Política

‘El potro salvaje’ y el descuido del presente

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  • Héctor Raúl Solís Gadea

Navegando en Internet, El potro salvaje llamó mi atención. Es un cuento de Horacio Quiroga, escritor nacido en Salto, Uruguay, en 1878, y fallecido en Buenos Aires, en 1937. Me atuve a una recomendación publicada por Ernesto Sábato, quien incluye esta obra entre sus favoritas, al lado de otras escritas por autores como Óscar Wilde, Franz Kafka, Jorge Luis Borges, Roberto Arlt y Marguerite Yourcenar...

El potro salvaje encierra una enseñanza sobre la que conviene meditar. Por eso, aquí le digo la historia de ese “joven potro de corazón ardiente, que llegó del desierto a la ciudad a vivir del espectáculo de su velocidad”.

No servía como bestia de tiro en las duras faenas del campo: lo hacía mal, sin ganas, sin gusto, ni coraje. Lo suyo era la velocidad, la inigualable alegría de imitar al viento en cualquier dirección, y sin más propósito que vencer al tiempo y la distancia.

Pero su extraordinario talento no era valorado en su tierra natal. Acaso por eso se llevaban la mejor parte los caballos de tiro; a ellos les eran reservados los mejores pastos y forrajes.

Decidió entonces emigrar a la ciudad. Seguramente allí recibiría una buena paga por exhibir su don de extraordinario corredor. Al principio no quiso cobrar por sus servicios; sabía que primero tendría que embelesar a la gente con sus artes. Luego, pensaba, vendrán las recompensas.

De esta manera, nos cuenta Quiroga, “en bellas tardes, cuando las gentes poblaban los campos inmediatos a la ciudad --y sobre todo los domingos--, el joven potro trotaba a la vista de todos, arrancaba de golpe, deteníase, trotaba de nuevo humeando el viento para lanzarse al fin a toda velocidad, tendido en una carrera loca que parecía imposible superar y que superaba a cada instante, pues aquel joven potro, como hemos dicho, ponía en sus narices, en sus cascos y en su carrera todo su ardiente corazón”.

Era feliz y subsistía con lo que podía. Mitigaba con sobras de los corrales sus hambres, hasta que un día se acercó a unos empresarios de espectáculos para tratar de obtener alguna recompensa. Las cosas no fueron bien: lo único que le ofrecieron a cambio de deleitar al público con su meteórica velocidad fue un poco de pasto ardido y seco. Le dijeron que no tenían más y que concederle eso ya implicaba un sacrificio.

El trato no le importó al raudo equino y tampoco alteró la profunda pasión que sentía. Sabía que si continuaba así, tarde o temprano vendría el esperado premio. “No importa --se dijo alegremente--. Algún día se divertirán. Con este pasto ardido podré, entretanto, sostenerme. Y aceptó contento, porque lo que él quería era correr. Corrió, pues, ese domingo y los siguientes, por igual puñado de pasto cada vez, y cada vez dándose con toda el alma en su carrera. Ni un solo momento pensó en reservarse, engañar, seguir las recetas decorativas por halago de los espectadores, que no comprendían su libertad”.

Tanto corrió por puro gusto, tanta fue la satisfacción obtenida por el solo trotar, que su entusiasmo maravilló a más y más gente. Así llegó el día, al fin, en que unos empresarios, al ver que el público se abarrotaba para verlo correr, se decidieron a darle el pasto fresco, la avena y la alfalfa que el potro tanto había ambicionado.

Cuando esto sucedió, el animal ya alcanzaba la edad madura.

Entonces, “el caballo tuvo por primera vez un pensamiento de amargura, al pensar en lo feliz que hubiera sido en su juventud si le hubieran ofrecido la milésima parte de lo que ahora le introducían gloriosamente en el gaznate.

En aquel tiempo --se dijo melancólicamente--, un solo puñado de alfalfa como estímulo, cuando mi corazón saltaba de deseos de correr, hubiera hecho de mí el más feliz de los seres. Ahora estoy cansado. En efecto, estaba cansado. Su velocidad era, sin duda la misma de siempre y el mismo espectáculo de su salvaje libertad. Pero no poseía ya el ansia de correr de otros tiempos. Aquel vibrante deseo de tenderse a fondo, que antes el joven potro entregaba alegre por un montón de paja, precisaba ahora toneladas de exquisito forraje para despertar”.

Al principio, el caballo siguió corriendo con el mismo entusiasmo, pero después comenzó a tener miedo. Como le importaba más la paga que el placer de entregarse a la velocidad, perdió la libertad para correr. Ahora procuraba aprovechar la fuerza del viento o el declive de los caminos, para esforzarse menos y cuidarse. Dejó de ser lo que era.

Uno de sus antiguos admiradores vio el estado en que se encontraba y dijo: “Juventud y Hambre son el más preciado don que puede conceder la vida a un fuerte corazón. Joven potro: tiéndete a fondo en tu carrera, aunque apenas se te dé para comer. Pues si llegas sin valor a la gloria por pingüe forraje, te salvará el haberte dado un día todo entero por un puñado de pasto”.

Observe con cuidado si hace su trabajo con pasión, con libertad y completa entrega. Si no, la paga, aunque sea mucha, no vale la pena: lo mantendrá siempre pensando en el futuro y alejado del ahora.

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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