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Miércoles , 20.03.2019 / 14:33 Hoy

Paideia

Vincent Van Gogh

Gabriel Castillo Domínguez

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Con el propósito de no perder el sentido de la palabra que da nombre a esta columna semanal, resulta oportuno destacar cómo la vida y la obra de un hombre pueden convertirse, pese al transcurrir del tiempo, en elementos importantes para la formación de otros individuos, es decir, que han podido trascender e influir a las nuevas generaciones. Es el caso del artista Vincent Van Gogh.

Ayer se cumplieron 127 años de la muerte de este hombre singular. No voy a escribir sobre su pintura, pues aunque he disfrutado de ella estoy muy lejos de ser especialista o, al menos, conocedor de ese arte. Sólo quiero compartir algunas impresiones que me quedaron con la lectura de las cartas escritas a su hermano Theo, publicadas como libro que leí no hace mucho.

Nadie que tenga un poco de sensibilidad dejará de emocionarse con la lectura de esos textos cargados de pasión, que dejan ver a alguien interesado por la cultura desde muy joven, en particular por la pintura y la literatura, que le fueron llenando una especie de vacío, de oquedad, en su alma, a decir de ciertos estudiosos de su vida y obra. Cartas a Theo es al mismo tiempo una autobiografía que un credo artístico o estético, donde queda de manifiesto su pasión por la literatura, el color, los paisajes y la gente trabajadora, escrito con una prosa en muchos momentos poética, a través de la cual nos presenta su visión del mundo, sus sueños, proyectos, miedos, sufrimientos, desengaños, dudas, pero también sus certezas. Hay páginas memorables con expresiones de verdad deslumbrantes sobre los colores y su formación como artista, de las cuales podemos aprender mucho acerca de la vida y del arte.

Van Gogh no sólo pintó mucho; leyó y escribió con la misma intensidad. Fue lector de Víctor Hugo, Voltaire, Dickens, Zolá y Balzac, entre otros. Pero nunca se consideró un académico. Era un autodidacta que asumía que Arte, Literatura y vida son la misma cosa, postura con la que podemos o no estar de acuerdo. Sus cartas a Theo dan la imagen de un individuo romántico y trágico al mismo tiempo, que decidió vivir poco. Nos acercan a su esencia como hombre y artista.

En alguna de ellas escribió: “No creo que viva mucho, pero tengo el deber –dado que he estado en este mundo 30 años- de dejar una muestra de gratitud en forma de dibujos y pinturas”. Estoy convencido de que somos nosotros los que debemos agradecerle la herencia que nos dejó, para no olvidar ser verdaderamente humanos.


gabriel_castillodmz@hotmail.com

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