Más de un millón de muertos ha dejado la pandemia de Covid-19 en el mundo. Treinta millones de infectados y la economía de todo el planeta sufriendo una recesión global sin precedentes. Un millón de historias que se escribieron en medio del dolor y el aislamiento; treinta millones de angustias; muchas vidas atrapadas en el confinamiento y otras tantas asoladas por la más absoluta indiferencia.
La fragilidad de la especie humana se hizo latente justo cuando nos asumíamos más invencibles, justo en un tiempo en el que la revolución tecnológica volvía a poner en el radar la carrera espacial, y justo ahí, fuimos abruptamente devueltos a las preocupaciones terrenales, la más apremiante; la búsqueda frenética de una vacuna para el nuevo y letal virus.
Los resultados del confinamiento han sido brutales para el mercado laboral, tan solo en Estados Unidos se perdieron veintidós millones de empleos, en México un millón; en E.U.A. se han recuperado once millones, aquí apenas doscientos mil. El uso de oficinas parece hoy obsoleto; para muchos sectores, trabajar se redujo a tener computadora e internet. La era digital se ha impuesto. Esta transición, más que generar una crisis, ha generado una profunda transformación en los hábitos laborales y de consumo; toca a la economía mundial adaptarse y entender la lógica de los nuevos tiempos.
En este sentido, la vida post Covid-19 se ha modificado por completo, pero existe en ciertos sectores de la sociedad una suerte de urgencia por volver a la tan añorada “normalidad”; eventos deportivos con tribunas vacías contrastan con fiestas de jóvenes que no parecen inmutarse ante la posibilidad de un contagio; salas de cine solitarias y aeropuertos a medio llenar; clases a distancia pero algunos destinos turísticos abarrotados son el reflejo de las contradicciones del nuevo estilo de vida, “posterior” a la pandemia.
El nuevo coronavirus ha puesto de cabeza al mundo cómo lo conocíamos. Los otrora liderazgos mundiales de punteros económicos como la Unión Europea y Estados Unidos, o bien están pendiendo de un hilo o bien han perdido la capacidad de dictar el rumbo. El caso más emblemático es el de nuestro vecino del norte, cuyo errático presidente, diagnosticado positivo en Covid esta semana, desestimó con arrogancia la emergencia que se le venía encima y en repetidas ocasiones hizo mofa de medidas de protección como el uso de mascarillas, tal cómo se vio en el primer y caótico debate presidencial frente al demócrata Joe Biden.
Hoy, a diez meses de la aparición del virus, parece lejano el día en que nuestras actividades previas a la pandemia regresen a su ritmo original, y es muy probable que ese ritmo no vuelva pronto. Mientras tanto, nuestra responsabilidad como sociedad es cuidarnos y cuidar a otros, seguir las recomendaciones de higiene necesarias y aplicarlas en la urgente y necesaria reactivación de la economía. Tenemos un millón de razones para hacerlo.