Se definieron los finalistas del certamen después de dos series equilibradas y muy apretadas que terminaron definiéndose por un gol o por la posición en la tabla, respectivamente. Una mucho más vistosa que la otra pero al fin ambas manteniendo en vilo a la tribuna.
La trayectoria de la máquina
En el estadio Azteca, que quieren volver a renombrarlo, el Cruz Azul recibió al Guadalajara en una muy esperada semifinal que terminó por cumplir y quizá rebasar las expectativas, al menos en emociones. El arranque fue frenético: primero Paradela con una descolgada que estuvo cerca de abrir el marcador y que prendió la tribuna, seguido de cabezazo de Ebere y respuesta de la visita con disparo de Ledezma que rozó el travesaño y otro embate de Sepúlveda que se fue desviado: todo en menos de diez minutos. Tomó cierto control el cuadro tapatío y cerca de la media hora, Sandoval aprovechó un rebote de Mier -uno más- para anotar el primero del partido; vinieron momentos en los que parecía que caería el segundo ante el descontrol Azul, pero Charlie se abrió el espacio, recibió la pelota y bombeó su disparo de manera elegante, fingiendo que se trataba de un centro, para emparejar los cartones. Golazo. Después Dita tuvo la voltereta pero mandó el esférico por fuera de la portería. Gran primera mitad.
Con una buena jugada tejida por los laterales, Sepúlveda recetó cabezazo al poste que terminó de meter a la portería Mier para que apenas al 50’, los visitantes retomaran la ventaja sin pedir permiso. Y vino la polémica: se marcó un penal dudoso cometido sobre Emere que él mismo se encargó de cobrar para volver a emparejar el score con más de media hora por jugarse. La marcación representó, además, un golpe anímico para los jóvenes Chivas que parecían no volver a desarrollar ese juego ofensivo con profundidad, mientras que los más experimentados cementeros empezaron a manejar el partido, incluso generando alguna llegada con relativo peligro, como el tiro inesperado de larga distancia de Dita, de gran partido en la zona baja, que vio la portería de reojo. En la recta final, el Rebaño lo siguió intentando y se aproximó con cierto riesgo un par de veces pero ya sin la contundencia necesaria. Todo quedó aplazado para el siguiente compromiso en tierras jaliscienses.
El partido de vuelta en el estadio Jalisco arrancó con ambos cuadros en busca de acomodarse primero con su 5-4-1 para después empezar a organizar lances al frente que resultaron letales muy pronto: Márquez por parte de la visita al 5’ y Govea respondiendo por el local al 8’ mandaron la pelota a las redes con sendos disparos cruzados, mostrando convicción y capacidad de reacción, respectivamente. Volvió a empujar el cuadro de la CDMX y Whalley respondió en un par de ocasiones antes del cuarto de hora de juego. Llegó un pasaje de cierto respiro, si bien la sensación de gol se mantenía, como en una buena combinación del Azul que alcanzó a desviar el Oso González y un tiro desviado de Álvarez con cierto veneno. Pasada la media hora estuvo cerca el cuadro jalisciense en un peloteo dentro del área, reflejo de un mayor control de la pelota, si bien en la recta final parecía volverse a encarrilar la máquina, generando un trío de aproximaciones que al menos le devolvieron la confianza para encarar la segunda parte con la consigna de romper el empate.
Rotondi tuvo la primera clara al minuto de iniciado el complemento pero falló su remate de cabeza y después Whalley salvó un par ya convirtiéndose en hombre clave de las Chivas, situación que resultaba preocupante, por lo que Milito empezó a mover las piezas desde la banca con más de media hora por jugarse. El trámite avanzaba y Palavecino sacó un disparo al 66’ que no llevaba mucho pero un desvío lo convirtió en inesperada anotación para darle la ventaja a la visita y el pase momentáneo. No parecía que a los Cementeros les conviniera echarse para atrás pero fue lo que empezó a ocurrir, quizá más por el empuje de las Chivas que lograron generar angustia en el área rival, pero sin resultados en el score. Calambres, faltas y el partido se ensució durante algunos minutos y al 84’ Aguayo tuvo el empate pero abanicó de cabeza. El tiempo se diluyó entre un énfasis de los de casa y la solvencia de la visita: como sea, un gran torneo del Guadalajara y de Milito, que resulta fundamental, además, para el fútbol mexicano en su conjunto. Y que Huiqui resultara todo un estratega, nadie lo vio venir.
