Se trata de nuestra ausencia. De nuestra lejanía emocional como padres. Ya basta de culpar a las redes sociales y a los teléfonos; los aparatos no tienen vida propia. Si nuestros hijos están absortos en ellos, es por la misma razón por la que se involucran en drogas y otros vicios: por una falla en los roles parentales.
Las adicciones entran a la vida de nuestros hijos por el agujero que dejamos como padres, sea cual sea esa adicción: sean las drogas, el alcohol, los videojuegos o las redes sociales.
Si nuestros hijos adolescentes tienen miles de contactos virtuales en sus redes sociales, pero ninguno o muy pocos amigos, no significa que nacieron con un trastorno de vinculación. Significa que fallamos en nuestro rol formativo para desarrollar en ellos habilidades para interesarse e integrarse con los demás. Les permitimos la soledad, el aislamiento, la comodidad y el encierro en su cuarto. Ni siquiera somos capaces de hacer que visiten a sus abuelos y dejamos que tomen esa decisión a una edad en la que no les corresponde. ¡No van porque “se aburren”! Y sus padres lo permiten, lo toleran y lo normalizan.
La excusa por la cual muchos padres permitieron que sus hijos se volvieran dependientes del teléfono o la tableta es que no tenían tiempo suficiente para convivir con ellos a causa del trabajo. Pero no es culpa del tiempo, sino de cómo usamos ese poco o mucho tiempo disponible. Hay muchas cosas en casa que debimos haber compartido con nuestros hijos desde niños: la limpieza, los quehaceres, la cocina, la jardinería, compartir juegos, platicar mientras vamos camino a la escuela…
Lo cierto es que muchos padres ni siquiera se dan cuenta de su propia ausencia o distancia; lo más cómodo es culpar a los hijos de ser ellos los extraños, raros o distantes.
No será fácil cambiar todos esos hábitos, pero tenemos que empezar a trabajar desde las emociones de la propia pareja para que los cambios puedan permear hacia nuestros hijos. Si no aceptamos que tenemos un problema en nuestros roles parentales, seremos como el alcohólico que justifica su adicción afirmando que solo es un bebedor social y se niega a buscar ayuda.