Política

Audio adulterado

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Asistir al zócalo capitalino a la ceremonia del Grito de Independencia es una experiencia curiosa, peculiar, religiosa. Me ha tocado estar en todos los escenarios posibles y entender desde la frivolidad de Palacio hasta el gusto popular de acabar cubierto de espuma o harina.

Recuerdo una ocasión en que pasé horas esperando que saliera Carlos Salinas de Gortari. En la espera del grito, llovió, escuché a Alberto Vázquez interpretar sus grandes éxitos y a Ernesto Laguardia ser maestro de ceremonias, compartí la preocupación de unos padres de familia de que su hija Titina –así se llamaba– no fuera aplastada por la multitud y atestigüé la afición por los buñuelos o los pambazos de a peso.

Titina se refugió bajo la plataforma –bastante modesta, a propósito– donde cantaba Vázquez hasta que salió el presidente. La rechifla y las mentadas eran muy sonoras en la plaza. Ahí, a nivel cancha, el repudio a Salinas era patente entre la gente que, a su vez, eran vigilados por miembros del Estado Mayor Presidencial que se diferenciaban de los demás gracias a sus gorras con dibujos de Los Simpsons, muy populares en ese 91.

Cuando regresé a mi casa –muy de madrugada– puse el video que había dejado grabando en una casetera marca Sony de formato Beta. Ahí, los chiflidos y gritos fueron reemplazados por audios donde la multitud vitoreaba al presidente, a ese Salinas que estaba a punto de pasar a la Historia como el gran reformador del país.

Años después, me tocó otro grito en otra circunstancia. El último de Zedillo y el último de ese PRI invencible. Estaba del lado del Gran Hotel de la Ciudad de México que estaba lleno de huéspedes y festejantes, todos vigilados por miembros del Estado Mayor Presidencial que impedían la apertura de los ventanales de las habitaciones por razones de seguridad. En uno de los cuartos estaba José López Portillo junto a Sasha Montenegro, seguro el expresidente recordaba aquellos días donde era imposible pensar en el fin del priato, esos donde JLP era el nuevo Quetzalcoatl.

De nuevo, la rechifla fue disfrazada por la producción de CEPROPIE.

En 2010, me tocó estar en la transmisión de los festejos del Bicentenario de la Independencia. Alrededor de la plaza pasaron una serie de monigotes de pésimo gusto creados por el panismo en su visión alterada de la Historia. Ahora, en la azotea del Palacio del Ayuntamiento, el Estado Mayor cuidaba a los técnicos de las televisoras que estábamos en las alturas escuchando las rechiflas y viendo cómo los láseres era un nuevo aditamento que ayudaban a la protesta contra el presidente Calderón.

Las protestas aumentaron en los siguientes años. Nunca desaparecieron aun cuando Peña Nieto inició a encapsular a la gente en corrales y las distancias se alejaron entre los asistentes y Palacio Nacional. Nunca he visto que la cercanía encontrada en la inocencia del priísmo se repita, aún hoy.

Antier me tocó –como desde hace años– ver el Grito desde una cabina de producción de televisión. Ahí tenía a mi disposición diversas señales incluidas las oficiales y la popular cámara de Webcams de México que está instalada en aquel Gran Hotel de la Ciudad de México donde López Portillo añoraba su pasado. La presidenta llegó al balcón central acompañada de su esposo y recibió la bandera de una escolta de mujeres. Ahí, de forma notoria, la manipulación auditiva: unos gritos incorporados de “presidenta, presidenta” que no existían en la plaza. No sólo por el ambiente de la plancha, sino porque la acción no podía ser vista por los asistentes –quien produjo el especial televisivo nunca ha estado a nivel calle para percatarse que la presencia de la presidenta no puede ser percibida hasta que sale al balcón–.

Otra vez, el intento de engañar a la gente para no dañar la reputación de la jefa del ejecutivo. Igual que en el pasado.

Tal vez, con un matiz: al final de un grito tibio, se escucharon rechiflas en la plancha del Zócalo.

Más por error que por sinceridad.


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Gonzalo Oliveros
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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