Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y se acercó a uno de sus libreros. La prodigiosa memoria de Gilga (qué o qué) lo llevó al viejo libro blanco de la editorial ERA: Amor perdido de Carlos Monsiváis. Gamés buscó el ensayo que su extraordinaria memoria (¿ya van a empezar?) le entregó la mañana en que la revista (es un decir) Club de su periódico Reforma cayó en sus manos. Gilga leyó: “La Alta Sociedad que conocemos y que a diario nos abruma con su magnificencia esencializada en fotos rígidas no lleva mucho prodigando su existencia. Si acaso remonta su prosapia a la década de los cincuenta, y, más exactamente, a principios de los sesenta, cuando un grupo de periodistas irrumpió para deificar lo que se conoció como mexican jet-set o beautiful people continuando los términos ‘mundo popoff’ o los de la high life y desmintiendo a la ortodoxia señalaba la implantación de las tradiciones como meta de la Sociedad Mexicana”.
La definición monsivaíta persiste en las “páginas de sociales”, que han regresado a los periódicos. En todo caso, medita Gil con los dedos índice y pulgar en el nacimiento de la nariz, a esas definiciones se añaden las redes, el Facebook, Instagram y otros instrumentos para que la alta sociedad se mire en el espejo. Monsiváis: “Los saraos de la época porfiriana sirvieron, además de la diversión indudable, para vertebrar las apariencias de una élite y hacerla consciente de su unidad, de su fuerza, su brillo. A lo largo del siglo XIX y en la primera década del XX, la Sociedad Mexicana se aprovechó de las reuniones públicas obteniendo a través de ellas raigambre y formas compartidas; discerniendo las admiraciones mutuas y el instinto de cruce.”
Ricos y famosos
Ahí estaba Gilga, absorto, hipnotizado con la revista Club en sus manos: la boda, el viaje, el negocio, el yate, la noche inolvidable, la playa, el restorán de supermoda, weey. La boda de Ana Harfush y Ramón Abraham debió ser un paraíso en la Tierra; el vestido de ella era un sueño traído de Nueva York, weey. Y qué decir de la boda de Paty Kaim y Humberto López Portillo, unieron sus vidas después de ocho años de noviazgo, weey. Casaron en Nahui Club de Playa, que sepa Dios dónde esté, weey, pero debió ser el cielo tisú, esa tela tejida con hilos de oro y plata. Por cierto el cumpleaños de Rafael Picard se celebró en exclusivo lugar de la alta sociedad. ¿No sabes quién es Rafael Picard, weey? ¿Estás mal, weey?
Monsiváis: “Surge un periódico, El Heraldo de México, y en sus páginas de sociales el cambio sustancial se da en estilo inequívoco: la felicidad álgida y repetitiva que cabe en una calcomanía. Un columnista, Sánchez Osorio, emite una nueva recepción, ya no el lirismo alborozado de una cronista como Rosario Sansores (que bordaba un poema a cada acontecer de novia o quinceañera), ni la obsesión heráldica que le da caza a los ancestros elaborando trampas genealógicas”.
Arturo
Gil ha visto a Arturo Elías Ayub exhibir sus fotografías en el Club Reforma on line, imágenes que tienen ¡21 mil seguidores! Ah, el yerno de uno de los hombres más ricos del planeta Tierra aparece aquí y allá, antes y después de despachar en el piso 7 del edificio de Telmex. Así las casas (muletilla pagada por Grupo Higa), Arturo, así le decimos sus amigos, ha puesto sus 10 mejores fotografías en la red. ¿No las has visto, weey? ¿Pues estás mal, weey? Arturo con Puyol, con Ronaldinho, con Marcelo (no Mastroianni, ése ya murió, con el futbolista del Madrid); desde luego con el ingeniero Slim; Arturo es ingenioso y hace montajes, el Che Guevara gritando una porra a los Pumas de la Universidad y un muñequito de Einstein pidiendo pensar antes de actuar, o algo así. Arturo, el millonario seductor, dicen los editores de Club Reforma ha logrado un top de popularidad en Instagram. Arturo, Gilga lo abraza por su talento y le desea más éxitos y éxitos y éxitos, Zzzzzz.
La lectora y el lector lo saben, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero acerca la charola que soporta la bandeja de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular por el mantel tan blanco la máxima de Schopenhauer: La riqueza es como el agua salada; cuanto más se bebe, más sed da.
Gil s’en va
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