En las semanas recientes, no más de cuatro, hemos sido testigos de un fenómeno inesperado: la nueva derecha mundial está siendo repentinamente cuestionada en las calles y en las urnas.
Primero con manifestaciones en capitales importantes de Europa como París, Madrid y Berlín, luego en las elecciones de Brasil, Israel y Serbia (en abril ya había perdido Viktor Orbán en Hungría), terminamos una primera etapa de reveses con las elecciones del pasado martes en el país que encabeza el extremismo procapitalista: Estados Unidos, con Trump como figura central de quienes hasta hace pocos días parecían avanzar hacia el control de todo sin oposición en el camino.
A la cadena de derrotas podemos sumar los acontecimientos de estas últimas horas en Paraguay, donde el crack de un banco se llevó puesto al presidente Santiago Peña, quien fue sometido a juicio político y va a terminar vestido de cebra.
Todo lo que recién ha ocurrido vino a exhibir en carne viva las falacias de un sistema apuntalado para favorecer a decenas y arruinar a millones.
Estados Unidos es el mejor ejemplo. Pese a la prepotencia de su presidente, pese al manoseo de los medios tradicionales y digitales que lo arropan, la gente ya no toleró más las políticas de represión, saqueo y abuso que en sólo dos años mostraron el cobre de un gobernante caracterizado por la brutalidad y la desvergüenza.
No se trata, como dice el tópico, de echar las campanas al vuelo, pero es verdad que la zancadilla a Trump puede ser el primer gran paso para acabar con una de las etapas más oscuras de la humanidad: “La hora de los depredadores”, como la llama Giuliano da Empoli.
El fenómeno de la nueva derecha se extendió al mundo entero.
Me refiero al que supone la aceptación de sujetos que ejercen como gobernantes sin un ápice de contención, atizadores de la crueldad y el odio usados como ejes de la política.
En su libro La nueva derecha (Katz Editores, 2022, Buenos Aires, 158 pp., traducción de Gabriel Barpal), la ensayista Natascha Strobl (Viena, 1985) señala los rasgos que definen a dichos personajes.
Caos, emocionalidad, diseminación de noticias falsas, promesas de cualquier calibre, exabruptos, retórica de muladar, invocación de vagos orígenes míticos, rescate de un pasado heroico destruido por una casta de corruptos y, en general, vulgaridades que mancillan cualquier debate son, entre otros, rasgos de muchos dirigentes que conducen gobiernos y hablan a la sociedad sin sonrojarse, orgullosos de su matriz de out siders, de enemigos de la “política tradicional”.
Uno de ellos es el discípulo más adelantado de Trump: Javier Milei, presidente de la Argentina. Pese a que se trata de una figura conocida en todo el globo, la verdad es que se le ha mirado con poca atención.
La población de todos los países vive tan apremiada por sus problemas que apenas si hay tiempo de asomarse a otras realidades.
Da Empoli acierta a señalar que en la era de la comunicación digital ya no hay un centro que sirva de modelo a las nuevas formas de entender y ejercer la política.
La periferia (cita el caso de El Salvador) puede ser un espacio para trabajar con modalidades no vistas que luego pueden ser incorporadas en otras sociedades.
Dado lo anterior, desde 2023 he tenido para mí que el caso de la Argentina es eso: un tanteo en la periferia, la puesta en acto de un modelo de sociedad donde la cuerda se estira hasta los límites de su elasticidad para ver qué tantos vejámenes resiste el pueblo antes de rebelarse.
Los argentinos han sido un conejillo de Indias muy aguantador. ¿Qué áreas de su vida pública han sido modificadas en perjuicio de la ciudadanía? Todas.
Precarización laboral, desregulación que favorece sólo a los grandes capitales, recortes a la obra pública, la salud y la educación, industricidio por apertura de importaciones, desguace de las pensiones, dalos de corrupción y represión a la protesta, todo el combo distópico que el politólogo italiano Rocco Carbone ha sintetizado como “experimento teratológico”.
¿Cómo se llama a esa nueva expresión política? Strobl la denomina “conservadurismo radicalizado”, y se caracteriza por haber cooptado al conservadurismo tradicional para desplazarlo hacia el extremo de la crueldad.
La primera víctima de los orates fue pues el conservadurismo al uso que empujado por los radicales terminó sumando a sus dinámicas el odio y la ruptura con los usos y costumbres de la política entendida, al menos en términos ideales, como diálogo y búsqueda de consensos.
Para el “conservadurismo radicalizado” que aguijaron los grandes multimillonarios del planeta y su engranaje digital, lo fundamental fue incorporar una metodología nueva para hacerse del poder político y ejercerlo.
Strobl dedica un capítulo fundamental de su libro a describir las susodichas acciones; entre ellas, señala la ruptura de reglas, polarizar hasta la satanización/aniquilación del enemigo, sembrar el caos informativo con banalidades de todo tipo y torrenciales, asentar la infalibilidad del líder, vaciar la gravitación de los partidos, avanzar sobre las instituciones y demás.
El libro de la politóloga vienesa suma numerosos ejemplos de Trump y un correlato austriaco, el joven Sebastian Kurz.
Esto no significa que las categorías de Strobl no le calcen como guante a Milei y, en alguna medida, al mexicano Tío Richi que en vista de las noticias verá más cuestarriba desde ahora el ascenso de su campaña.
No han sido buenos días para la nueva derecha. Con prudencia, sin ingenuo desbordamiento, celebremos estos instantes de felicidad.