• Regístrate
Estás leyendo: El vuelo de Banksy
Comparte esta noticia
Martes , 19.02.2019 / 05:29 Hoy

Agua de azar

El vuelo de Banksy

Jorge F. Hernández

Publicidad
Publicidad

No hablo del anónimo artista que tatúa muros sin aviso y autotritura en subastas. Hablo de Gordon Banks, arcángel de guante blanco que fue catalogado por la FIFA como el mejor portero del mundo entre 1966 y 1971. Muchos lo recuerdan con el suéter amarillo y calzoncillos blancos o negros, pero el milagro de su intemporalidad se selló el día que vistió suéter azul rey, la selección nacional de Inglaterra —campeona del mundo en 66— de blanco toda vestida, seis leones rampantes en el escudo custodiando la rosa de San Jorge: enfrente, una pesadilla oceánica: Gerson, Tostao, Rivelino (a coisa mais linda), Hercules Brito, Clodoaldo, Jairzinho, Wilson, Piazza, Everaldo, Féliz (portero vestido de negro) y Edson Arantes do Nascimento, mejor conocido como Pelé. Estamos en el Estadio Jalisco, en Guadalajara y es el Mundial de México 70.

¡Silencio! Jairzinho acaba de evadir la marca de Terry Cooper al filo del área grande, rayando la línea de fondo y eleva el balón en un centro templado que congela el tiempo. ¡Silencio total! Se ha levantado Pelé en vuelo, resorteando el cráneo hacia atrás como quien prepara un disparo cerebral; el balón sale como ráfaga, picado a la base del poste y en la última rayita de un instante, Gordon Banks se lanza sobre su costado derecho, estirándose, acostándose como resorte elongado y con las yemas de los dedos evita que el balón cruce la frontera de su portería. O Rei Pelé ya cantaba ¡Gol!, cuando Gordon ha elevado el balón al filo del ángulo recto de la puerta y en una desmitificación total del teorema de Pitágoras, sale volando por encima, detrás de la red, hacia el tiro de esquina… y no ha terminado de volar, así pasen los siglos.

Dicen que Pelé le envió ese mismo día un telegrama a Banks y en la memoria del futbol se confirma que los mejores goles de Pelé fueron precisamente los que no lo fueron: también en Guadalajara se materializa la gloriosa epifanía contra el once del Uruguay, la tarde en que Pelé dribla al portero oriental llamado Maurkiewicz y realiza una danza de Carnaval en Jalisco para cruzar una tangente que pasó a medio milímetro de la portería sin llegar a ser gol y también este vuelo de Gordon, el caballero inglés de cara sonriente y facciones de dibujo animado que, al darse cuenta de que acaba de pararle un gol a Pelé, se dijo a sí mismo: “¡Vaya Banksy, qué suertudo eres, idiota!

Pasaron años y dicen que Pelé viajó una vez a Inglaterra para develar una estatua de Banksy a las puertas de un estadio y seguimos discutiendo los que peinamos canas qué hubiera sucedido si Inglaterra le gana a Alemania en la semifinal del Mundial de México 70, partido que Gordon Banks no pudo jugar porque se indigestó con seis de suadero y dos al pastor.

Dicen que Gordon Banks ha muerto, habiendo nacido en 1937, que fue de los cancerberos que no necesariamente usaban guantes para atajar las órbitas ofensivas de aquellos balones de cuero viejo que dolían al jugar. Dicen que hubo un ayer en que los jugadores se rifaban las tibias como piratas sin espinilleras y con las medias a media asta, que se jugaba en lodo y nieve como si fuera betún de pastel mitológico y que el amor a la camiseta estaba muy por encima de las millonarias filiaciones por el patrocinio de hoy en día.

Incluso, dicen que Inglaterra perdió en Guadalajara contra aquel equipo soñado de Brasil con Pelé en pleno vuelo, pero tengo para mí que en el instante mismo en que Banksy voló para cuajar lo que ahora conocemos como el gol que no fue, se cambió el curso inextricable de los planetas, la consistencia lechosa de la Vía Láctea y se quedó suspendido en el tiempo para siempre, porque la eternidad es un vuelo de alas abiertas con guantes de seda que desvían el curso de la Tierra.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.