Gil acusa fatiga de metal (acusar, gran verbo). Gamés cerraba la semana a tientas y no sin ciertas angustias desprendidas de la noche. Pero esta circunstancia ominosa no le impidió proseguir su lectura de la semana: Convertirse en Beauvoir. Una biografía de Kate Kirkpatrick, publicada por Paidós en 2020. La vida de Simone, insuperable, contradictoria, una aventura hacia el abismo y sobre todo una gran escritora. Si encuentra el libro tirado en la calle lléveselo; si no, cómprelo a la brevedad. Aquí van algunas tabletas de esta biografía notable escrita con nuevos documentos hasta ahora desconocidos.
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En su libro sobre la relación de Beauvoir y Sartre, publicado en 2008, Hazel Rowley escribe: “están enterrados juntos, como Abelardo y Eloísa, con sus nombres unidos para siempre jamás. Son una de las parejas más legendarias del mundo. Es imposible pensar en el uno sin pensar en el otro: Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre.
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Desde la muerte de Beauvoir en 1986 han salido a la luz nuevas cartas y diarios que ponen en duda algunas suposiciones. Tras publicar, en 1983, las cartas que le escribió Sartre, Beauvoir perdió algunos amigos por hacer públicos los detalles de su relación. Y cuando en 1990 se publicaron con carácter póstumo su diario de guerra y sus cartas a Sartre, muchos se sorprendieron al enterarse de que Beauvoir no sólo había mantenido relaciones lésbicas, sino que además se había relacionado con mujeres que eran antiguas alumnas suyas. Y la correspondencia con Sartre también revelaba el carácter filosófico de su amistad, así como la influencia de Beauvoir en la obra de su compañero, pero esto último suscitó menos comentarios.
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Décadas después se publicó en francés su correspondencia con Jacques-Laurent Bost, en la cual queda patente que, durante los primeros 10 años de su pacto con Sartre, Beauvoir mantuvo otra ardiente relación con un hombre que le fue fiel hasta el día de su muerte.
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La publicación póstuma de su correspondencia con Sartre y de sus diarios de la Segunda Guerra Mundial, reveló que, a finales de la década de 1930 y principios de la de 1940, había mantenido relaciones sexuales con tres mujeres que habían sido alumnas suyas. En algunos casos, Sartre tenía después relaciones con ellas.
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Durante la primavera de 1929, Beauvoir se hizo muy amiga de René Maheu (a quién llama “Herbaud” en sus memorias y “Lama” en sus diarios). Maheu era uno de los tres miembros de un grupito de estudiantes; los otros dos eran el futuro novelista Paul Nizan y el futuro filósofo Jean Paul Sartre. En sus memorias Beauvoir dice que, aunque había entrado en el círculo social de algunos normaliens, el grupo de Maheu era el único que se le resistía. Ella se había fijado en Maheu en 1929, cuando éste dio una charla en uno de los seminarios impartidos por Brunschvicg. Estaba casado; pero Beauvoir se había quedado encandilada de su rostro, sus ojos, su pelo, su voz; en realidad le gustaba todo de él.
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Maheu le puso a Beauvoir el apodo por el que la conocerían durante toda su vida: Castor. Un día escribió en su cuaderno, en letras mayúsculas: “Beauvoir = Beaver” (beaver es “castor” en inglés). Esta fue su lógica: al igual que ella, los castores “andan en compañía y tienen espíritu constructivo”.
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El 9 de agosto [de 1929] Simone viajo a Uzerche acompañada de Gandillac y no paró de pensar en Sartre. […] en aquellas praderas agostadas empezaron a planear un futuro diferente para los dos: viajarían, buscarían aventuras, trabajarían mucho, escribirían libros famosos y vivirían en una vida de apasionada libertad. Él le daría muchas cosas, dijo, pero no podía darle todo su ser: necesitaba ser libre.
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En 1934, conoció a la alumna cuyo papel en su vida y en la de Sartre iba a ser objeto de condena y de un sinfín de conjeturas: Olga Kosakiewicz. La función que desempeñó en su relación la recuerda ella misma en La plenitud de la vida, y uno y otro recrean a Olga en sendas novelas: con el nombre de Xavière en La invitada (de Beauvoir) y con el de Ivitch en Los caminos de la libertad (de Sartre).
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A finales de la década de 1930, Sartre llevó a cabo una campaña de seducción múltiple que alimentó el fuego mitológico de su pacto. Parece que Beauvoir lo ayudó a revisar Melancolía (publicada en 1938 con el título de La náusea). Y qué pasó muchas horas en el Dôme o La Rotonde haciendo anotaciones en sus manuscritos. Ella pulía su literatura mientras él satisfacía su propia libido.
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Todo es muy raro, caracho, como diría Beauvoir: “Emancipar a la mujer consiste en negarse a encerrarla en las relaciones que mantiene con el hombre, que no en impedírselas”. _
Gil s’en va
Gil Gamés
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