Política

La destrucción moral de la sociedad

  • Atrevimientos
  • La destrucción moral de la sociedad
  • Héctor Raúl Solís Gadea

Un tema que no solemos discutir y tampoco investigamos con rigor es la desmoralización que se observa en muchos ámbitos sociales. Prefiero llamarla la “destrucción moral de la sociedad”. La noción “desmoralización de la sociedad” la he tomado de un libro de Gertrude Himmelfarb que se titula, precisamente, The De-moralization of Society, from Victorian virtues to modern values.

Me pregunto por qué en México no se debate este asunto, como en otros países, pues si algo define a nuestro medio es la no observancia de todo eso que denominamos normas morales, virtudes, valores, reglas de urbanidad, o, simplemente, buenas costumbres. Bajo estos términos podemos incluir el compromiso hacia el trabajo, el sentido de responsabilidad y de justicia, la limpieza, la probidad, la honestidad, la perseverancia, la confianza en el propio esfuerzo para salir adelante, la noción de que uno debe hacerse merecedor de lo que tiene, la solidaridad con los demás, con los vecinos y los compatriotas, el respeto.

Nos quejamos de la quiebra moral que padecemos; la patología se manifiesta con infinita profusión. Algunos ejemplos son los franeleros que sacan dinero a los automovilistas por “cuidarles” el coche, los bancos cuyas tarjetas de crédito cargan intereses de usura, los médicos que prescriben a sus pacientes tratamientos innecesarios, los abogados que complican a propósito los procesos legales, los empresarios que pagan mal a sus empleados o los despiden para no reconocerles derechos, los gobernantes que les asignan obras a determinados constructores y participan de sus utilidades, los empleados que procuran ganar su salario con el menor esfuerzo posible.

O, de plano, el crimen abierto contra los ciudadanos, el abuso y la violencia contra mujeres y niños, la destrucción de la naturaleza, el maltrato a los animales, la discriminación social en sus múltiples formas, el uso de la fuerza para despojar a comunidades de territorios y recursos naturales, la explotación de jornaleros, la trata de blancas, la explotación sexual, la cotidiana falta de respeto a los derechos humanos.

Pero en México no debatimos el asunto. Por lo menos, no en forma suficiente. Quizás porque nos autocensuramos ante la creencia de que vivir en una sociedad secularizada vuelve irrelevantes a las virtudes y anticuados a los principios morales: ¿vale la pena hablar de algo que ha perdido su eficacia en el mundo? A lo sumo provocaremos que nos tilden de mojigatos. Confiamos en que para armonizar a la sociedad basta con que funcionen la economía, el trabajo y las empresas, por una parte, y el gobierno, las leyes, y las cárceles, por la otra.

No estoy de acuerdo con estas ideas porque suponen, erróneamente, que podemos vivir juntos, trabajar y hacer política, sin asumir compromisos con nuestros semejantes. El origen del equívoco es creer que el plano moral consiste en un pluralismo valorativo insuperable, un relativismo de puntos de vista en el que todo se vale y en el que cada quien define a su manera lo que está bien y lo que está mal. Y lo peor es la creencia en que el relativismo valorativo o moral es algo positivo en sí mismo. Con ello contribuimos a crear una sociedad formada de individuos desvinculados entre sí y que sólo velan por sus intereses egoístas.

En una sociedad así lo más probable es que estemos a merced del más fuerte o del más influyente, porque, en la mayoría de los casos, quienes comandan al Estado y deben cumplir o hacer cumplir las leyes se dejarán corromper o serán extorsionados: ¿quién practica la virtud de desempeñar un deber superior ante la nación si “valora” más su bienestar particular? Lo más probable también es que seamos víctimas de empresarios tramposos: si su ley suprema es la ganancia para acumular capital no habrá principio de moral colectiva que les haga refrenar sus apetitos.

De acuerdo con Gertrude Himmelfarb hemos transitado de la creencia en las antiguas virtudes, que poseían un valor absoluto y pertenecían a un orden verdadero de cosas, a “los valores” modernos, que son relativos a tiempo y lugar, y se definen en el subjetivo reino de individuos centrados en sí mismos. Las virtudes, en cambio, no son subjetivas ni relativas, sino perennes. Tienen que ver con condiciones necesarias para la buena marcha de la sociedad y la buena vida de los seres humanos.

Para los antiguos griegos las virtudes cardinales eran la sabiduría, la justicia, la templanza, y el valor, a las que se asociaban la prudencia, la magnanimidad, la munificencia, la liberalidad y la gentileza. Por su parte, el cristianismo aportó su tríada de virtudes: la fe, la esperanza y la caridad. Luego, la modernidad le arrancó a las virtudes su jerarquía y su halo de sacralidad. Con ello, hizo depender la conducta moral de la libertad subjetiva del individuo para definir lo bueno y lo malo. El resultado fue el colapso normativo en el que estamos sumidos, la destrucción moral de la sociedad.

Google news logo
Síguenos en
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.