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Sábado , 20.04.2019 / 02:44 Hoy

Sentido contrario

Finca Vigía

Héctor Rivera

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Hay una fotografía de Ernest Hemingway que me gusta mucho. El autor de Adiós a las armas está sentado en un banco frente a una mesa cantinera, prendido de una botella y flanqueado por un grupo de bebedores que parecen gorrones de ocasión. Canta en actitud de barítono de opereta. Vasos y botellas a medio vaciar comparten su gozo infantil. La imagen habla de los buenos tiempos. En realidad, de las últimas horas de un hombre viejo y cansado que ha hallado refugio en el alcohol. Tal vez son los días de 1960, cuando el Nobel de Literatura ha dejado Cuba para siempre, luego de vivir ahí desde los años 40.

Por alguna razón, Hemingway había conseguido convivir con la triunfante revolución castrista, mientras otros gringos ricos, famosos o desconocidos, eran despojados de sus negocios, sus tierras, sus casas, sus fortunas. Al comienzo de 1959 los gringos salieron de Cuba en tropel, pero Hemingway no solo se quedó, también era visto con simpatía por los barbudos revolucionarios y hasta competía con Fidel Castro en torneos de pesca.

A 15 kilómetros de los bares donde Hemingway disfrutaba de sus tragos favoritos, el daiquirí, los mojitos o los negritos, su Finca Vigía parecía un estudio enorme, un lugar de trabajo con una cama, una piscina y miles de libros desparramados por todas partes. A pesar de que el escritor llevaba años casado con Mary Hemingway, no se veía por ninguna parte la mano femenina. Con poco ánimo estético, el autor de El viejo y el mar había colgado en los muros sus trofeos de caza, fotografías, algún cuadro. Cada centímetro de la casa estaba ocupado por libros, libretas de apuntes, hojas mecanografiadas, periódicos y revistas y evidencias del paso de sus 10 o 15 gatos. Mal cuidado, su jardín bordeaba la piscina y cedía parte de su espacio a las enormes tumbas de sus perros.

Mary lo contó alguna vez: “Aquellos días estaba raro. Al revés de como había sido siempre: silente, suspicaz, con temor a todo y de todo. Aquella alegría de niño encantador que tenía se había cambiado por una preocupación constante. Lo estudiaron médicos de todos los estados pero no hubo solución. Tenía un cáncer de espíritu. Una profunda depresión. Ninguna cura pudo salvarle. Sí, como un cáncer del espíritu. Estábamos en la casita de Idaho. Era domingo. Eran las ocho de la mañana. Yo sentí un ruido y me desperté. Creí que alguien había cerrado un cajón demasiado fuerte. Bajé y lo encontré tendido en el suelo, con su escopeta en las manos. Se había disparado dos tiros.” Tenía 61.

Mary, que apenas dejó huella en aquella casona, murió en noviembre de 1986 a los 78. Desde entonces la mansión pertenece al gobierno cubano.

La Finca Vigía que habitó Hemingway durante 21 años sobrevivió también a Trump y acaba de abrir sus puertas como centro de documentación e investigación en torno a la obra de aquel hombre alegre que murió de tristeza.

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