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Jueves , 21.03.2019 / 04:49 Hoy

Cruzando el Charco

Watergate a la española

Guillem Martí

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Érase una vez, en un reino muy lejano con reyes, reinas y princesas como las del medievo, un hombre mayor, áspero y triste que vivía para servir a la Corona. Su padre había sido un fiel militar del dictador que reinstauró la monarquía después de arrebatar el poder al parlamento elegido por el pueblo y de desangrar el país de norte a sur hasta lograr que todos los hombres y mujeres libres doblaran sus rodillas y juraran lealtad a su nuevo Señor.Tan fiel era el militar que su amado dictador le confió el cargo de gobernador de la rebelde región del nordeste del Reino.

Sus expeditivos métodos lograron acallar los gritos de libertad de un pueblo que todavía se negaba a reconocer a su Majestad. Gracias a las influencias de su querido padre, aquel hombre mayor, áspero y triste había empezado a trabajar desde muy joven en la administración del Reino.

Con el paso de los años su lealtad a la Corona fue recompensada con el título de Ministro del Interior, que antaño era conocido como Alguacil Mayor de la Corte.El Ministro del Interior aborrecía aquel pueblo del nordeste del reino.

Hacía más de 300 años que habían sido conquistados, pero eran tercos y después de ser pisoteados siempre se levantaban de nuevo. Volvían a organizar sus propio gobierno, a recuperar sus costumbres y a hablar sin pudor su lengua propia.

Y lo hacían de forma pacífica, actitud que irritaba aún más al Ministro del Interior por parecerle pusilánime. Así que, habida cuenta de su tozudez, el Ministro del Interior sabía que debía vigilar de cerca aquellas gentes con costumbres insurrectas.Cada vez que aquel rebelde pueblo parecía estar a punto de sublevarse contra su Majestad, la divina providencia les hacía tropezar y morder el polvo.

Entonces la Corte volvía a respirar tranquila y la buena nueva era festejada con regocijo por todo el Reino. Y con cada tropiezo de los separatistas la leyenda sobre aquel hombre mayor, áspero y triste iba creciendo.

Cuando en Barcelona, la capital de aquel sedicioso pueblo, los ciudadanos se reunieron para elegir a su nuevo alcalde, la Fiscalía acusó de corrupción y de faltar a sus responsabilidades con el Tesoro del Reino al alcalde separatista que se presentaba a la reelección. El líder municipal de los insurrectos en la capital catalana fue depuesto y se vivieron feroces luchas internas para ocupar su cargo.

Por sorpresa del Reino entero, pocos días después de los comicios la Fiscalía retiró los cargos contra el que había sido líder de los secesionistas en Barcelona. Al parecer, aquella información que había sido filtrada no tenía fundamento alguno.

El daño infligido al caído líder municipal era ya irreparable. Otros habían ocupado su lugar y no le iban a permitir recuperarlo.Algo extraordinariamente parecido ocurrió cuatro meses más tarde, cuando aquella nación insurrecta, que se hacía llamar Cataluña, tenía que decidir en las urnas si quería abandonar el reino o no. Entonces, la Fiscalía acusó al principal líder de los separatistas de corrupción y de no pagar los debidos tributos al recaudador.

Aquel revés no logró acallar las ansias de libertad de los súbditos catalanes, pero la imagen del líder secesionista quedó tocada de muerte, y con ello llegarían nuevas pugnas internas para ocupar el vacío de poder.Siguiendo el mismo guión de los comicios municipales, la Fiscalía anunció pocos días después que las acusaciones no tenían fundamento alguno y las retiró. Parecía evidente que aquellas informaciones habían sido filtradas por la policía, pero el Ministro del Interior jamás accedió a investigar su origen.

Ninguna Institución del Reino de España pidió explicaciones por la adulteración por segunda vez de unas elecciones democráticas.Aquel hombre mayor, áspero y triste pronto se convirtió en el hombre más admirado de la Corte. Se cuenta que hasta su Alteza Real le dedicaba una sonrisa de complicidad cada vez que acudía al Palacio de la Zarzuela a presentar sus informes.

Pero como augura el refrán, quien a espada mata a espada muere. Y hace una semana los métodos maquiavélicos que tantos éxitos brindaron al Ministro del Interior se volvieron en su contra.

A cuatro días de las Elecciones Generales un periódico publicó las grabaciones de distintas conversaciones entre él y el director de la Oficina Anti-Fraude de Cataluña. En ellas se descubría que el Ministro del Interior conspiraba para crear falsos casos de corrupción que le ayudaran a derrotar a sus enemigos.

Pero lejos de dimitir, el Ministro del Interior declaró que la víctima de este caso era él, que habia sido grabado sin su consentimiento. El Presidente del Gobierno y todo su partido le apoyaron.

La Fiscalía decidió no actuar de oficio. Los trabajadores de Televisión Española rebelaron que su dirección les obligaba a mostrar al Ministro del Interior como una víctima y les prohibía emitir las grabaciones.

Ante tan trágico panorama la Policía Judicial decidió actuar. Pero no se personaron en la casa del Ministro del Interior, ni en las oficinas del Ministerio, ni en la sede del Partido Popular. Entraron a la redacción del periódico para requisar las grabaciones. Y lo hicieron sin la debida orden judicial.

Este domingo, en pleno escándalo, los súbditos españoles han sido llamados a participar en las segundas Elecciones Generales en seis meses.

Una oportunidad de oro para hacer caer a un Ministro del Interior tan inútil que se deja grabar en su propio despacho, que utiliza tácticas antidemocráticas para luchar contra sus enemigos políticos, que manipula la televisión pública, que utiliza la policía judicial como guardia personal y que ni siquiera se sonroja cuando sus artimañas son descubiertas.

Hoy aquel hombre mayor, áspero y triste es algo más mayor, algo más áspero, pero algo menos triste.

Pues los súbditos españoles han respondido dándole más votos hoy de los que había recibido hace seis meses. El PP vuelve a ser el más votado. Y desde su trono, su Alteza Real dedica otra sonrisa de complicidad a su fiel lacayo.


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