Política

Sobre los 40 años del CEU y la cultura política de los tiempos difíciles

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Era 1986 y yo estudiaba en la Secundaria 29 cuando me sumé a las movilizaciones del CEU junto a mi amigo Gabriel Rodríguez. Aunque era otoño, en frente había una primavera: una de esas coyunturas políticas en que el curso de la historia es movido por la razón colectiva y la voluntad de quienes se juntan, se vuelven miles e imaginan que otro mundo es posible. 

México vivía entonces varias crisis. Tras años de despilfarro y corrupción, el régimen priísta desmantelaba el Estado de bienestar y ponía al gobierno al servicio del poder económico. Al pueblo se cargaban la deuda externa, los recortes laborales, la política de salarios miserables y una devaluación que hacía olvidar el precio de las cosas porque todo era diariamente más caro y nada se podía comprar. En la Ciudad de México la crisis tocaba las fibras de lo social y lo cultural: había hartazgo, censura y represión; el rock callejero y la diversidad estaban prácticamente prohibidos. En los medios el debate crítico no existía salvo en La Jornada y Proceso. Cuando el presidente Miguel De La Madrid inauguró el Mundial, el repudio popular gritaba a las afueras del estadio “¡no queremos goles, queremos frijoles!”.  

El PRI había envejecido y muy mal. El terremoto de 1985 confirmó que el régimen había decidido abandonar a la sociedad. Fue la gente quien rescató a las personas y recuperó los cuerpos entre los escombros. La grieta abierta por el Estado al masacrar al movimiento estudiantil de 1968 se hizo entonces más profunda y, sin embargo, la memoria de las calles convertidas en espacio público para cambiar las cosas había vuelto para florecer: de las brigadas ciudadanas que ya reconstruían lo derruido surgiría un amplio movimiento popular hecho de conciencia y solidaridad compuesto por estudiantes, inquilinos, activistas, costureras, burócratas y amas de casa. Una marea sin miedo. 

La UNAM también padecía la crisis: recortes presupuestales, bajos sueldos para sus maestros, malas condiciones de estudio y una burocracia autoritaria. En 1986, el rector Jorge Carpizo impulsó un plan de reformas que incluía cobrar colegiaturas, recortar la matrícula, restringir el pase automático del bachillerato a la licenciatura y suplir la libertad de cátedra por mediciones de corte empresarial, en plena sintonía con el dogma económico neoliberal que comenzaba a profesarse desde Los Pinos. No esperaba la rectoría lo que vendría porque eran ajenos a la realidad de las aulas y al sentir de una generación de jóvenes marcada por el cruce de varios influjos: era la generación de la crisis, la que escuchaba a Rockdrigo González y Maldita Vecindad en el underground, la que se había forjado en el terremoto y había aprendido de sus padres y sus maestros las herencias políticas del 68. 

SAMANTHA MARTÍNEZ
SAMANTHA MARTÍNEZ

Ese estudiantado advirtió que el “Plan Carpizo” podía cerrar las puertas de la universidad a los hijos de la clase trabajadora. Así, el 31 de octubre de aquel año nació el Consejo Estudiantil Universitario. Cientos de activistas convocaron a decenas de miles. Con una organización democrática y representantes que portaban la voz de las asambleas, marcharon pacíficamente, debatieron con la rectoría y propusieron una transformación democrática de la UNAM. El CEU defendía la gratuidad y planteaba darle poder a la academia, quitárselo a la burocracia, abrirle las puertas a la sociedad y no cerrárselas. 

En poco tiempo, los estudiantes conquistan el diálogo público con la rectoría y que este fuera transmitido por Radio UNAM. Ganan el debate con creces y son escuchados por millones. La rectoría no cede, el CEU llena el Zócalo por primera vez desde 1968, luego estalla la huelga. Los estudiantes conquistan así la derogación del Plan Carpizo y la realización de un Congreso Universitario resolutivo, pero sobre todo logran defender a la universidad pública y gratuita. 

El CEU fue el primer movimiento de masas mexicano que logró resistir el embate de la política neoliberal contra los derechos sociales y lo público. Fue un movimiento triunfante que inauguró una nueva cultura política al proponer y conquistar que fueran el diálogo público y el debate abierto las formas de construir vías para cambiar las cosas. El CEU definió a la movilización pacífica de masas, a la fuerza de la razón y a la responsabilidad democrática como ejes rectores de la izquierda mexicana. 

Carlos Monsiváis reflexiona sobre aquellos momentos en su libro Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza: cuestiona que el neoliberalismo disfrace bajo el discurso de la “modernización” su función precarizadora de las mayorías y enriquecedora de las minorías. Luego sentencia: “¿cómo ser modernos y para qué? A la pregunta, los movimientos suelen responder con su práctica: para darle al crecimiento proporciones igualitarias, para no concentrar en unos cuantos las claves del conocimiento”.

El CEU sería determinante en la unidad progresista en torno a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988: es uno de los puntos de partida de la difícil transición de México a la democracia. Luego sería el espacio organizativo y de formación política de varias generaciones y de diversas luchas por la transformación de la UNAM y el país hasta los últimos años del siglo XX. Hoy México tiene una presidenta ceuísta y de izquierda, signo que confirma que el CEU fue una semilla de transformación y modernidad que sigue echando raíces y ampliando la fronda de una sociedad que quiere ser cada día más democrática, libre y justa.



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Inti Muñoz Santini
  • Inti Muñoz Santini
  • Politólogo por la UNAM. Activista y dirigente del CEU entre 1989 y 1997.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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