fueron a Cuyutlán en busca de La ola verde. Celebraban su luna de miel y estaba de moda viajar a Colima para atestiguar el fenómeno de bioluminiscencia que convertía el agua salada en neón luminoso sobre las olas hipnóticas y fincar así un amor que parece intacto al paso del siglo.
Emulando a mis abuelos, sesenta años después Aura y yo quisimos reinventar La ola verde en Cuyutlán pero una estafa mayúscula de una pinche agencia de viajes provocó un despropósito que casi casi nos aguó la fiesta: en vez del ensueño nupcial en Las Hadas de Manzanillo nos hospedaron en un pueblito cuya alberca estaba saturada de cuevanenses de calcetín negro con chanclas y gorditas que se bañaban públicamente en camisón. No conocimos Cuyutlán hasta ya entrados en canas y con hijos ya adultos. La ola verde quedó signada como una ilusión invisible.
El equipo nacional de Inglaterra no ha jugado en el Estadio Azteca desde la increíble tarde en que el equipo de Argentina con Maradona parecía resolver en la cancha la disputada soberanía de ambos países sobre las Islas Malvinas (o Falklands). Quien mire el mapa confirma que esas islas parecen no más que una prueba psicológica de Rorscharch: una mancha de tinta cuya interpretación infinita revela perversiones o bien, pura ilusión invisible. Algo así como la mano de Dios o el papalote cósmico de Maradona driblando por todo lo largo de la cancha —como una ola verde— para asombro y derrota de la pérfida Albión.
Cuarenta años después vuelve Inglaterra al estadio que dicen que ya no se llama Azteca. Allí mismo donde una pareja de enamorados imaginó viajar al mar en el instante en que Manuel Negrete se convirtió en una ola de media tijera (en pared con Javier Aguirre) para cuajar uno de los goles más bellos del siglo que nació con mis abuelos amándose al filo del mar. Efectivamente, es un delirio enrevesado pero es la espuma que me baña en medio de un millón y más de mexicanos que —contra toda desgracia y desánimo— inundan las almas de todo México, cada metro del Paseo de la Reforma, el Zócalo y las alas del Ángel con una esperanza inquebrantable que debería preparar anímicamente a todo el mundo: México ha de jugar la siguiente ronda en USA para honra de nuestros migrantes y felicidad de todos los muertos como una ilusión invisible llamada La ola verde.