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Lunes , 22.04.2019 / 15:58 Hoy

Uno hasta el fondo

Amos Oz

Gil Gamés

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Gil regresó al trabajo en condiciones magníficas, fuerte como un roble, optimista, bien vestido y, sobre todo, acertado en sus opiniones. Solo una nube negra disminuyó su fuerza indomable: la muerte del gran escritor Amos Oz (1939-2018). De la magnífica novela autobiográfica del escritor israelí, Una historia de amor y oscuridad, provienen estos pasajes que retratan su precoz amor por la literatura y de las decisiones que debe tomar un escritor a la hora de escribir. Hace tiempo, Gil ya había puesto estos párrafos en Uno hasta el fondo, pero sonarán otra vez a página nueva.

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Lo único abundante en casa eran los libros: había libros de pared a pared, en el pasillo, en la cocina, en la entrada, en los alféizares de las ventanas, en todas partes. Miles de libros en cada rincón de la casa. Se tenía la sensación de que si las personas iban y venían, nacían y morían, los libros eran inmortales. Cuando era pequeño, quería crecer y ser libro. No escritor, sino libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero a un libro, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reykjavík, Valladolid o Vancouver.

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Era un niño obsesionado por la historia. Se me ocurrió corregir los errores de los jefes militares del pasado: renové, por ejemplo, la gran rebelión judía contra los romanos, salvé a Jerusalén de la destrucción a manos de las tropas de Tito, trasladé al frente de batalla al campo enemigo, llevé a las hordas de Bar Kokba hasta las murallas de Roma, conquisté al asalto el Coliseo y puse una bandera hebrea en la colina del Capitolio […]. Un avión ligero, un único Piper, puso al arrogante Imperio romano de rodillas. La desesperada batalla de los defensores de Masada la convertí en una total victoria judía con ayuda de un mortero y algunas granadas de mano.

Y, de hecho, ese extraño impulso que tenía de pequeño, el deseo de darle una segunda oportunidad a lo que no tenía ni tendría nunca una segunda oportunidad, es uno de los motores que mueven aún hoy mi mano, cada vez que me pongo a escribir una historia.

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¿Qué es autobiográfico y qué es ficticio en mis relatos?

Todo es autobiográfico: si alguna vez escribiera una historia de amor entre la Madre Teresa y Aba Eban, por supuesto sería autobiográfica, aunque no una confesión. Todas las historias que he escrito son autobiográficas, ninguna es una confesión. El mal lector siempre quiere saber, saber al instante “que pasó realmente”. Cuál es la historia que está detrás del relato, qué pasa, quién está en contra de quién, quién cogió con quién realmente. “Profesor Nabokov”, preguntó una vez una entrevistadora en directo en la televisión americana, “díganos, por favor, are you really so hooked on little girls?”.

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Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector.

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Escribir una novela, dije en una ocasión, es como construir con un mecano todas las cadenas montañosas de Europa. O como hacer París entero, con sus edificios, sus plazas, sus bulevares, sus torres y arrabales, hasta el último banco de la calle, con cerillas.

Para escribir una novela de ochenta mil palabras debo tomar algo así como un cuarto de millón de decisiones: no sólo decisiones sobre el boceto de la trama, quién vivirá y quién morirá, quién amará y quién traicionará, quién se hará rico o se volverá loco […] sobre todo se deben de tomar miles de decisiones sutiles, como, por ejemplo, si poner ahí, en la tercera frase hacia el final del párrafo azul o azulado. O celeste. O celeste oscuro. O tal vez azul ceniza. ¿Y poner ese azul ceniza al comienzo de la frase? ¿O mejor que estalle al final de la frase? ¿O en medio? ¿O que sea una frase breve independiente, un punto delante, un punto y una nueva línea detrás?

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De ella [la Maestra Zelda, su maestra a los ocho años] aprendí también que a veces una palabra necesita un absoluto silencio a su alrededor: tener bastante espacio. Como un cuadro colgado en la pared, pues hay cuadros que no soportan a ningún vecino.

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Sí. Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras se acerca el mesero con la charola que soporta el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular por el mantel tan blanco las frases de Sartre: El mundo podría existir muy bien sin la literatura, e incluso mejor sin el hombre.

Gil s’en va
gil.games@milenio.com

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