En la mañanera se presentó Coatlicue, la nueva supercomputadora pública del gobierno federal, impulsada por la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones bajo el liderazgo de José Merino. El anuncio se leyó como una señal de modernización: México entrando al terreno del cómputo avanzado y la inteligencia artificial. Pero el anuncio dice algo más profundo, no relacionado con la velocidad o la potencia. Habla del tipo de Estado que se cree posible construir.
Una supercomputadora no piensa. Pero permite que alguien piense con continuidad. Sirve para correr escenarios, comparar decisiones, revisar supuestos y volver sobre ellos. En términos simples, sirve para no empezar de cero cada vez. Y ahí está la apuesta real de Coatlicue.
El Estado mexicano ha sido históricamente bueno para reaccionar y malo para acumular aprendizaje. Cambian los equipos, cambian las prioridades, cambian los formatos, y con ellos se pierde lo ya pensado. La política pública avanza como borrador permanente. En ese contexto, una supercomputadora no es una herramienta futurista: es un intento de memoria institucional.
Un Estado que no puede sostener memoria tampoco puede sostener decisiones complejas.
Por eso la pregunta relevante no es cuántos cálculos puede hacer Coatlicue, sino si existe la capacidad administrativa para alimentarla, interpretarla y volver a ella. Si los datos se conservan. Si los modelos se documentan. Si los supuestos se heredan. Si los errores se recuerdan. El cómputo no sustituye eso; lo exige.
No es capacidad técnica, es capacidad institucional.
Coatlicue puede servir para pensar mejor políticas de salud, energía, movilidad o gestión de riesgos. Pero solo si hay reglas claras de uso, prioridades explícitas y continuidad entre equipos. Sin eso, la máquina corre el riesgo de convertirse en una isla de sofisticación rodeada de improvisación.
El anuncio no garantiza nada. Pero sí expone algo importante: que gobernar hoy implica aceptar que la complejidad no se resuelve con intuición ni con discursos, sino con estructuras que permitan pensar más allá del ciclo político inmediato. Y eso tiene su mérito.
Coatlicue no es el futuro. Es una prueba del presente: si el Estado mexicano puede, por fin, sostener una forma de pensar que no se borre cada seis años.