Cada verano los capitalinos sabemos que habrá manifestaciones de maestros en nuestra ciudad y sabemos que acamparán en algún lugar del centro de esta. Diseñamos logísticas para evitar el tráfico que desquiciarán. Dirán que no se irán hasta que no se les cumpla su pliego petitorio. Pasado el verano, partirán con la promesa de regresar al año siguiente porque sus demandas solo fueron cumplidas parcialmente. Lo hemos normalizado de una manera que no deja de sorprender.
Es obvio decir que nuestro país tiene en estos días una visibilidad inusual. Ser sede del evento más importante del deporte más jugado en el planeta nos otorga ese privilegio y también ese riesgo. Los mencionados manifestantes lo saben y por ello tal vez sus actos se han radicalizado o intentan que sean más visibles.
Las imágenes han dado la vuelta al mundo. Canales como BBC, CNN, TV5, Rai, Al Jazeera, solo por mencionar algunos medios, cubren con asombro lo que sucede en el país que está a días de organizar la competencia mundialista.
Para quien conoce la geografía del país, sabe que estas marchas solo afectan la capital. Para quien conoce la geografía de la ciudad, sabe que sucede solo en una parte de nuestra inmensa capital. Sin embargo, no muchos extranjeros cuentan con esta información. Estas manifestaciones son parte de nuestra imagen del país.
Es muy difícil hacer un estimado de lo que estas imágenes nos están costando. Si los indicadores de inseguridad no ayudan para promover mucho al turismo, estas imágenes de alguna manera validan esos cuestionamientos. Nosotros sabemos que es probable que se llegue a una negociación y los manifestantes se retiren antes del evento mundialista; nuestros visitantes no.
Pasar a valorar qué tan legítimas son las demandas de este grupo de maestros o a quién representan es una discusión aparte. Lo cierto es que estos eventos también dañan la imagen de los propios maestros. Los maestros tienen un liderazgo natural en sus comunidades y las escuelas son eso por definición. Hoy día los maestros gozan todavía de buena reputación, pero la confianza o la imagen de un gremio se desgastan en eventos como los que estamos atestiguando.
En una medición reciente (diciembre 2025), de la Serie Nacional de Parametría, registramos que casi la mitad de la población ha sufrido un bloqueo o ha sido detenido por una marcha. A pesar de ello, seguimos dispuestos a justificar las marchas como una forma de expresión de inconformidad social. La razón principal es la incapacidad del gobierno, sea local o federal, para satisfacer demandas.
Sin embargo, estamos dispuestos a aceptar estas expresiones mientras estén reguladas. Probablemente, el elemento más urgente a regular es su nivel de violencia o las expresiones de vandalización. Se está convirtiendo en un requisito de una manifestación que se destruya mobiliario urbano e instalaciones de instituciones públicas o frecuentemente, también negocios privados. Legitimamos la libertad de expresión incluso en sus expresiones más radicales, pero la violencia y la destrucción son difíciles de aceptar.
Es preciso señalar que esta violencia o “destrucción” no es privativa solo de los maestros. La hemos observado incluso en las marchas del 8 de marzo del Día Internacional de la Mujer. Es decir, la hemos normalizado, independientemente del grupo que se manifieste.
Asociamos de manera natural la manifestación con la violencia que observamos. Por el bien del grupo que representan los manifestantes, la vida pública y nuestra imagen país, tal vez es pertinente preguntarse qué tan eficaz es el ejercicio de esta violencia y qué tanto beneficia a su causa o al objetivo que dicen perseguir. La respuesta a este cuestionamiento no parece del todo clara.