La verdad en el arte admite la ficción artística, la fantasía: no cambia obligatoriamente lo que es o lo que fue sino siempre lo que podría ser, en servicio y correspondencia a los rasgos característicos de determinada época y a las formas de su manifestación individual. El arte verdadero, que ha resistido el cotejo, la confrontación del tiempo, lleva en sí la verdad artística.
La exigencia de la veracidad del arte no es un anhelo intangible y personal, sino que surge de la propia naturaleza del creador como una forma del conocimiento. De ahí que uno de los criterios decisivos en la evaluación de la obra de arte sea el de apreciar en qué medida refleja verazmente la realidad. No es casual que las más importantes conquistas artísticas se vinculen, precisamente, con el arte realista, es decir con el arte de la verdad artística.
Ahora bien, el momento ideológico es también una particularidad indispensable y característica del arte como forma de la conciencia social. Con frecuencia se considera al arte sólo como una forma de ideología, lo cual no es del todo correcto, porque el arte el arte no se reduce exclusivamente a lo ideológico.
El arte se vincula con la ideología mediante dos maneras: Por un lado actúa como vehículo de las ideas políticas, morales, filosóficas, estéticas, etc., de una clase social determinada, y por otro, el arte es ideológico, filosófico e imaginativo, por su misma naturaleza ya que su desarrollo está indisolublemente unido a las relaciones sociales entre las personas y sirve, junto con las otras formas de la conciencia social, a la resolución de las tareas beneficiosas planteadas por la sociedad, razón por la cual no solo refleja la realidad sino que también la evalúa y expresa una determinada actitud respecto a ella.
Con ayuda de la creación artística, el artista siempre niega o afirma algo, es decir, que de una u otra forma, independientemente a veces de su voluntad, lucha por un ideal social determinado. Difícil que no pueda estar al servicio de una u otra corriente de ideas, es su naturaleza, que no podría rechazar aunque quisiera.
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