Política

El imperio fatigado

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  • El imperio fatigado
  • Javier García Bejos

Durante buena parte del siglo XX, el Reino Unido proyectó la imagen de una democracia estable, sofisticada y prácticamente inmune a los sobresaltos institucionales que azotaban a otras potencias. Westminster era presentado como el corazón del parlamentarismo moderno; la monarquía, como símbolo de continuidad histórica; y Londres, como el centro financiero y diplomático de un país que, aún después de perder su imperio, conservaba un peso internacional desproporcionado respecto a su tamaño. Hoy, esa imagen parece resquebrajarse.

Desde el referéndum del Brexit en 2016, el Reino Unido ha entrado en una especie de crisis permanente. Ha tenido primeros ministros efímeros, escándalos políticos interminables, fracturas territoriales crecientes y una economía atrapada entre el estancamiento, la inflación y la pérdida de competitividad. El país que alguna vez gobernó una cuarta parte del planeta parece incapaz de ponerse de acuerdo sobre qué quiere ser en el siglo XXI.

La salida de la Unión Europea fue presentada como una recuperación de soberanía nacional, pero terminó revelando algo más profundo: una nación dividida cultural, generacional y territorialmente. Inglaterra votó con nostalgia imperial; Escocia e Irlanda del Norte, con lógica pragmática y europeísta. El Brexit no resolvió la crisis británica: la expuso. Mostró la desconexión entre las élites londinenses y amplios sectores sociales golpeados por décadas de austeridad, desindustrialización y precarización laboral.

La crisis política británica también es el resultado del agotamiento de un modelo económico. Durante décadas, Londres apostó por convertirse en el gran centro financiero global posterior a la era industrial. El problema es que la riqueza se concentró brutalmente en la capital mientras regiones enteras del norte inglés quedaron atrapadas en el abandono económico. El Reino Unido terminó convertido en un país profundamente desigual, donde el relato de grandeza nacional convivía con servicios públicos deteriorados, crisis de vivienda y un sistema de salud cada vez más presionado.

A esto se suma una crisis de identidad. El Reino Unido ya no parece tener claro qué significa ser británico. El viejo relato imperial desapareció, pero nunca fue reemplazado por uno nuevo capaz de cohesionar a las distintas naciones que integran el Estado. Escocia coquetea cada vez más abiertamente con la independencia; Irlanda del Norte vive bajo tensiones políticas permanentes derivadas del Brexit; y en Inglaterra crece un nacionalismo melancólico que mira al pasado con más claridad que al futuro.

Paradójicamente, el país que exportó estabilidad institucional al mundo enfrenta ahora una erosión acelerada de la confianza pública. Los escándalos de Boris Johnson, el fugaz y caótico gobierno de Liz Truss y la dificultad de Rishi Sunak para estabilizar el panorama dejaron la sensación de una clase política desconectada, improvisada y atrapada en luchas internas mientras el país pierde rumbo estratégico.

El problema de fondo quizá sea psicológico: el Reino Unido sigue intentando actuar como potencia imperial en un mundo donde ya no lo es. Conserva símbolos, memoria histórica e influencia cultural, pero carece del músculo económico y geopolítico que sostuvo esa identidad durante siglos. La nostalgia se convirtió en proyecto político, y pocas cosas son más peligrosas para una nación que gobernarse mirando permanentemente al retrovisor.

La actual crisis del gobierno laborista de Keir Starmer es un episodio más de esta interminable espiral de parálisis gubernamental que tiene a los británicos hastiados. A eso hay que añadirle el desgaste del tradicional e histórico bipartidismo de la isla y a las nuevas formaciones ultras que empiezan a ganar electores, sobre todo aquellos de las periferias, un fenómeno que se repite en varios países del hemisferio occidental con notoria preocupación.

Sin embargo, sería prematuro anunciar un colapso definitivo. El Reino Unido conserva universidades de élite, poder financiero, capacidad diplomática, industrias creativas influyentes y una enorme relevancia cultural global. Pero para evitar una decadencia más profunda necesitará algo que hoy parece escaso en su política: una narrativa de futuro. No basada en la fantasía del regreso imperial ni en el aislamiento nacionalista, sino en redefinir qué puede ser una potencia media en un mundo multipolar y profundamente incierto.

Porque quizá la tragedia británica contemporánea no sea únicamente la pérdida de poder, sino la incapacidad de aceptar que la historia ya cambió.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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