Política

Cuando la ideología se mete entre los escombros

  • Columna Invitada
  • Cuando la ideología se mete entre los escombros
  • Giorgio Alberto Franyuti Kelly

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General Medical Impact El 24 de junio Venezuela fue golpeada por dos terremotos que afectaron particularmente a La Guaira y comunidades como Caraballeda, Playa Grande y Playa Verde. Yo aterrizaba en México cuando comenzaron a llegar los primeros mensajes. Había pasado aproximadamente una hora. Las comunicaciones estaban colapsadas en varias zonas y por momentos un noticiero fuera del país podía recibir información antes que una familia supiera qué había ocurrido con un pariente a una cuadra de distancia. En Medical Impact la pregunta fue inmediata: ¿vamos a desplegar? Sí, el obstáculo era como, cuando y por donde ingresar. 

Direct Relief, CENACED y Promotora Social México en cuestión de horas gestionaron donativos para esta respuesta. 

El problema inicial era logístico. Los aeropuertos de Caracas y Maiquetía estaban fuera de operación y Valencia quedaba como alternativa, lejos de la zona de mayor impacto. Por eso la doctora Areli Pérez Olmos, directora médica de Medical Impact, planteó entrar por tierra desde Colombia, a través de Cúcuta. Cuatro días después salió nuestra primera avanzada. En la frontera no encontramos una demora administrativa: el ingreso fue rechazado. Según lo comunicado a nuestro equipo, existían instrucciones de alto gobierno para no permitir el paso de personal humanitario sin autorización venezolana. Esperamos cuatro días y tuvimos que regresar a Bogotá. 

Después de llamadas a ministros, viceministros, organismos internacionales y actores diplomáticos, finalmente conseguimos un documento humanitario. Nueve días después del terremoto, nuestro primer equipo entró por Valencia y se trasladó a Caracas. La primera fase formal de Medical Impact se desarrolló del 4 al 14 de julio en seis comunidades de Caracas y La Guaira, con 855 atenciones a 641 personas. 

Al sexto día de esa intervención pudimos acceder a La Guaira. Dos miembros del equipo en Caraballeda, José Cernicchiaro y Enrique Polito reportaban usar dos mascarillas N95 encima y aun así el olor de los cadáveres atravesaba todo. No era polvo, basura o drenaje: eran cuerpos humanos que llevaban días bajo el sol caribeñ donde cientos de aves negras sobre volaban edificios colapsados, aires acondicionados, antenas y elevadores colgando de paredes partidas y avenidas donde prácticamente había desaparecido el sonido cotidiano de una ciudad. 

Volvimos porque la emergencia continuaba. La segunda fase, del 27 de julio al 4 de agosto, reunió profesionales de Medical Impact México y Colombia. Realizamos 963 atenciones a 651 personas. Encontramos infecciones respiratorias y gastrointestinales, duelo, enfermedades crónicas descontroladas, afectaciones de salud mental y embarazos sin atención prenatal; nuestros reportes documentaron también disponibilidad limitada de medicamentos y poca continuidad de tratamientos. 

Para entonces, el principal obstáculo ya no era únicamente el terremoto. Era el gobierno que administraba la respuesta. 

No pudimos introducir libremente los medicamentos e insumos que pretendíamos llevar y no solo por motivos regulatorios. En Valencia fuimos sometidos a revisiones y pasamos cuatro días prácticamente encerrados esperando autorización para trabajar, mientras se nos repetía que la ayuda ya era suficiente y nuestra presencia no era necesaria. Cuando finalmente conseguimos entrar durante unas horas a uno de los albergues, encontramos cientos de personas y necesidades que contradecían ese discurso. 

Tras nuevas gestiones conseguimos un oficio que supuestamente amparaba las nuevas visas humanitarias, pero no para todos. De 23 profesionales, sólo los 14 originales tenían permiso, no por certificaciones claro, porque la segunda lista se traspapeló. Al día siguiente, mientras yo asistía a un curso de epidemiología del desastre impartido por el ministerio de salud, el resto del equipo acudió al albergue Gran Colombia. Regresé esperando encontrarlos atendiendo pacientes. Los encontré parados en un pasillo. Les habían enseñado las instalaciones y ofrecido comida, pero no les permitían trabajar. Decidimos entonces dejar un grupo visible en Caracas y desplazar al resto hacia La Guaira. 

