Por acaso no platicáramos sobre el deporte desde las patadas en estas semanas, ´seamos como rebeldes sociales o ciudadanos irreverentes que no se meten en los sentimientos del pueblo.
Nos puede importar un comino que Donald Trump no permita que pisen tierras norteamericanas los no aceptados por sus imperiales gustos, pero un público selecto se mete a los estadios, según normas económicas de la FIFA, que no le interesa que los pueblos disfruten un deporte popular pero que, para ellos, lo que importa es cobrar caro.
Asistimos a un mundial de selectos clientes que pueden pagar sus boletos al precio que sea, y que importa poco que los pueblos se queden a las ventanillas de las taquillas, recordándoles el diez de mayo.
Esto que platicamos un reflejo de la sociedad individualista en la que estamos viviendo en la que el que está arriba, no quiere ver al que está abajo, aunque viva en el mismo globo terráqueo.
Afortunadamente el gobierno nacional ideó un plan para un “mundialito” para buscar que niños y niñas, jóvenes y adultos disfruten campeonatos en cientos de canchas deportivas para que popularmente se apropien del fútbol en pueblos, sus barrios, etc., para que siga siendo juego de todos.
A esto se añaden pantallas enormes para todo el que quiera, pueda disfrutar de tantas jugadas de tan brillantes jugadores.
Un acierto muy bueno es el que los dueños de los equipos se hallan comprometido a fundar escuelas de futbol. Ya algunos equipos las tenían.
A nuestros equipos les beneficia mucho la propia tierra. Sin desdeñar a quienes vienen del extranjero, que suelen ser amables, pero el juego de la propia tierra tiene un “plus” nada desdeñable. Lo mismo se puede decir de los entrenadores.
Y luego el pueblo se encariña más por todos los que ennoblecen el terruño por su dedicación y cariño.
Lo bueno es que esta justa deportiva ha sido aprovechada para darle a los grandes dirigentes mundiales una lección a su soberbia y desdén por los de abajo.