Cultura

Don Benito

  • Sentido contrario
  • Don Benito
  • Héctor Rivera

Enfundado en un abrigo con las solapas levantadas, Benito Coquet parecía un espía de la vieja época. Llegó al caer la noche en un auto grande y oscuro, con un chofer y un custodio. Caminamos en silencio, por un sendero arbolado, hasta el Café del Lago, en Chapultepec. Eligió una mesa discreta, lejos del bullicio de señoras y muchachos parlanchines. Suspiró resignado y se dispuso a escuchar mis preguntas. Pero fue bien poco lo que dijo. “De eso no puedo hablar”, respondía con frecuencia, mientras miraba a su custodio al otro lado del cristal. “Son asuntos oficiales que no puedo revelar”, insistía. Eran los últimos días de 1991 y don Benito se debatía, a sus 77 años, con su corta memoria para discernir entre aquello de lo que podía hablar y lo que debía mantener en secreto. “Don Benito, han pasado ya 30 años, ya puede hablar de lo que quiera”, le insistía. Pero en respuesta me miraba con desconfianza. Fue muy poco lo que dijo en aquella entrevista largamente buscada. Murió un par de años más tarde, en julio de 1993.

Con ciertos remordimientos habló aquella noche de sus días de embajador de México en Cuba y muy brevemente del más importante proyecto en materia teatral en toda la historia del país, que echó a andar entre 1958 y 1964 desde la Dirección General del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).

Bajo su conducción, el IMSS construyó entonces unos 70 espacios escénicos y puso en escena alrededor de 60 obras dramáticas. Sus más cercanos colaboradores en materia de artes escénicas trabajaban en esos días en “una covachita” en el teatro Xola. Ahí nació un proyecto insólito, diseñado y dirigido por el escenógrafo Julio Prieto y el director escénico Ignacio Retes, con el auxilio de José Solé y la participación de actores como José Gálvez, Ignacio López Tarso, Isabela Corona, Ofelia Guilmáin, Narciso Busquets y muchos otros.

Su proyecto alcanzó tal relevancia que contribuyó de manera notable al desarrollo teatral de todo el país y puso al instituto de seguridad social para los trabajadores en uno de los primerísimos planos del panorama político nacional. Fue tal su éxito y resonancia que, desde ahí, Coquet llegó a aspirar a la Presidencia de la República. Su enconado enfrentamiento con Gustavo Díaz Ordaz, sin embargo, dio al traste con sus expectativas: canceló prácticamente para siempre su carrera política y marcó de manera tajante el final del proyecto cuando el responsable de la masacre del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco se perfiló para la Presidencia.

La aventura cultural de Coquet tenía también sus bemoles. Los asegurados no siempre estaban al tanto del pulso teatral del mundo. De hecho, para que la gente asistiera al teatro se regalaban muchos boletos o se ponían a la venta a muy bajo precio. La obsesión de todos los involucrados era que la población asegurada tomara gusto por el teatro.

Mientras bebía su café en Chapultepec, Coquet hurgaba en su memoria. Recordaba apenas cómo pasaron por los foros de los flamantes teatros del IMSS obras como Marco Polo, de O’Neill; Otelo, de Shakespeare, Santa Juana, de Bernard Shaw, y Moby Dick, de Hermann Melville, entre muchas otras.

Recordaba también el fracaso de la puesta en escena de La orestiada, de Esquilo, que con 47 funciones en el teatro Hidalgo, en 1962, dio al traste con las expectativas de un elenco en el que figuraban Isabela Corona, Aarón Hernán, Narciso Busquets y otros actores. Igualmente evocó el fracaso de Corona de fuego, de Rodolfo Usigli, que llevó al dramaturgo a escribir poco después: “Por los años de meditación y de amor que puse en este primer intento de tragedia, y por la conciencia de haber hecho un trabajo por lo menos limpio, no puedo sino atreverme a esperar que el juicio del tiempo enjuicie y derogue el juicio del momento”.

Por aquellos días, el director escénico Ignacio Retes recordaba a su vez: “No es por echármelas, pero teníamos los teatros, el ballet folclórico del Seguro Social que recorría el mundo, la orquesta, y todo lo manejábamos desde una oficinita: a la entrada del teatro Xola, a mano derecha, hay una puertita que da a una covachita cuyo techo son las escaleras de la sala; ahí teníamos un escritorio y un teléfono, y luego nos apropiamos de un camerino, abajo del teatro, y lo hicimos oficina, con una secretaria, un jefe de producción, que era Alejandro Camarena, un gerente y escenógrafo: Julio Prieto, y un director artístico, que era yo. Ahí, en ese cuartito empezó todo y ahí terminó también”.

Donde quiera que se encuentre, don Benito estará ahora feliz: el director del IMSS acaba de hacer público su interés por la recuperación de aquel proyecto maravilloso.

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