Ahí encontramos otra Venezuela. Cada pocos minutos llegaban vehículos particulares con comida, agua, hielo o cualquier cosa que una familia pudiera compartir. La sociedad civil venezolana no esperaba permisos ni instrucciones: simplemente ayudaba. Y junto a esa imagen encontré otra que todavía me incomoda. Muchos uniformes militares permanecían impecables desde la primera visita. Su función era principalmente vigilar y evitar saqueos, que sí ví con mis propios ojos, pero para alguien acostumbrado a ver militares mexicanos cubiertos de lodo, cargando personas y formando cadenas humanas durante desastres, resultaba difícil observar familias escarbando mientras tantos hombres armados permanecían limpios. 

En La Guaira encontramos también a Los Topos Azteca. Su comandante Cienfuegos nos informó que el ejército les impedía continuar la extracción de personas fallecidas, yo acababa de estar frente a ese edificio, no confirmé, pero dudas no me sobraron. 

Al día siguiente Enrique, nuestro fotógrafo, y yo llegamos a Caraballeda como civiles, ayudados por venezolanos que nos transportaron en sus propios vehículos. Frente al Caribe seguía existiendo una playa hermosa; bastaba voltearse para encontrar edificios partidos y estructuras colapsadas piso sobre piso. En un enorme complejo residencial encontramos familias y rescatistas excavando mientras comenzaban a extraerse restos humanos, incluidos fragmentos de niños. Dejé de observar, tomé una pala, le di otra a Enrique y comenzamos a ayudar aunque fuera por poco tiempo. 

Paradójicamente, fue allí donde encontramos la gran excepción de la respuesta venezolana: un campo gubernamental extraordinariamente organizado, con hospital modular, quirófano, carpas y servicios humanitarios. En años de trabajo en desastres, pocas veces he visto algo tan bien coordinado. Precisamente por eso el contraste resultaba tan fuerte: una pequeña burbuja de eficiencia en medio de comunidades donde las necesidades continuaban y donde ingresar ayuda externa había sido extraordinariamente difícil. 

Nuestra tercera fase terminó el 9 de agosto. Al día siguiente, Colombia fue golpeada también por un gran terremoto. Parte del equipo estaba regresando. La doctora Areli decidió quedarse en Bogotá; yo viajé para encontrarme con ella y con Medical Impact Colombia. En cuestión de horas pasamos de una respuesta a otra.

 Direct Relief en menos de 20 horas tenía listo el contrato para dar continuidad a mediano plazo a Colombia, CENACED mientras escribo esta nota sigue gestionando la logística de las siguientes dos intervenciones a Colombia, el problema? Nuestro equipo estaba agotado de 3 intervenciones en Venezuela, por lo que la primer avanzada fué de reconocimiento, articulación y evaluación. 

Y el contraste fue inmediato. 

Viajamos hacia Armenia para evaluar necesidades. Nos reunimos con OCHA, OPS, autoridades sanitarias y prestadores locales (IPS, ESE, MINSA). No llevábamos una enorme capacidad médica; íbamos a entender qué hacía falta y dónde podíamos ser útiles. A diferencia de Venezuela, las autoridades locales nos abrieron las puertas, facilitaron coordinación e incluso ofrecieron vehículos para desplazarnos. No preguntaban por qué estábamos ahí, sino qué podíamos hacer. 

También encontramos una diferencia visible en la prevención. Armenia había sufrido el devastador terremoto de 1999 y parte de aquella tragedia se había convertido en regulación, vigilancia estructural y memoria institucional. Había daños y grietas, pero numerosos edificios permanecían en pie. No sería científicamente serio comparar ambos terremotos como fenómenos idénticos: profundidad, geología, epicentro y densidad poblacional modifican enormemente las consecuencias. Pero tampoco sería serio ignorar la lección: las políticas públicas basadas en evidencia salvan vidas mucho antes de que llegue una ambulancia. 

Hasta ahí, la respuesta colombiana parecía considerablemente más funcional. Después apareció la política. 

