León Festinger es uno de los cinco psicólogos más importantes del siglo XX. No tan conocido como Freud o Piaget, pero sus teorías revolucionaron los parámetros conductistas. Su teoría de la Disonancia Cognitiva (1957) es considerada una de las teorías más importantes de la psicología social hoy día.
Festinger propuso que el ser humano no busca solo comer o ser premiado (Skinner), busca coherencia interna. Cuando dos cogniciones (creencias, valores, conductas) chocan, sienten una tensión insoportable y hará lo que sea para reducirla.
Otra de las contribuciones del psicólogo social fue su “Teoría de la Comparación Social” (1954). La teoría sugiere que cuando no se tiene forma objetiva de saber si se es bueno, listo, exitoso (o buen futbolista), se compara con otras personas para evaluarse. Se compara uno con quien se considera mejor y eso motiva, aunque pueda frustrar. Y se compara uno con quien se considera peor porque eso protege la autoestima. Festinger dice que nos comparamos con gente similar a nosotros. Si el grupo es muy distinto, se deja de comparar y se cambia uno de grupo.
Y finalmente en su “Teoría de la Comunicación Social Informal” (1950) –fundamental para la metodología de grupos de enfoque– dice que necesitamos validar nuestras opiniones con el grupo, ya que siempre hay una presión hacia la uniformidad en ese grupo, y si esa uniformidad no se da, hay un rechazo al que difiere, y suele quedar fuera del grupo, por voluntad propia o por consenso del grupo.
A partir de las ideas de Festinger y a manera de ejemplo, podemos interpretar el comportamiento de la afición de nuestro país durante esta última copa mundial. Los datos de la última Serie Nacional de Parametría sobre este evento y la reacción de nuestra ciudadanía
Desde la perspectiva de León Festinger, los resultados de la encuesta posterior al Mundial de 2026 mostrarían cómo los mexicanos conciliaron una eliminación deportiva con una evaluación mayoritariamente positiva de la selección. México ganó sus tres partidos de grupo, venció a Ecuador en la primera ronda eliminatoria y finalmente perdió 3–2 frente a Inglaterra en octavos de final. Aunque no llegó a cuartos, el 78% de los entrevistados calificó su desempeño como “muy bueno” o “bueno”; solamente el 9% lo consideró “malo” o “muy malo”. Además, 64% aprobó la dirección de Javier Aguirre, frente a 16% que la desaprobó.
Festinger probablemente interpretaría esta aparente contradicción mediante su teoría de la “disonancia cognitiva”. Antes del torneo, la condición de anfitrión y el apoyo popular pudieron elevar las expectativas. Después de la campaña perfecta en la fase de grupos (calificó sin recibir un solo gol), aumentó la creencia de que México podía llegar más lejos. La derrota en octavos creó entonces una tensión entre dos cogniciones: “nuestra selección realizó un gran Mundial” y “nuevamente no alcanzó los cuartos de final”.
Para reducir esa incomodidad, los aficionados pudieron reinterpretar el resultado. La eliminación dejó de verse como fracaso y pasó a explicarse como una derrota estrecha ante una potencia: México compitió, anotó dos goles y perdió por errores específicos. Esta reconstrucción permite conservar el orgullo sin negar el marcador. La aprobación de Aguirre sugiere, además, que una parte importante del público separó el resultado final del proceso: el entrenador podía haber dirigido correctamente, aunque el equipo fuera eliminado.
La “comparación social”, otro concepto central de Festinger también resulta relevante. La evaluación no depende únicamente de hasta dónde llegó México, sino de con quién se le compara. Frente al fracaso de 2022, cuando no superó la fase de grupos, el desempeño de 2026 representó un avance claro. Frente a Inglaterra o las selecciones semifinalistas, en cambio, continuó siendo insuficiente. La comparación descendente con campañas mexicanas anteriores habría favorecido una valoración positiva; la comparación ascendente con las potencias mantendría cierta frustración.
Festinger también señalaría la “presión hacia la uniformidad”. Los partidos generaron celebraciones, símbolos nacionales y conversaciones compartidas que establecieron una interpretación dominante: el equipo había recuperado competitividad y orgullo. Expresar una condena absoluta después de cuatro victorias podía provocar desacuerdo con el grupo, por lo que algunos ciudadanos habrían moderado sus críticas.
Sin embargo, no toda la población compartió esa experiencia. Solo 54% afirmó que le gustaba el fútbol y 20% ni siquiera sabía que México había sido sede. Por ello, el consenso no fue total. En términos de Festinger, la respuesta colectiva predominante redujo la disonancia transformando una eliminación dolorosa en una narrativa de progreso: México no cumplió la aspiración máxima, pero sí ofreció suficientes logros para que la mayoría preservara una identidad nacional positiva.
Más allá de la explicación, es probable que este estado de ánimo que nos dejó el mundial altere otras evaluaciones, como la situación del país, la situación económica o incluso la aprobación presidencial. Si fuera ese el caso, el único problema es que, por definición, se considera una burbuja y por definición tiene solo un efecto temporal.