¿Cómo continuas después que tu compañero de vida por 50 años se ha marchado a mundos de más luz? ¿Cómo te subes al tren de la motivación y te paras de la cama al voltear y no ver a tu lado a esa persona con quién se compartía todo?
Primeramente te enfrentas a la tarea de aceptar que es real porque una parte de ti simplemente se niega a creer que es verdad lo que acaba de pasar y que no es solo un mal sueño.
Después viene otro reto igual de gigantesco… de dónde sacar fuerzas para seguir haciendo las rutinas compartidas con el ser amado, con quién hablarás ahora de los temas triviales del día a día.
¿Y sabes? Quizá una de las cosas más difíciles, es convencer a tu cuerpo de que debe comer aunque no sienta hambre. Porque ahora esas comidas las harás sin tu pareja. Y toca ver la TV sin él… Y es cierto: hay más gente que se reunirá para apoyarte y amigos que vendrán a tratar de hacerte sonreír y que no te dejarán que te encierres.
Pero… de pronto te das cuenta que sus voces se pierden en un eco al que tu mente le cuesta seguir y entender. Es como si entre todas esas voces tú esperarías escuchar la del ser amado y entonces al no encontrarla, tu mente se marcha a las profundidades del recuerdo; allá donde su voz sí suena y revive los diálogos de antaño y la charla rutinaria y los enojos y discusiones que ahora forman parte de todo eso que extrañas tanto, tanto.
Es curiosa la muerte; de pronto te das cuenta que aquellas extrañas manías que tanto te disgustaban, ahora son justamente lo que más echas de menos…
Pero nada ha de volver atrás y la vida exige seguir caminando y entendemos que no se puede solo. La oración ayuda mucho; y si es compartida con otros, ayuda más. De la familia es cuando más cerca se requiere estar, de los amigos se precisa aun más su presencia.
Y de Dios, el diario contacto para pedir ayuda porque las fuerzas humanas no serán suficientes y se precisa del espíritu para mantenerse en pie. Y un día la calma irá llegando y de la mano de ella la aceptación.
Quizá nunca se deja de extrañar al ser amado, pero un día lo podremos evocar con una sonrisa que irá sustituyendo a las lágrimas. Y eso se llama paz interior…
En memoria de Don Mario.