Gil caminaba sobre la duela de cedro blanco del amplísimo estudio. En un entrepaño de uno de sus libreros encontró una vez más Los Bandidos de Río Frío de Manuel Payno (Barcelona, 1892, 1ª.; Porrúa, 2023), una novela escrita para mañana. Gil abrió el tomo IV y leyó viejos subrayados.
***
La mitad de los habitantes del mundo ha nacido para robar a la otra mitad, y esa mitad robada cuando abre los ojos y reflexiona, se dedica a robar a la mitad que la robó y le quita, no sólo lo robado, sino lo que poseía legalmente. Ésta es la lucha por la vida. Las excepciones se contarán en muy corto número. El tendero no sólo vende, sino que roba a los marchantes cuento puede, dándoles efectos malos, disminuyendo la cantidad, usando balanzas falsas, encajando moneda falsa, echando agua a la leche y a los licores, mezclando la mantequilla con sebo y el sebo con manteca, dando gallinas muertas de peste y carne dañada; en fin, alterando constantemente la cantidad y calidad de los efectos, y haciendo el contrabando para ahorrar gastos y arruinar al tendero de enfrente. Y esto se hace todos los días, a todas horas, y en escala tan grande, que todos los habitantes de la ciudad tenemos que pagar esa contribución forzosa para formar la fortuna de gran parte de los abarroteros. […] Estamos hablando sin máscara, y la máscara de la honradez es la que usan de preferencia los que más roban.
***
Durante el transcurso del tiempo que Relumbrón había empleado en tejer su extensa red con una habilidad que apenas se ha podido dar una débil idea, las cosas públicas, como ya se han indicado antes, marchaban no sólo bien, sino que parecía que una especie de verano había sucedido a las tempestades que años atrás habían soplado en la siempre vacilante organización del gobierno, que pasaba de la exagerada libertad a la dictadura militar […] En cuanto a la capital, nada de particular; inundada y llena de lodo en tiempo de aguas, y de polvo y basura en la seca, la iba pasando alegremente. Los empleados gastando el tiempo en almorzar en sus oficinas, y las mismas personas todo el año en el Teatro Principal, sin cansarse de admirar los gestos de Soledad Cordero; el patio de Palacio lleno de viudas y de retirados, y los corredores transitados por oficiales y generales con uniformes de todos los colores. El Estado Mayor del presidente, con un lujo de galones de oro, que daba envidia a las pobres viejas.
***
Cuando, como se dice en México, se sueltan los ladrones (como si alguna vez hubiesen estado amarrados) los robos se verifican de dos maneras: en las calles, deteniendo transeúntes en alguna calle solitaria y exigiéndoles el dinero y el reloj, y por las azoteas. Este género de robo presenta un carácter especialísimo que creo exclusivo de la capital de México.
La construcción de la ciudad parece que se presta a ello. Tiradas a cordel de sur a norte y de oriente a poniente, está dividida en manzanas; cada manzana forma un espeso cuadrilongo de doscientas varas de largo por ciento de ancho. En él están juntas, pegadas una a otras, casa chicas, medianas y grandes, o solas, es decir, de una habitación, y todas tapadas con techos enladrillados de más de media vara de espesor. Cada casa tiene, por lo menos, un corredor descubierto que da luz a un patio y a las piezas interiores; pero la mayor parte tienen corredor y zotehuela, es decir, un espacio de techo descubierto, lo que se concibe bien siendo la mayor parte de las casas de un piso bajo y de un segundo alto. La ciudad es regular, hermosa, y, por lo general, de elegantes construcciones; pero para los acostumbrados a vivir en Europa, donde hay casas hasta de siete pisos que se confunden con las nubes, les parece un gran tablero, al que una raza de gigantes aplastó y niveló hasta el ras de la tierra. Estas azoteas, que no dejan de tener peligros para quien no las conoce, se comunican con raras excepciones, y son el amplio campo de maniobras para los ladrones.
***
Todo es muy raro, caracho, como diría precisamente Manuel Payno: “desengáñese usted: el ladrón, por valiente que sea, al tiempo de robar siempre tiene miedo”.
Gil s’en va