Cultura

La cascarita

El Maestro —quizá en su último Mundial— espera un centro al filo del área (que fue promesa de campaña) y concentra la mirada en el manchón de penales; en la media cancha, dos maestras son severamente marcadas por granaderos oficialmente inexistentes, mientras que por la banda derecha se amontonan millones de vehículos en claro embotellamiento. Hay por lo menos un defensa que se siente agredido como dueño de palco ante el imperio ominoso de FIFA y amenaza con subir a rematar.

El supuesto árbitro no suelta el pito mientras reparte jarabe para la tos y se arma un laberinto en territorio del lateral izquierdo entre vendedores de camisetas pirata, puestos de garnachas y un globero despistado. Desde la tribuna improvisada de todos los hoteles de paso sobre la calzada de Tlalpan se asoman meretrices con matracas y prostitutos pamboleros que intentan sincronizar una ola con los grupos de desempleados, jugadores en “situación de calle” y colectivos de indigentes anónimos que han resistido heroicamente todo el primer tiempo.

El tiempo (el implacable) insinúa un desgaste generacional: aquí no hay más Pelé que el que coma plátanos ni Messi que no se escriba en inglés (con i griega). Un carrilero con evidentes problemas oftalmológicos dribla a enemigos inexistentes creyendo poder hacer pared con el fantasma de Hugo Sánchez, pero la climatología se impone con un chubasco de ensueño. Se trata de la pesada lluvia de todos los años desaprovechados: nos pudimos haber preparado al menos espiritualmente para un mundo donde las vallas y señalizaciones urbanas no pueden pintarse de morado por ignorancia y despilfarro, un encuadre en el que los taxis y autobuses urbanos puedan pagarse con tarjeta de débito, proponer un orden más o menos sensato para los precios del suadero, naranjadas Bonafina y salsa Valentina sobre papitas variadas… toda un culpa en la conciencia colectiva de Coapa en el instante en que se eleva a lo lejos la figura más que simbólica de un jugador hasta ese momento anónimo que vuela por encima de los hombros (y hombres) como Ángel de la Independencia, bañado en oros y estirando el cogote como si apresara una serpiente de siglos y clava un testarazo no sin sangre parietal que lo convierte en inmortal en ese mismo instante en que parece que aquí no ha pasado nada desde México 70 y México 86… y todos los Méxicos que jugamos la cascarita cíclica de la más infundada ilusión.

Jorge F. Hernández
Jorge F. Hernández


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Jorge F. Hernández
  • Jorge F. Hernández
  • Escritor, académico e historiador, ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por Noche de ronda, y quedó finalista del Premio Alfaguara de Novela con La emperatriz de Lavapiés. Es autor también de Réquiem para un ángel, Un montón de piedras, Un bosque flotante y Cochabamba. Publica los jueves cada 15 días su columna Agua de azar.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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