Quien ocupa el poder no por derecho o voluntad democrática, sino por la fuerza, es simplemente un tirano. Así Nicolás Maduro es, sin duda, la perfecta ilustración de ello en pleno siglo XXI. Con él Venezuela está hundida en un caos económico, sin instituciones ni contrapesos y con parte de su gente en condiciones de miseria. Por ello, sin nada más que esperanza, los venezolanos salieron a la calle este 23 de enero a encontrarse, liberarse y a tratar de reventar de una vez por todas al régimen, reconocido escandalosamente no solamente por cancelarle a la población la posibilidad de vivir con dignidad, sino también por la brutal destrucción de su economía. Hay que decirlo con claridad: si esta economía se hubiera manejado responsablemente desde la época de Chávez, tendríamos una Venezuela capaz de generar prosperidad para su pueblo, quien hoy en cambio es mendigo del tirano.
Los indicadores son indiscutibles. La producción en Venezuela está colapsada, la inflación ronda el millón por ciento, el Bolívar Soberano, lanzado apenas en agosto del 2018, ha perdido el 95% de su valor y la infraestructura pública está derrumbándose, mientras que muchos anaqueles se han quedado sin comida y hospitales sin medicinas. Del mismo modo, ciudadanos que sufren de diabetes han sido condenados a morir por una infame administración, el 75% de los venezolanos han perdido en promedio ocho kilogramos de peso y la mortalidad infantil ha aumentado drásticamente.
Al final de cuentas, cuatro millones de venezolanos han salido de su país y tres millones sobreviven en su territorio en una situación de miseria extrema. Asimismo, el régimen se ha encargado de pisar cualquier intento de oposición, vulnerando todo tipo de derechos y desconociendo las voces que piden ser tomadas en cuenta; sumados a los abusos cometidos en contra de Leopoldo López, por ejemplo, están los miles de atropellos que han sufrido alcaldes, miembros del congreso, jueces e inclusive ciudadanos que han querido expresarse a favor de la pluralidad.
Sin embargo, la obscuridad de Maduro y su régimen sostenido por la fuerza y en su nuevo mandato, en la ilegalidad, parece entrar en franca agonía. El valiente joven Guaidó ha protestado como Presidente encargado, ha logrado un apoyo internacional y sus palabras se han convertido en un aliento de esperanza para la lastimada Venezuela.
Los hechos me impiden ser neutral. La realidad exige condenar al ilegítimo, al tirano, y justamente esa ha sido la reacción mayoritaria del mundo. Vendrán horas dolorosas y complicadas; cuando Venezuela despierte, habrá retrocedido más de 30 años en el tiempo y tendrá que reconstruirse desde las ruinas más profundas, asumiendo los costos de la locura de sus gobernantes. Pero, para todos, la lección permanece: las ocurrencias, abusos e irresponsabilidades sí se convierten en catástrofes. Por eso, los países que creemos en la libertad debemos aprovechar cada oportunidad que tenemos para enraizar sus valores y sus instituciones como el patrimonio más grande que tenemos en el mundo libre.
Finalmente, en México sin duda tendremos que reflexionar sobre nuestra antigua Doctrina Estrada y sobre lo que hemos llamado nuestra tradición de neutralidad y no intervención. Esto es fundamental porque hay veces que la solidaridad con los principios y causas más esenciales de la humanidad, sentimiento que tenemos todos los mexicanos, se debe convertir también en política exterior.
El tirano
- Ekos
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Javier García Bejos
Toluca /