El gobierno había restringido la participación de determinados equipos internacionales de búsqueda y rescate en curiosamente países de izquierda bajo criterios de cherry-picking de una certificación, INSARAG. Ese estándar existe por una razón: un edificio inestable no puede abrirse a cualquiera que se presente con una pala. El problema comienza cuando un criterio técnico se mezcla con afinidades diplomáticas y termina decidiendo quién puede intentar un rescate, y quiénes mejores que uno de los ejércitos más preparados del mundo para gestión de riesgos y atención desastres: El ejército mexicano. 

Vamos, en el INSARAG, paradójicamente, gran parte de su contenido data en base de las lecciones aprendidas de los Topos y el Ejército Mexicano. 

Los Topos Azteca llegaron también a Colombia. Durante esos días recibimos información de redes mexicanas de rescate sobre personas que permanecían vivas dentro de un hotel colapsado. Según los testimonios que recibimos en campo, Los Topos enfrentaron restricciones para intervenir. Posteriormente llegó un equipo israelí, se modificó la estrategia operativa, Los Topos fueron retirados y se dio entrada a maquinaria pesada. Horas después se reportó la muerte de las personas que permanecían atrapadas. No puedo afirmar desde estas páginas qué orden específica produjo qué resultado ni establecer una causalidad que requeriría una investigación independiente. Pero tampoco puedo borrar lo que nos fue reportado sólo porque resulte políticamente incómodo. 

Ahí encontré la misma pregunta que Venezuela me había dejado semanas antes: ¿en qué momento la soberanía, la burocracia, la diplomacia o la ideología adquieren mayor importancia que utilizar todas las manos competentes disponibles para intentar salvar una vida? 

Venezuela y Colombia tienen gobiernos ideológicamente opuestos y mostraron diferencias importantes. En Venezuela vimos centralización extrema, restricciones a organizaciones humanitarias y profesionales esperando permisos mientras la sociedad civil intentaba llenar los vacíos. También vimos, excepcionalmente, una instalación gubernamental extraordinaria en Caraballeda. En Colombia vimos mejor prevención, autoridades locales abiertas a coordinar y una movilización institucional mucho más ágil. Pero también vimos a un gobierno de derecha caer en un vicio que resulta demasiado familiar en gobiernos de izquierda: permitir que consideraciones políticas contaminen decisiones humanitarias. 

Tal vez ésa sea la lección más incómoda de estos dos terremotos. La izquierda no tiene monopolio sobre la burocracia ni la derecha sobre la eficiencia. Cuando el poder se enamora demasiado de su propia ideología, ambos extremos pueden terminar cometiendo el mismo pecado: creer que la realidad debe obedecerles. 

En ambos países encontré, sin embargo, algo que no pertenecía a ningún gobierno. Ciudadanos llevando agua y comida, familias prestando sus vehículos, médicos y enfermeros trabajando hasta el agotamiento, iglesias abriendo sus puertas y rescatistas dispuestos a entrar donde otros salían. Venezolanos y colombianos que nunca preguntaron quién gobernaba antes de extender una mano. Y también vi uniformes Israelies y Colombianos limpios. 

Después de años atendiendo desastres, esa imagen sigue incomodándome. Comprendo que existen soldados cuya función principal es seguridad, funcionarios cuya obligación es coordinar y especialistas cuyo trabajo no implica tocar una pala. Pero cuando un Estado despliega hombres, recursos y autoridad alrededor de ciudadanos que escarban buscando a sus familias, los uniformes deben ensuciarse de lodo. 

Salí de Colombia el 15 de agosto. Habían pasado menos de dos meses desde aquel primer terremoto venezolano. Regresé admirando a incontables venezolanos y colombianos, respetando a los funcionarios y profesionales que sí hicieron su trabajo, pero profundamente crítico de cualquier liderazgo que permita que la política contamine una emergencia humanitaria. 

La política puede discutir economía, fronteras, alianzas, modelos sociales y la manera en que cada sociedad imagina su futuro. Para eso existen la democracia y las diferencias. 

Pero debajo de un edificio no hay izquierda ni derecha. 

Hay una persona. 

Y cualquier ideología que se interponga entre esa persona y quien todavía puede salvarla ha olvidado para qué existe el poder.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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