Sobrevivir con la culpa a cuestas le imprime una doble carga a la ya de por sí compleja tarea de la existencia: se va arrastrando como si se tratara de un peso que oprime y que se mantiene presente con más o menos continuidad, sin desaparecer del todo y haciéndose evidente en momentos cruciales. Igual se intenta evadir a través de la soberbia o el autoengaño, de la escritura o la pintura como actividades escapistas, de los recuerdos que ayuden a traer un pasado más respirable. Pero sin previo aviso, el retorno a los hechos y la depresión, explícita o implícita, terminan por acechar y manifestarse incluso de manera terrorífica. Un par de películas dentro del género de terror que abordan esa culpa, cual acechante mujer del más allá, con el suicidio rondando como una posibilidad, suponiendo que así se puede terminar de una buena vez con todo el dolor propio y ajeno.
CULPA INFANTIL
Mientras termina su trilogía sobre un conquistador español extraviado en el desierto junto a un niño, el arrogante escritor estadounidense Ohm Bauman supone ver al fantasma de su madre y decide viajar a un pueblo en Irlanda donde sus padres tuvieron su luna de miel, para ahí esparcir sus cenizas. Al llegar al hotel, se encontrará con una galería de extraños personajes a los que mira por debajo del hombro, incluyendo al viejo dueño que le está contando un cuento sobre una bruja a unos niños (Brendan Conroy); su yerno que funge como recepcionista y administrador (Peter Coonan, de doble juego); el jardinero (Michael Patric); un botones con aspiraciones de escritor (Will O’Connell) y la amable camarera que también atiende el bar y con quien al menos establece una conversación amable (Florence Ordesh). Al internarse en el bosque para esparcir las cenizas, se topa con un vagabundo locamente razonable que gusta de beber leche con hongos (David Wilmot, extraviado) y que, entre alucine y alucine, revela algunas verdades difíciles de creer.
Como sucedía con El resplandor (Kubrick, 1980), un hotel que se vacía en la época invernal se convierte en el escenario principal, particularmente la misteriosa suite nupcial con todo y sótano, en la que se dice que está atrapada una bruja y en donde el protagonista (un versátil Adam Scott que transita de la soberbia al temor y de ahí a la expiación), al entrar en ella para buscar a la empleada desaparecida, experimenta visiones que lo remiten a su infancia y la relación con la madre, incluyendo la aparición de una especie de conejo con forma humana de ojos desorbitados que se suma a otros simbolismos como las campanillas, las cabras y la sustancia alucinógena, cual transformadora de percepciones y acaso realidades: los desplazamientos de cámara por esta habitación y por los espacios boscosos o los encuadres cerrados que se van oscureciendo, consiguen generar el tenso ambiente esperado.
El realizador irlandés Damian McCarthy ya había explorado la búsqueda de respuestas en el más allá por parte de sus personajes sobre desapariciones y asesinatos, a través de Advertencia (2020) y Médium (2024), insertando un componente del llamado folk horror que se pudo haber desarrollado más, particularmente en torno a la anciana Cailleach cual representación del invierno, en Hokum: la maldición de la bruja (Irlanda-EAU, 2025), si bien se sostiene en una lograda puesta en escena, cargada de atmósferas inquietantes, y en una fotografía que se entromete con el arco del protagonista con enfáticos desplazamientos de cámara, además de los necesarios elementos sonoros, particularmente en la secuencia de la habitación cancelada, jugando con la iluminación justa para revelar las imprevisibles presencias que se acompañan de explosiones instrumentales emanadas de un score contenido.
CULPA FAMILIAR
Un viuda con una pierna lastimada por un accidente de coche en el que también perdió a su esposo (Russell Hornsby), cuida de su hijo adolescente (Peyton Jackson, rebelde) y su hija más chica (Estella Kahiha) en una granja soñada por su pareja a la que sólo le faltaba el nombre, mientras trata de salir de la depresión que le impide despertarse con normalidad, arrancar el día y volver a dedicarse a la pintura. Es entonces cuando aparece una misteriosa mujer vestida de negro sentada en el jardín (Okwui Okpokwasili, siniestra), primero alejada y después un poco más cerca, con quien la protagonista trata de establecer una conversación pero sólo recibe respuestas crítpticas, mismas que irán cobrando sentido conforme se desarrolla el argumento. En tanto, la relación de la madre con los hijos se irá tensando a lo largo del día, aderezada con la falta de luz, la desaparición del perro, las gallinas en riesgo y los consabidos sucesos paranormales.
Dirigida por el catalán-angelino Jaume Collett-Serra (Equipaje de mano, 2024; El museo de cera, 2005) a partir de un guion de Sam Stefanak con premisa poderosa, por momentos difuminado, La mujer de las sombras (The Woman in the Yard, EU, 2025) explora la forma en la que la culpa y la depresión se van acercando paulatinamente a invadir por completo la sensación de hogar, el ánimo y la mente de una persona a plena luz del día, avanzando por medio de sus penumbras para instalarse desde el momento de levantarse de la cama, cuando no queda más que pedir fortaleza para seguir adelante, aunque no se sepa a qué o a quién se está invocando. Las consecuencias de las decisiones tomadas sólo pensando en los deseos y expectativas de los demás, excluyendo o posponiendo las propias, se empiezan a manifestar en formas agresivas, victimizantes y culpabilizadoras.
A partir de una intensa actuación de Danielle Deadwyller, se va construyendo un relato que se despliega por la incertidumbre de las implicaciones de esta presencia, además de un manejo eficaz de la cámara en la que se integran perspectivas en relación con la granja y los personajes; si bien de pronto se insertan algunos sucesos que parecen caprichosos, el siniestro juego de espejos, con todo y la R al revés que parece no poder corregirse, y de aparentes posesiones e intercambio entre la mujer de adentro y la de afuera, van apuntalando un clímax en el que toda la situación tendrá que resolverse, de una forma u otra, entre ese viaje por los propios recuerdos y esas sombras crecientes que parecen intentar apropiarse de todo y que, paradójicamente, necesitan la luz para poder manifestarse.