• Regístrate
Estás leyendo: Cuando un amigo se va...
Comparte esta noticia
Lunes , 22.04.2019 / 04:08 Hoy

Atrevimientos

Cuando un amigo se va...

Héctor Raúl Solís Gadea

Publicidad
Publicidad

A la memoria de Alberto Cortez


A partir de los años setenta del siglo pasado y hasta nuestros días, Guadalajara brindó tributo a un distinguido visitante que venía desde muy lejos sostenido con sus sueños y un inmenso talento.

Desde Madrid, para ser preciso, a encontrarse con su público, que devoto acudía a escucharlo y mirarlo, y le entregaba un cariño incondicional. Creo que esa filia de la ciudad es una de las afortunadas circunstancias que me han hecho sentirme como en casa aquí, a pesar de no haber nacido en esta bendita tierra tapatía.

Recuerdo vívidamente la emoción de la primera noche que vi a Alberto Cortez. Por fuera, el Degollado lucía misterioso. Iluminado su frontis parecía una gran caja de regalo con un presente maravilloso en su interior. La espera en la fila del público. El momento que no llega...

Llevo conmigo para siempre los instantes en que irrumpió en el escenario. Su figura muy alta, esbelta; el paso firme, seguro, irradiando felicidad y fuerza. Acaso esto se debía al aplauso cariñoso del público. La sonrisa de Alberto plenamente correspondiente. Era tal cual lo había visto en las portadas de los discos y en la televisión.

Comenzó el concierto, sin duda una de las razones más importantes de su vida, el concierto, los conciertos. El encuentro con él mismo, lo más profundo de su ser. ¿Qué otro sentido tiene la vida para el artista que no sea entregarse por completo al ser que se le revela precisamente cuando nada existe salvo aquello que lo define como artista?

Quiero compartir aquí algunas de las letras de sus canciones. Es una manera de rendirle un modesto homenaje ahora que se ha ido.

“El viento es un delincuente que se escapó de su celda. Lo digo porque de niño, lo vi arrasar las cosechas, lo vi jugar con la vida, como una cosa cualquiera, reemplazar las ilusiones de pan por hambre y miseria. Lo vi robando el aliento de las gentes y las bestias, lo vi secando los pozos y amedanando la tierra.

No hablo del viento accidente que llega en traje de fiesta, cuando en las tardes de estío se desata la tormenta. Ni tampoco hablo del otro, metáfora del poeta, diseñador de la copla y apuntador del poeta. Esos son vientos de paso, dejan su marca y sea alejan. Hablo del viento constante que llega un día y se queda, por mucho tiempo acechando siempre detrás de la puerta. Que quiere hacer un desierto de casas y sementeras para que dancen su danza los remolinos de arena, y así correr a sus anchas sin que nada lo detenga

Sabe que lo ando buscando para cobrarle una deuda. Él me robó de la infancia las primeras primaveras y lo fue haciendo de a poco, sin que yo me diera cuenta, sisándole sus colores a mi cándida paleta y ha de pagar lo que debe, ¡por muy ladino que sea! Ese viento delincuente que se escapó de su celda”.

“Alma mía, como pesan en tus alas las ausencias. Cada día van sumando soledades indefensas, lejanías, avaricias, ansiedades y desvelos, y una umbría sensación de irrealidad y desconsuelo.

Alma mía, siempre en guardia vigilando mis entornos. Día a día mitigando los abusos y sobornos, candilejas que me acosan sin clemencia con su brío, y que dejan una extraña sensación en mis sentidos.

Alma mía, que daría por volver a verte libre. Sin estrías dolorosas de misiones imposibles, como antes por delante de mis sueños y quimeras, anhelante de entregarte como fuera y donde fuera.

Alma mía, cualquier día te irás yendo despacito. Ya no mía, tu energía liberada al infinito, con tus velas portadoras de la luz a todas horas, sin estelas que te duelan como duelen las de ahora.

Alma mía, son tan frías las urgencias cotidianas, qué manía de invertir cada presente en el mañana, qué locura la premura de vivir en cautiverio, ataduras por pavura irracional a los misterios. Alma mía, cuántas veces te he dejado abandonada en la vía de los trenes que van sólo de pasada, cicatrices que la vida me ha causado, infelices horas grises que los años no han borrado. Alma mía, menos mal que no te entregas derrotada, yo diría que es a causa de seguir enamorada, sensiblera, soñadora, perdedora o tempestiva, compañera. A pesar de los pesares, sigues viva”.

“Debe ser el chacolí, que se enredó en tu garganta, o el continuado batir de la mar en la montaña. Desnuda tu bronca voz, pasó de la noche al alba, para abrigarse al calor de toda tu tierra vasca. Se te subió la niñez a lomos de una guitarra, y le enseñaste a beber la luz, la sal y la magia de la mar brava del norte que sólo acepta la barca amancebada por hombres que no le temen a nada.

El alba desembarcó en su puerto la mañana, doncella se hizo canción al estallar tu palabra. Y fue subiendo despacio, y le crecieron las alas, y echó a volar el espacio que solo duendes volaban. Permíteme que te sienta hermano en toda la escala, por estas puertas abiertas de par en par en mi alma”.

Permítemelo, Alberto, porque así te siento. Y estoy seguro que habrás de contestar: “Y me iré lentamente, con el último aplauso, con el último vuelve. Yo sé que nos veremos cuando Dios lo decida, dejo aquí lo que tengo: esta mano tendida”.


Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.