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'El jardinero y la muerte'

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Gil se ha quedado a vivir un tiempo en los libros de Gueorgui Gospodínov, escritor búlgaro de fuste y fusta. Su más reciente novela El jardinero y la muerte (Impedimenta, 2025), es la historia de un padre, un hijo y el final de una vida.

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"Mi padre era jardinero. Ahora es jardín".

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Con setenta y nueve años cultivaba un enorme jardín con hortalizas, frutas y flores. Había de todo allí: tomates, pimientos, papas, maíz, fresas, peonías, rosas, tulipanes, árboles frutales. Plantar, desbrozar, regar, voltear, fumigar, entutorar… Insistíamos en que lo dejara ya, que se lo tomara con más calma. Recuerdo que en aquella ocasión, junto a aquel último rosal de octubre, el morado pálido, le dije que como siguiera sí y no fuera a Sofía a ver al médico, le iba a dar algo de repente y el jardín se iba a llenar de maleza ante sus ojos. Son extrañas las palabras que deja entrar en sus oídos el tiempo, el destino o como queramos nombrar esa cosa agazapada en el futuro. Ahora veo toda la crueldad aplazada de mi frase.

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Me pregunto si las flores no son realmente los periscopios secretos de los muertos, que yacen bajo ellas observando el mundo a través de sus tallos.

Sí, mi padre era jardinero. Ahora es jardín.

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Cosas en las que no había pensado en mucho tiempo se despiertan ahora, yo las despierto, para estar seguro de que todo aquello fue real. La memoria voluntaria y la involuntaria trabajan juntas, hacen girar el ruginoso mecanismo del recuerdo, desempolvan o rellenan con imaginación aquello que no se ve con claridad. Y hay que reconocer que este es un trabajo centrado tanto en la memoria del que se ha ido como en nosotros, el trabajo egocéntrico de salvarnos a nosotros mismos, de dar sentido al hecho de que seguimos aquí cuando el otro ya se ha ido.

¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños?

¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? De la vida, por supuesto, en toda su fascinante fugacidad.

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El jardín y él se fundían en uno solo, él no lo dejaba, pero tampoco el jardín iba a soltarlo ya. Había una extraña condena, un trato faustiano entre ellos. Podría llegar a ser funesto ese jardín. Me lo imaginaba succionándole las fuerzas poco a poco, alimentando sus frutos y sus rosas con él: cuanto más enrojecían las cerezas, los tulipanes y los tomates, más palidecía él.

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Uno entierra muchas veces a sus padres en su imaginación. El temor a que un día muera quizá sea uno de los temores más tempranos. De niño me levantaba en plena noche para comprobar si mi madre seguía respirando, me contó un amigo. El temo natural de niño por aquellos sin los cuales se queda uno solo. ¿Temor por ellos o más bien por uno mismo? No estoy seguro de que tal dilema exista a esa edad. Es el mismo temor.

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Enumeración de las enfermedades. Mi padre enumera sus enfermedades como Homero enumera los barcos en el canto segundo de la Ilíada o describe la forja del escudo de Aquiles en el canto decimoctavo.

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Lo miro y pienso: no nos han enseñado a envejecer. ¿Qué se hace al final de la vida? Cómo bajas el ritmo, cómo te acostumbras a que tu trabajo ahora consiste en descansar (¿qué clase de trabajo es descansar?).

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Me gusta Epicuro, dice de repente mi hija.

No era uno de esos esclavos que se hicieron filósofos, pregunto.

No, responde con cierta satisfacción por corregirme, fue el primero en permitir que esclavos y mujeres se unieran a su escuela. “No hay por qué temer a la muerte. Cuando ella está, no estamos nosotros. Cuando nosotros estamos, no está ella”, eso dice Epicuro.

Luego, de nuevo, como que no quiere la cosa, se me acerca y me da un abrazo fugaz: Papá, estoy triste por el abuelo, pero también estoy triste por ti, porque tú estás triste por tu padre. Y se mete en su cuarto.

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Todo es muy raro caracho, dice Gospodínov: “Cualquier historia, hasta la que ha ocurrido y es personal, cuando pasa a través del lenguaje, cuando se reviste de palabras, deja de pertenecernos, ya forma parte tanto del ámbito de lo real como de la ficción”.


Gil s’en va


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Gil Gamés
  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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