Por soberbia, en muchos casos. Cuando no existen condiciones fisiológicas que por sí mismas lo pudiesen provocar, detrás de un escenario depresivo suele haber un profundo desacuerdo con ciertas circunstancias vividas. Y cuando hay desacuerdo, hay decepción. Y con la decepción viene el coraje. Y cuando no se aceptan las circunstancias distintas a las anheladas, entonces surge la depresión como el símbolo de un duelo por la pérdida de lo deseado.
El dolor temporal es normal. Y sano. Expresa la capacidad de abrirse y ser influido por otros. No somos impermeables a las circunstancias ni a los giros abruptos de la vida. Toda pérdida implica dolor. Pero cuando el enojo y el resentimiento con la vida son más fuertes que la propia tristeza, es imposible que la depresión sane.
A veces el individuo no busca curarse. Lo que en el fondo le pasa es que se ha aferrado a reclamarle a la vida un trato y un devenir de sucesos que él considera injustos. Un profundo desacuerdo con las circunstancias y los eventos ajenos a nosotros llega a provocar una sensación interna de rebeldía y mucho coraje. Eso se convierte en soberbia cuando no estamos dispuestos a retroceder hacia una sana aceptación de lo ocurrido y cuando no aceptamos enfocarnos en la reconstrucción de nosotros mismos.
Y basta con que la soberbia esté un centímetro por encima de la tristeza para que la depresión no sane. Son frecuentes los casos en los que las personas están aferradas a tener la razón y no a ser felices. No buscan alivio. Buscan venganza. Se sienten muy mal y muy tristes, pero no lo suficiente para renunciar a su coraje.
Pueden incluso buscar ayuda terapéutica cuando la desesperación los consume. Aceptar incluso un tratamiento farmacológico. Pero, en cuanto empiecen a notar mejoría, harán lo posible por sabotearlo y se volverán a entregar a las crisis.
Curarse de la depresión implica dejar de culpar a otros de nuestras circunstancias. Incluye, sobre todo, asumir la responsabilidad de la propia dirección del estado de ánimo y de la calidad de vida. Y eso no es nada fácil. Dejar de culpar y de quejarse es muy incómodo. Por eso muchos prefieren la enfermedad. Curarse duele. Mucho.