—Llévesela, se la regalamos —me dijo esa tarde Felipe García Beraza, generoso, en el Centro Mexicano de Escritores. —Pero le advierto: fue de Salvador Elizondo, a ver si la va a llenar —concluyó, sonriéndome con la condescendencia del hombre maduro ante el joven inexperto.
Le agradecí efusivamente por el regalo, entonces para mí meramente estético, así que ignoré la prevención irónica y me llevé la silla giratoria de madera con ajado asiento de cuero digna de Kipling presidiendo su decimonónica redacción periodística o de Chesterton trabajando en su escritorio lleno de papeles, por ende una silla inglesa, donde ahora estoy componiendo estas líneas a la manera de un envío acerca del gran escritor que fue su ocupante original durante muchos años todos los miércoles por las tardes.
—Lo que escritura non da, silla non presta —me espetó con ácida franqueza Salvador Elizondo delante del trofeo restaurado y reluciente que yo le mostraba aquella madrugada en mi casa, cuando el controlado y superior delirio de su inmensa inteligencia llenó la velada de agudezas memorables, de frases célebres y evanescentes como estrellas transitorias, de excesos fumables y bebibles que no medraban, sino al contrario, la potencia de su lucidez.
Había llegado con su esposa y su pequeño hijo, los tres con sendas cámaras fotográficas que dispararon una y otra vez a lo largo de la conversación prolongada casi hasta el amanecer en medio de un encuentro cuya intensidad se basaba en un sistema de cremallera, como él mismo escribiría más tarde, en “una relación de velocidades, sostenidas y reguladas, ni más bajas ni más altas de lo que una prosodia natural reclama para tener un ritmo, un desarrollo y una conclusión perfectos”, en una velocidad letárgica y otra apresurada, dos tiempos narrativos y vitales que por esos días ocupaban su interés literario pues había concluido al fin, después de treinta años de comenzarla e interrumpirla, la traducción de La rebelión de los tártaros de Thomas de Quincey, un autor que le resultaba esencial.
Mi mujer no pudo dormir después de que nuestra inolvidable visita dejó la casa: así de imperativo y sobreconsciente fue el lúcido insomnio que su estancia nos dispensó. A continuación la vida cotidiana, la terca geografía y ciertos descuidos me alejaron de Elizondo. Guardé como secreto agravio que en la edición hecha por la revista Vuelta de su libro Estanquillo no diera noticia alguna de que aquellos textos provenían de la sección de Cultura de El Nacional, en la cual colaboró a solicitud mía.
Más tarde entendí —“más tarde”: ingrato tiempo— que la cólera de Octavio Paz contra ese medio público, al cual el poeta nobelizado apodaba Pravda, nunca le hubiera permitido una mención harto contaminante para su supuesta independencia del Estado mexicano, faltaría más.
Y como todo sentimentalismo quedaba proscrito con Elizondo, supe de él por una amiga mutua que de tarde en tarde me daba noticias suyas.
—Dicen que dices que está loco —me confió alguna vez.
—Quizá como elogio inverso: él es un genio —contesté.
Hace unos días terminé de releer Neocosmos, una antología de textos esmeradamente editada por Gabriel Bernal Granados e impresa por Aldus —“Celebro al fin estar bajo el sello del áncora y el delfín que simboliza la biblioteca del Renacimiento”, escribe el autor al iniciar su prólogo—, la última publicación en vida de Elizondo que confirma su riguroso poder creativo y el epíteto merecido una y otra vez: un genio literario, si esto no fuera decir nada muy preciso que lo satisficiera a él.
Neocosmos acredita el logro de varias obras maestras en la cuenta de un autor excepcional, cuando a lo más que puede aspirarse en la escritura es al logro de una sola obra magistral; confirma la existencia de un maestro de las letras donde el espíritu, la voluntad y la técnica se conjugan, según sus propios términos, para realizar una individualidad que la tradición denomina como un estado primordial obediente al “no tiempo” literario, a la conciencia literaria de la intemporalidad; confirma aristotélicamente, en suma, que el ser es lo que conoce y que este autor mucho conoció.
—¡Basta de mamemas! Estamos hablando de arte —exclamó Elizondo con su legendaria voz en algún momento de aquella noche. —Es la región ignota del mundo, el misterio significa su regla de oro y toda obra supone la realización de un acto secreto.
Así que en esta silla inglesa escribo que lo leo escribiendo porque Salvador Elizondo ya forma parte de la memoria literaria canónica, del lenguaje superior. Debí decírselo mientras estaba vivo: gracias por tus libros, grafógrafo luminoso, artista sabio, genio tutelar. Ahora lo pienso con remordimiento, pues pasarán muchas encarnaciones mías para que pueda sentarme intactus en su silla. Solo la ocupo buscando que no se maltrate: el olvido o el desuso arruinan todo recuerdo, toda evocación.
AQ / MCB