La Semana Santa, más allá de un periodo de asueto, siempre es un buen momento de reflexión. Al parecer, la incertidumbre en el mundo ha llegado para quedarse. Desde todas las latitudes, resuenan conflictos, estallidos de violencia y ataques terroristas; la geopolítica mundial está cambiando aceleradamente y el populismo se apodera de espacios antes impensables.
En Siria, la tiranía aniquila civiles con armas químicas y de paso, pone a prueba el difícil equilibrio en el Medio Oriente, en la primera aproximación hacia la realidad para la administración Trump. Lamentablemente, la tragedia en ese país que ha desplazado a diez millones de personas y en donde han muerto más de medio millón, ha dejado de ser noticia, salvo cuando el método amerita dar la vuelta al mundo. Allí, los niños de una generación completa están viviendo una de las guerras más brutales que se han tenido en décadas; su futuro ha sido cancelado ante la mirada complaciente del mundo.
Al mismo tiempo, Venezuela sale a la calle y Maduro se enfrenta seguramente a las últimas horas del caos que tendrá como único resultado previsible un retroceso de 30 años, mismo que habrán de pagar millones de venezolanos por generaciones. Todos los días vemos a la industria y los negocios destruidos, la democracia atropellada y el caos reflejado en anaqueles vacíos; como en Siria, lo de Venezuela ya nos acostumbró. Se volvió parte del triste paisaje de nuestros días.
Por otro lado, la amenaza latente proveniente de Corea del Norte, con su inestabilidad e incertidumbre, hacen prender las alarmas en aquella región. De su gente sabemos poco, ya que desde el cielo, a diferencia de sus industriosos vecinos, todo se ve apagado. La vida parece estar en pausa, quizás peligrosamente, sin nada que perder.
En Siria, Venezuela y Corea del Norte, los dictadores mandan y aniquilan, las libertades y la democracia son prescindibles, los derechos absurdos y la gente secundaria. Quizás en estos días de reflexión, habríamos de dar paso a revalidar lo mucho que significa en las democracias tener instituciones fuertes. Esas son las que aguantan contra viento y marea, salvaguardan los temas más esenciales, construyen un sentido de pertenencia y aseguran estabilidad.
Por eso, es fundamental reflexionar sobre lo importante que es eliminar la exclusión y la intolerancia. Debemos construir un mundo donde puedas caminar en la calle sin que te atropelle, en nombre de cualquier barbaridad, un emisario del terror, o que explote una bomba cerca de un estadio de fútbol; los jóvenes no pueden seguir siendo aniquilados por la violencia irracional.
El mundo hoy es tan pequeño, que no nos podemos dar el lujo de continuar con la insensibilidad. Aunque sea de vez en cuando, hay que voltear a ver con dolor, preocuparnos, ocuparnos y al fin y al cabo, hacer buen uso de los días santos, que al final de eso se trata.