Cultura

Zárate, el artista del submundo

Alfonso Zárate redescubrió un submundo que pocos se atreven a mirar de frente. Fue durante la cresta del covid-19. Ya lo había percibido en su zona habitual, Tepito y la colonia Guerrero, pero confirmó que se hizo más ostensible, pues muchos quedaron a la intemperie por diversos motivos, entre otros la negativa oficial de entrar a los hoteles.

“Yo les llamo el homo sacer contemporáneo; el homo sacer, para el Derecho Romano, es un personaje que queda excluido de la sociedad: anda vagando y cualquier persona le puede dar muerte sin considerarse un homicidio”

Deambuló en esa atmósfera, pues nació y creció sobre el circuito que forman dichos barrios, donde también hace labor social, pero esta vez convivió con más personajes y los integró a su producción artística; lo hizo mientras enseñaba oficios que aprendió de niño al lado de sus padres, quienes elaboraban y vendían moldes de figuras religiosas.

Hay adictos que le regalaron artilugios que usan para consumir drogas, como encendedores vacíos y pedazos de boquillas, con los que el artista hizo cuadros simétricos. En medio del círculo puso una lata de refresco triturada. Y en el centro arrugado encapsuló una pizca de pasta oscura.

Sus caminatas han sido “procesos antropológicos”, comenta el artista visual, nacido en 1976, en Peralvillo, aunque su familia se esparció por el territorio nacional y él continuó en ese ambiente que lo cobijó de niño.

De sus andanzas se nutre.

Y recapitula:

—En esas caminatas conozco un personaje, me cuenta su historia y a partir de ahí salen muchas piezas que nacen de la destinación y la cartografía: desde esculturas, pinturas, dibujos y collages.

—¿Un mundo subterráneo?

En su estudio de la colonia Guerrero, situado en una vecindad que pronto abandonará, Alfonso Zárate responde preguntas y desmenuza uno de los principales elementos que sirven de base para plasmar su obra:

—Yo les llamo el homo sacer contemporáneo; el homo sacer, para el Derecho Romano, es un personaje que queda excluido de la sociedad: anda vagando y cualquier persona le puede dar muerte sin considerarse un homicidio. Entonces aquí, en este contexto, hay muchos homo sacer, gente que vaga por las calles y que la sociedad ha rechazado y se vuelve como una secuela también de rechazo y hasta de cierto odio.

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En el pasillo principal del antiguo inmueble, marcado con el número 162 de la calle Magnolia, hay una placa metálica “a la memoria de José Muñoz Cota, insigne intelectual, diplomático, político y maestro mexicano, quien vivió en esta casa en la década 1950-1960”.

El edificio está protegido por el INAH, pero algunos sellos de ese organismo han sido desgarrados, según se observa. Aquí vive y tiene su estudio Alfonso Zárate, pero está por mudarse, pues el inmueble fue adquirido por una empresa extranjera, de modo que su obra está embalada.

—¿Cómo fue tu infancia?

—Todos tenemos infancias felices –rememora-, pero yo recuerdo tener la infancia más feliz en una vecindad, una zona siempre complicada por el comercio, con mucha gente, muchas fiestas comunitarias, bautizos, cumpleaños. Mi familia tenía un negocio de artesanías; hacían moldes que tenían que ver con la iconografía religiosa: Santos como San Judas Tadeo y la Virgen de Guadalupe que vendían de puerta en puerta.

En la década de los 80, sin embargo, la familia de Alfonso se va, pues muchos negocios desaparecieron con la llegada de ciudadanos asiáticos que adquirían propiedades. Pero Zárate nunca se desligó de la zona.

“Cuando yo regreso sobrevivía vendiendo en el tianguis”, relata. “Tenía puestos de ropa en la Lagunilla, en Tepito y en el tianguis del Chopo. Eso lo vinculaba mucho con mi producción artística y con mis estudios”.

—Y te interesas por las artes plásticas.

—Yo pensaba que el arte era solo para una elite y que no era tan fácil estudiar; pero me doy cuenta que hay escuelas públicas, como la UNAM, que tenía la escuela de artes, y es cuando entro y empiezo mi creación enfocada a la producción económica y la sobrevivencia en Tepito.

Los proyectos del artista comienzan a germinar durante sus recorridos en la zona. Es cuando la gente se le acerca. “Eso es lo que yo busco: colaboraciones y a partir de ahí nacen los proyectos”, comenta.

—¿Eres una especie de ‘cronista’ plástico?

—En algún momento yo no me consideraba como un artista privilegiado, sino más bien como un obrero que transmito conocimiento a mi comunidad. Genero talleres para niños y en reclusorios, en hospitales y en centros de rehabilitación.

—Y entonces el virus.

