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Martes , 26.03.2019 / 11:24 Hoy

Atrevimientos

AMLO y el conflicto que vivimos

Héctor Raúl Solís Gadea

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La política es conflicto: eso corresponde --de manera irreductible-- a su naturaleza. Por fortuna, el asunto no termina allí: la política también es el arte de forjar un orden, es decir, diseñar y sostener, de concierto, un arreglo social que evite la arbitrariedad y la injusticia, alimentos naturales de los desacuerdos.

Obviamente, en esa búsqueda surgen las contraposiciones de todo tipo porque la sociedad es plural: en ella cohabitan proyectos y valores que tienden a chocar entre sí: quien privilegia la libertad, por ejemplo, atenta contra la igualdad, poner en primer plano la legalidad es debilitar la compasión. Así podríamos seguir: centralismo versus federalismo, prerrogativas del mercado contra las capacidades reguladoras del Estado...

Este escenario se está presentando en el México de hoy de una manera como no ocurría desde los años setenta y ochenta. ¿Hacia dónde vamos? Imposible predecirlo. Un buen principio sería tratar de entender qué ocurre.

Ha pasado poco más de un mes tras el inicio de la actual administración federal y se ha instalado un encono poco usual. Es cierto que en el período de Peña Nieto se mostraron las divisiones que separan a los mexicanos, sobre todo a raíz del escándalo de la casa blanca y la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa.

Pero aunque había problemas el conflicto abierto se limitaba a una confrontación manejable entre la élite dominante y el grueso de la sociedad.

Arriba, en la cúpula política y empresarial, prevalecían acuerdos fundamentales sobre el rumbo del país: uno fue el llamado pacto por México --entre PAN, PRI y PRD-- para impulsar las llamadas reformas estructurales; otro, el consenso entre el gobierno y los grandes empresarios, tensionado a veces pero jamás fracturado, sobre los contenidos básicos de las políticas económicas nacionales.

El arreglo no podía durar. La contención del conflicto en la punta de la pirámide se hizo al costo de intensificarlo --de manera excesiva-- con la base. Se tomaron decisiones de gobierno que dejaron de lado los intereses de las grandes mayorías que conforman a la nación. O sea, no hubo entendimiento entre la clase dominante y la población de abajo, compuesta por millones de pobres y una clase media que todos los días lucha por sostenerse donde está. Jamás un mínimo de empatía, mucho menos un ejercicio del poder con liderazgo real para modelar un rumbo de crecimiento económico suficiente y un bienestar social generalizado.

La presidencia quedó en bandeja para López Obrador quien aprovechó el descontento social contra el régimen e integró una poderosa agrupación política. La consecuencia: se modificó la correlación de fuerzas en las instituciones representativas de la voluntad popular. La ola de exigencia nacional de un cambio en el contenido de las políticas se ha vuelto incontenible aunque sin suficiente claridad sobre cómo realizar --en concreto-- sus expectativas.

Lo que digo puede ser políticamente incorrecto o incómodo, pero no inexacto. López Obrador es el mismo en todas sus facetas. Concilia lo incompatible. ¿Por cuánto tiempo?

AMLO comete excesos o se equivoca. Improvisa: primero actúa y luego averigua. Amenaza y luego salva, desordena y después recompone... AMLO acierta y tiene una perseverancia poco usual. Se presenta como un verdadero líder nacional; genera la impresión de que puede darle al país lo que le falta: perspectiva ética, compromiso social, conducción política... Todavía tiene mucho margen para hacer bien las cosas.

Todo ello provoca temores entre muchos ciudadanos que le dieron su voto. Otro sector de votantes aplaude y alimenta su esperanza. AMLO, por supuesto, está muy lejos de tener garantizado el éxito al margen de lo que esta palabra signifique. La historia se construye con realizaciones, y aunque éstas parten de promesas tienen que llevarse a cabo.

Vivimos, pues, un momento de contingencia casi absoluta: todo, o casi, puede pasar. Vivimos en peligro, pero también con nuevas oportunidades para mejorar como país.

Esto no invalida lo que digo: se aprecia una división política nacional más profunda porque el gobierno de AMLO representa una orientación de política pública distinta a la de las administraciones anteriores. De ahí las tensiones entre el gobierno federal y algunos gobiernos estatales, entre los poderes públicos, entre un sector de la clase política y otro de la clase empresarial. Ahora, el Poder Ejecutivo parece alinearse con las aspiraciones de las grandes mayorías y puede utilizar este respaldo para propiciar un golpe de timón --positivo-- de gran alcance.

Para lograrlo necesita llamar a un acuerdo claro, inclusivo, respetuoso y tolerante, pero a la vez firme. Su propósito no debe ser acumular poder para sí mismo, sino forjar autoridad institucional para el Estado, legal y acotada, pero suficiente para recuperar sus capacidades de creación del nuevo orden que necesitamos.

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