Política

Tradición demócrata

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  • Javier García Bejos

Abraham Lincoln decía “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo...” Donald Trump ha convertido la mentira en forma de gobierno y su presidencia ha significado una amenaza para la democracia estadounidense y sin duda, para la del resto del mundo.

El miércoles pasado fuimos testigos de las consecuencias brutales que tienen las palabras de un presidente: su discurso de odio y rechazo a los valores de la democracia que lo llevó al poder finalmente dieron resultados. Tras cuatro de años de mantener una narrativa de confrontación, esta finalmente pasó a los hechos y sacudió al pilar de la democracia, aquel que los padres fundadores labraron en mármol blanco y que se convertiría en el faro de las sociedades liberales.

El día de la certificación del triunfo electoral de Joe Biden, una formalidad protocolaria a cargo del Congreso, el presidente saliente convocó a sus seguidores a escasos metros del Capitolio en lo que se denominó como la “Marcha por América” y desde el púlpito instó a su base a que impidiera el proceso que se llevaba a cabo en esos momentos. A su vez, conminó a su vicepresidente a que refutara el resultado de la elección. Era la última oportunidad de Trump para aferrarse al poder.

La turba, integrada por supremacistas blancos y grupos de extrema derecha, fervientes seguidores del republicano, irrumpió en el recinto y evidenció las incongruencias de un sistema de seguridad que apalea manifestaciones de carácter racial, pero que le permite a un grupo de blancos profanar el templo de la democracia en Estados Unidos, amén de lo sencillo que les resultó ingresar de manera violenta al Congreso de dicho país.

La toma del Capitolio ha sido la punta del iceberg de una administración caótica y la antesala de lo que viene. La figura de Trump solo ha sido el detonante de un malestar social que ya estaba presente y de un fenómeno global que ha explosionado en los últimos años: decepción y malestar frente al sistema democrático liberal y ascensión de líderes demagogos y nacionalistas. Esto último ha significado un desafío para las instituciones estadounidenses que nunca habían experimentado una crisis política de tal magnitud. Esa crisis tiene un nombre: trumpismo.

Y el trumpismo no puede prosperar porque engendra el odio, la división y el encono; el trumpismo no debe ser opción política porque promueve valores lejanos a la verdad y hace de la demagogia y la mentira fuente de comunicación y narrativa. El trumpismo debe ser sepultado y Trump y su legado deben ser la ilustración perfecta de lo que el populismo es a cuerpo completo, una mala idea, con una pésima ejecución y un lamentable resultado.

Toca al músculo institucional de Estados Unidos hacerle frente al legado de Trump. Por lo pronto, durante esta semana y después de lo ocurrido el miércoles, hemos visto como el presidente saliente ha reculado y prometido una transición pacífica; su vicepresidente Mike Pence se negó a seguirle el juego y el mismo sistema le ha cerrado el paso ante lo que a todas luces fue la gota que derramó el vaso y que puso en entredicho una larga tradición democrática.

Ese es el espíritu que debe prevalecer en los próximos años. Los estadounidenses tendrán que echar mano, hoy más que nunca, de la tradición institucional de su país si no quieren verlo sumido en una crisis permanente. Los sucesos de esta semana fueron una prueba del alcance de Trump y su legado y que no se irán con la salida del actual mandatario. La administración saliente y lo que deja serán una prueba de fuego para la fuerza democrática de Estados Unidos, tanto de manera interna como externa. Esperemos que la larga tradición demócrata de nuestro vecino prevalezca.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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