—Sí, y el tercer proceso tiene que ver mucho con lo que ha dejado la pandemia: cómo la gente ha sobrevivido, cómo la enfrenta y cómo se ha readaptado a una enfermedad que ha azotado fuertemente a la zona.

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En su exploración de los últimos 20 años Alfonso Zárate ha detectado un nuevo sincretismo, pues la gente mezcla sus creencias para poder sobrevivir. En dos décadas la población se ha vuelto más flexible en su fe, dice, aunque la Iglesia católica no lo acepte.

“Pueden tener un altar a la Virgen de Guadalupe que comparten con la Santa Muerte”, comenta el artista visual. “También hacen herbolaria mexicana, como brujería, y son católicos a la vez”.

Y en sus andanzas charla con prostitutas y fumadores de crack, a quienes ha enseñado algún oficio para que puedan sobrevivir.

Un día Zárate decidió trabajar con chicos adictos, “porque mi trabajo como artista no es juzgar o señalar, sino de alguna manera dar a conocer lo que piensan, porque tienen mucho qué decir”.

Son jóvenes que tiene mucho qué decir y no han encontrado quién les haga caso, en palabras de Zárate. Son prostitutas y adictos al crack que comparten esa idea de la religión como un medio de sobrevivencia. “Entonces, durante un tiempo, como parte de estos recorridos, empecé a recolectar objetos que encontraba en la zona”.

Le regalan pedazos de pipas para fumar crack y otras cosas que el artista usó para la realización de su obra durante la pandemia.

Recolectaba encendedores y otros objetos, con los que creó escuetos collages. “Tenían que ver con una situación espiritual: un mandala o un mantra, porque la gente en estas colonias tiene sus creencias religiosas, pero también espirituales. Así he conocido a boxeadores que fueron campeones mundiales y ahora están sumidos en el alcoholismo”.

—Y tienes ahí pinturas de calaveras.

—Sí, esta investigación antropológica y de sincretismo me ha llevado mucho a trabajar con la imagen de la Santa Muerte. Recordemos los cráneos en los altares de Mesoamérica.

Alfonso Zárate conoció a doña Enriqueta, “la guardiana de Tepito”, con quien colaboró durante un año. “Ella me presentaba devotos de la Santa Muerte. Yo le hice una propuesta de generar una actividad en el tianguis, en la zona comercial y en el altar, en donde la gente donaba materiales”.

En su taller, rodeado de cuadros, muchos ya empaquetados, Zárate describe una de sus obras elaborada con regalos de un adicto al crack.

“Son encendedores que él usaba para fumar”, detalla. “En ocasiones se fuma o se produce en pequeñas latas de refresco, un medio de sobrevivencia que deja la pandemia. Las imágenes religiosas – agrega- siempre van acompañadas de esas historias”.

Para muchos la pandemia “fue como un balde de agua fría y dos cachetadas al mismo tiempo”, ejemplifica el artista. “Gente que conozco empezó a generar cultos sincréticos personales”.

—¿Por ejemplo?

—Esta pieza habla de eso: un personaje que cree que su protección física se la puede dar a un arma y me regala un casquillo percutido, pero también tiene la creencia en la religión Yuruba, que proviene África y se instala en Cuba, y de ahí se denomina afrocubana o Santería, tiene que ver también con la cuestión espiritual y de protección.

—¿Y las pipas?

—Esas son las famosas pipas donde la gente fuma crack y que han variado durante la pandemia, porque tuvieron que romper en pedazos pequeños para que alcanzaran más dosis. Entonces no solo cambió el consumo en esta zona, sino también la cuestión de sobrevivencia. A mí también me cambió la forma de producir: las piezas se fueron reduciendo cada vez más.

—¿Modificaste el formato?

—Me vi obligado a modificarlo. Al punto que en las calles ya no encontraba materiales; siempre he estado presente en la comunidad y quería hablar de lo que estaba pasando, pero mi trabajo más conceptual ya no lo podía lograr. Entonces pasé a otro proceso, que son los dibujos, dibujos que se observan en esa relación del mantra, el mandala y la cuestión religiosa.

—Y tienes una serie de calaveras.

—Yo creo que el encierro nos hizo revalorar e interpretar muchas cosas. Durante la pandemia estuve trabajando la idea romana llamada memento mori; memento mori es esa frase que habla sobre recordar el momento en que tú puedes morir o lo vulnerable que eres. El memento mori ha estado presente en la historia del arte. Fue como un momento de reflexión: si ya lo venía haciendo con la Santa Muerte, me levó a culminar en estas piezas, que son memento mori, pero clavado en la cuestión barrial.

Y sí, el artista visibiliza un submundo de excluidos y nos recuerda, no obstante, que todos somos mortales.

Humberto Ríos Navarrete


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