Puma calculador
El Pachuca salió con plenitud ofensiva para buscar abrir rápidamente el marcador, mientras la UNAM se veía sorprendida por tal énfasis, si bien su esquema inicial era más en la lógica de espera. En los primeros diez minutos se generaron dos opciones para los locales que terminaron resueltas por Navas y fue hasta pasado el cuarto de hora que la visita se asomó en pelota parada; a partir de ese arribo, los Pumas empezaron a equilibrar el trámite. El juego entró en un episodio de lucha más en medio campo hasta que después de un tiro de esquina regalado por el arquero tico, Idrissi, el jugador más punzante, tomó la pelota e hizo una diagonal hacia el centro desde donde lanzó potente disparo que terminó en la red al 37’ con todo y desvío. El resto del tiempo transcurrió sin respuesta de los capitalinos que, dada su postura en extremo conservadora, tendrían que modificar para el complemento, a menos que en el vestidor consideren que un gol de desventaja no es tan mal resultado.
Los técnicos Solari y Juárez, compañeros como jugadores en la UNAM, salieron con esquemas similares al primer medio para enfrentar el complemento. Otra vez fueron unos primeros minutos de agobio local paulatinamente controlado por los universitarios, que tampoco apostaban por hacer una propuesta hacia adelante. Un mano a mano que resolvió Navas al 72’ y en la recta final, los Tuzos hicieron modificaciones para buscar el segundo, en tanto los auriazules se agazapaban y trataban de lanzar alguna avanzada. Ya sobre el cierre de partido, el árbitro, de buen trabajo hasta ese momento, expulsó de manera rigorista a Gabriel por falta ante posibilidad manifiesta de gol que no parecía tan manifiesta. En los seis minutos de compensación, el cuadro hidalguense trató de mantener la pelota ante la inferioridad numérica, en tanto los del Pedregal se tardaron en reaccionar para generar peligro, a pesar de tener un hombre de más, y se fueron sin número en la casa. 1-0.
Desde muy temprano, en el segundo partido de la serie con un estadio en la Ciudad Universitaria pletórico de emoción y entusiasmo, el Pachuca mandó señales claras: replegar y jugar al contragolpe, mientras que el equipo de la Universidad Nacional se posicionó en campo contrario y mandó avisos prematuros, incluyendo un cabezazo que rozó el travesaño. La primera gran oportunidad al 18’ pero el balón se fue a la tribuna con el arco abierto. Siguieron minutos de intentonas locales sin mayores resultados, en tanto la visita se mantenía en la suya, acaso manteniendo la intención del contragolpe más como intención que como realidad. La primera mitad cerró con un avance de Angulo que acabó impactando la red pero por fuera, sin lograr romper el anhelado cero que los Tuzos cuidaban, acaso con cierto exceso y sin proponer nada al frente.
La segunda mitad arrancó con similar tesitura, si bien los hidalguenses avisaron primero con disparo de Idrissi, aunque al 56’, en tiro libre, Carrillo la puso en la parte interna del poste para que se introdujera en la puerta de un estático Moreno que alcanzó a reaccionar hasta que la pelota ya estaba en su portería: gran cobro y la Universidad Nacional se metía a la final con empate en el global. Trató de responder un muy conservador equipo hidalguense y fue hasta pasados los 80 minutos de juego que Valencia tuvo un remate de cabeza a modo pero lo desperdició, al igual que Kenedy y Rondón, que lanzó la pelota en órbita frente a la portería. Un partido en el que ambos entrenadores, coequiperos en su momento, apostaron por conservar el marcador, más allá de incrementarlo: como suele suceder, sólo a un equipo le resulta. Tras un gran torneo, los Pumas están instalados en la final, a pesar de sus momentos de fragilidad defensiva y su dificultad para convertir.