• Regístrate
Estás leyendo: La Habana inmóvil
Comparte esta noticia

Día con día

La Habana inmóvil

Héctor Aguilar Camín

Escuchar audio
Publicidad
Publicidad

He pasado una tarde melancólica de sábado luego de leer la perturbadora crónica, cambiante a cada cuadro salvo en su horizonte de melancolía, del escritor argentino Martín Caparrós, sobre La Habana.

Es la estación más reciente de su viaje por las grandes ciudades latinoamericanas, que está entregando a la Revista del diario El país. Las tres anteriores son visiones de Caracas, Bogotá y Ciudad de México.

La Habana, dice Caparrós, es una “ciudad detenida”, pero su crónica es algo más que el retrato de una ciudad detenida, decadente, la más bella y rica, en su momento de esplendor, de cuantas haya tenido América Latina, con excepción quizá de la Buenos Aires de los años 20 del siglo pasado.

Lo que ha hecho Caparrós, al menos ante mis ojos, no es solo la descripción de una ciudad congelada, que es su propia ruina en curso, sino el trazo de lo que podríamos dictaminar ya como el más grande fracaso de la imaginación utópica y del caudillismo político latinoamericano. Eso que seguimos llamando Revolución cubana.

La noción de inmovilidad de La Habana en la crónica de Caparrós, en realidad es un relato de destrucción hecha por nadie, por el tiempo y el deterioro, por las desidias de una forma de gobierno, que acabó siendo una forma de vida cuyo estrago es tan profundo, tan lento, en algún sentido tan histórico, que se mide en décadas y parece invencible.

Hay en la crónica de Caparrós un relato que lo sugiere todo: la deriva ruinosa hacia la ruina de uno de los suntuosos edificios neoclásicos de la ciudad, hecho de mármoles, vitrales, maderas, escaleras imperiales.

Los dueños del edificio huyeron de la isla con la Revolución, en los 60 del siglo pasado. La Revolución repartió el edificio, a razón de un cuarto por familia, a 30 familias.

Una entrevistada de Caparrós vive en ese edificio desde 1976. Era una niña entonces. Ya es abuela, jefa de una de las ocho familias que quedan.

Dice Caparrós: “En los noventa, de pronto un techo se desmoronó. Durante los veinte años siguientes, el edificio se fue cayendo a trozos. La casa que fue espléndida es, ahora, un basurero de sí misma” (https://bit.ly/2Wb8Tsv).

hector.aguilarcamin@milenio.com


Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.