Nadie podría aportar un solo dato objetivo de que mis compañeros, que el INE y sus encuestadoras decidieron colocar por delante de mi nombre, después de Muñoz Ledo y Delgado, hayan propiciado más conversación pública que mi candidatura en cualquier plataforma durante esta campaña. Mis adversarios se ceban en la facilona burla de que nadie me conoce, pero nadie ha dicho ni argumentado la claridad de que sean sensiblemente más conocidos todos los nombres que se antepusieron (porque saben que no es cierto). Y quienes obvian esa duda actúan con deshonestidad intelectual, empezando por los consejeros del INE. Preguntarse por ello implicaría salir del conservadurismo que da por cierta la versión de la autoridad e incluso busca justificarla siempre que conviene.
La encuesta para elegir a la dirigencia fue, llanamente, una porquería modificable por consigna, y da pena que la defiendan algunos académicos movidos por el odio o por el rencor de viejas polémicas. Me ha llamado la atención el silencio cómplice de algunos que se dicen demócratas y por eso aprecio mucho más ese gesto de honestidad intelectual que Alejandro Moreno tuvo para criticar el ejercicio, aunque se trate del INE y sus colegas. Fuera de él, el circulo rojo calla y transige –y a muchos compañeros de partido se les olvida la lucha contra el fraude electoral. Con una contundente suavidad, porque no hace una crítica puntual que podría dejar en ridículo a sus colegas, Moreno critica “criterios de elegibilidad poco confiables”, improvisación y “arbitrariedad, y cuando hay arbitrariedad el criterio de replicabilidad científica se complica”, además de apuntar que “casi podría decir que sienta precedentes de malas prácticas” y que “la preocupación no tiene que ver con la encuesta de Morena en sí, sino con la aplicación de los principios democráticos del INE en todas y cada una de sus tareas, incluida esta”, donde claramente no se verifica.
Únicamente el 7.4% de las personas fue clasificada con código 6 (no simpatizante) por lo que 92.6% de las personas debieron adscribirse como simpatizantes, porcentaje que está muy por encima de lo estimado en otros ejercicios y en la metodología de la encuesta, donde estiman que entre el 25% y el 30% de las personas encuestadas serían simpatizantes –y con base en ello se diseñó el tamaño de la muestra. Eso sin contar las diferencias entre las propias casas encuestadoras, que llegan a ser de más del 15 por ciento entre los clasificados como simpatizantes. La muestra es, entonces, de origen, viciada. Además,el reporte del INE dice que sólo 25 por ciento de los cuestionarios se contestaron completos. Esto quiere decir que el 75 por ciento estaban incompletos, que sólo 590 cuestionarios se aplicaron en su totalidad, una muestra muy pequeña que se complementó con cuestionarios incompletos, generando muestras y márgenes de error distintos para cada candidato. ¿Cuántos cuestionarios incompletos se consideraron?, ¿en qué lugar estaba mi nombre?, ¿cómo puede comprobarse que no hubo un sesgo en la colocación y lectura? En la conferencia se habló de una corrección por efecto de fatiga, pues es casi obvio que nadie querría llegar a los últimos entre los 44 nombres, pero dicha corrección no está descrita ni en la metodología ni en el reporte de resultados.Todo este desastre metodológico no afectó a los otros candidatos conocidos en su inclusión final, sino, en la contienda de la presidencia, sólo a mí.