Política

Fortalecer la integración para competir mejor

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En una planta del norte del país, una parte cruza la frontera hasta ocho veces antes de convertirse en un vehículo o una máquina terminada. Ese recorrido explica mejor que cualquier discurso la realidad del comercio exterior mexicano: hoy no vendemos únicamente productos; participamos en procesos productivos compartidos. Por eso cuando cambia una regla arancelaria en Washington se retrasa un cruce en Nuevo Laredo o falta energía en un parque industrial; el efecto se siente a ambos lados de la frontera.

México cerró el 2025 con exportaciones por 664 mil millones de dólares. Más del 86% de ese valor tuvo como destino Estados Unidos y Canadá, y por sí solo el mercado estadunidense recibió cerca de 552 mil millones. Estos resultados son producto de tres décadas de integración industrial y de una geografía convertida en ventaja económica.

El T-MEC es, en ese sentido, mucho más que un acuerdo comercial: es la arquitectura que permite a Norteamérica producir con escala, cercanía y reglas compartidas. Dicha integración se refleja con claridad en sectores altamente estratégicos: hoy el equipo de cómputo ya representa uno de cada cinco de nuestras ventas a Estados Unidos, mientras que el sector automotriz ocupa la segunda posición con una participación de cerca de 19%.

Sin embargo, la revisión conjunta del 1 de julio confirmó que esa arquitectura ya no puede darse por sentada. Estados Unidos decidió no extender por ahora el tratado en su forma vigente. Esto no significa que el T-MEC haya terminado: permanece en vigor por 10 años más y los tres países entrarán en un periodo de revisiones anuales, mientras continúan las negociaciones.

Por ende, la lectura correcta no debe ser de ruptura, sino de presión para ajustar reglas de origen, reducir dependencias externas, atender desequilibrios comerciales y reforzar la seguridad de las cadenas regionales.

El contexto global ayuda a entender esa postura. El nuevo orden comercial se caracteriza por más aranceles, políticas industriales activas, controles tecnológicos y decisiones de inversión cada vez más vinculadas con la seguridad económica. La Organización Mundial del Comercio advierte que la volatilidad arancelaria, los mayores costos de los insumos y las tensiones energéticas pueden enfriar la inversión manufacturera, aun cuando el dinamismo asociado con la inteligencia artificial sostenga parte del intercambio mundial.

Para México, la respuesta no debe limitarse únicamente a defender preferencias arancelarias. Debemos demostrar que somos el socio capaz de agregar más valor dentro de Norteamérica. Eso exige desarrollar proveedores nacionales, elevar el contenido regional, certificar origen y trazabilidad, formar talento técnico y proteger la continuidad operativa.

También implica reconocer nuestras tareas internas: energía suficiente, aduanas ágiles, seguridad logística, infraestructura fronteriza y regulación previsible. Sin estas condiciones, la preferencia comercial pierde valor en la operación cotidiana.

Desde el noreste lo vivimos día con día. Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y Durango generamos alrededor de 41% de las exportaciones nacionales. En esta región, una carretera saturada, una conexión eléctrica pendiente o una inspección duplicada no son asuntos locales: afectan compromisos de entrega en toda Norteamérica.

La coyuntura también nos llama a diversificar nuestros vínculos comerciales, pero sin confundir diversificación con alejamiento. México debe utilizar al T-MEC como plataforma para llegar con mayor fuerza a Europa, Asia-Pacífico y América Latina. Contamos con una amplia red de tratados; el reto es convertirla en más empresas exportadoras, particularmente pymes, y en una canasta de bienes con mayor contenido tecnológico.

El comercio internacional dejó de operar en piloto automático. La ventaja ya no pertenece al país que ofrece únicamente menores costos, sino al que combina velocidad, certidumbre, energía, talento y cumplimiento. México tiene ubicación, industria y experiencia. Ahora necesita ejecutar con la misma velocidad con la que cambia el mundo.

La revisión del T-MEC debe servir para fortalecer esa capacidad y recordarnos una realidad: cuando Norteamérica produce de manera integrada, los tres países compiten mejor.


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Javier Cendejas Meneses
  • Javier Cendejas Meneses
  • Presidente del Comce Noreste
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