Los episodios geopolíticos en el Medio Oriente apuntan a una clara realidad: se está exhibiendo los límites del poder estadounidense en un entorno internacional cada vez más fragmentado.
Es un proceso de debilitamiento relativo de la capacidad de acción de Estados Unidos que pavimenta el camino hacia un orden internacional más dividido y eventualmente, multipolar. El mensaje estructural es que el margen de acción de esta nación ya no es el mismo.
Para países como México, esta situación abre una ventana que pocas veces aparece en la historia. Durante décadas, la cercanía económica, financiera y política con Estados Unidos ha condicionado el diseño de la política económica nacional. Esto incluye también en algo más profundo: en la forma en que se concibe el papel del gobierno en la economía.
México ha sido el alumno aplicado en adoptar plenamente el Consenso de Washington al pie de la letra. Agenda que integra un conjunto de instrucciones para América Latina que imponen disciplina fiscal, liberalización financiera y comercial, privatizaciones, y limitación del sector público en la economía.
La disciplina fiscal es posiblemente lo que más ha dañado a nuestra nación, entendida como la subordinación del gasto público a la recaudación de impuestos.
Ese marco no solo nos dejó sin margen de maniobra interno. También alineó al país a una lógica externa que hoy comienza a mostrar signos de agotamiento. En un contexto donde la hegemonía estadounidense enfrenta tensiones económicas, sociales, geopolíticas y energéticas. Insistir en el mismo enfoque no es prudencia.
Esa es inercia y necedad.
La pregunta no es si México debe desvincularse de Estados Unidos. Eso es inviable. La pregunta es si puede redefinir su posición con mayor autonomía. Y para ello, el punto de partida es interno. El país necesita abandonar el molde económico con el que se han fabricado políticas fallidas que hasta el día de hoy siguen vigentes durante décadas.
El cambio en el entorno global no garantiza nada por sí mismo. Las oportunidades geopolíticas solo se materializan cuando existen proyectos nacionales capaces de aprovecharlas. Sin un cambio de enfoque económico, México seguirá reaccionando a los movimientos externos en lugar de anticiparlos.
La historia reciente ya mostró lo que ocurre cuando se desaprovechan momentos críticos. La pandemia fue uno de ellos. Hoy, el reacomodo del orden global presenta otro. La diferencia está en si el país decide seguir operando bajo un marco que limita su propia capacidad de acción, o si finalmente asume que la soberanía (monetaria, productiva y política) no se declara: se ejerce.
Si el mundo cambia y México mantiene el mismo molde, la oportunidad se diluye. No sería la primera vez. ¿Seguiremos diseñando la misma política económica a pesar de que el mundo se está transformado?